MUJERES CONSOLADAS POR JESÚS
Vía Crucis, versión femenina y libre

MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@wanadoo.es

ECLESALIA, 07/04/04.- “Le seguía una gran multitud del pueblo y de mujeres que se golpeaban el pecho y se lamentaban por él. Jesús se volvió hacia ellas y les dijo: ”Mujeres de Jerusalén, no lloréis por mí; llorad más bien por vosotras y por vuestros hijos”. (Lc 23, 27-28)

Así que tenemos “una gran multitud del pueblo” por un lado y, por otro, “de mujeres”… Curiosa fórmula la que utiliza el mensajero. Multitud englobaría sexos, tallas, edades, colores, clases sociales… todo. Por tanto, podemos entender que quería poner especial énfasis en que había muchísimas mujeres.

¿Quiénes eran esas mujeres que se atrevieron a seguir a Jesús en el camino hacia la muerte? ¿Tenían nombre? ¿Las conocía Jesús?… tuvo que volverse para consolarlas. Normalmente te vuelves cuando ves a alguien cuya cara te resulta familiar. ¿Quiénes eran esas mujeres de Jerusalén que osaron hacer el recorrido más lamentable y doloroso de la vida del Maestro? ¿Eran solamente de Jerusalén? ¿De donde venían?.

Buscando y buscando en los Evangelios he llegado a la conclusión de que, efectivamente, debieron ser multitud. Mujeres entristecidas y llorosas sin poder creer lo que sus ojos veían. Puede que haya quien diga –queriendo quitar importancia- que eran plañideras, que sin duda las había, pero ¡una multitud!.

De algunas sabemos, al menos, su nombre. María, su madre, María MagdalenaMaría la madre de Santiago el menor y de José, Maria de Cleofás, Salomé, la Verónica; y, a otra, la conocemos por el apellido familiar, la madre de los Zebedeos. .

Las mujeres en los tiempos de Jesús –como en otros tiempos- no tenían ni voz, ni voto, ni nombre, ni palabra. En nuestros tiempos –seamos serios- pasa lo mismo en las más diversas latitudes, en medios políticos, económicos y eclesiásticos.

Metida en faena, al hilo de la vida activa de Jesús, fui buscando quienes eran esas mujeres que no huyeron cuando las cosas se pusieron bien feas.

A estas he encontrado:

La suegra de Pedro un día, estando enferma, Jesús se le acercó, tomó su mano y su fiebre desapareció. Estoy convencida de que esta mujer estuvo entre la multitud y miraría a un lado y a otro intentando encontrar a su yerno.

La samaritana que, cuando descubrió el agua que quita la sed de verdad, dejó el cántaro. En un idioma actual diríamos que “pedió los papeles” y fue a contarlo. Sería increíble, por tanto, pensar que esa mujer no siguiera a Jesús todos los días de su vida después del encuentro en el pozo y en el camino al Calvario.

La adúltera, cada día de su vida debió ser una acción de gracias a aquel “profeta” que en silencio escribía con el dedo en el suelo, mientras los demás gritaban y con sus sabias palabras la salvó de morir lapidada.

En aquella multitud llorosa y entristecida estarían, seguro, la cananea que un día rogó insistentemente a Jesús – hasta ponerse, incluso, pesada- para que sacara el demonio que atormentaba a su hija, y por supuesto, su hija.

La mujer de la parábola que perdió la moneda y al encontrarla, entendiendo su “valor real”, cambió la percepción de su vida. Allí estaba. Y aquellas cinco muchachas que fueron espabiladas en su día teniendo listas sus lámparas, también acompañan al ahora maltratado y maltrecho Novio de la parábola.

La hemorroisa quiso acercarse a tocar nuevamente a Jesús, pero esta vez no el manto para curarse –ya estaba curada- sino el cuerpo de Jesús para aliviar con ungüento sus heridas.

Caminaba, bien erguida, la mujer que anduvo encorvada; miraba a Jesús, agachado y sin fuerzas, y no lo podía creer; y aquella viuda pobre que avanzaba con Jesús dándole lo que tenía ese día -era su norma de vida- lágrimas y compañía.

La mujer que un día derramó su frasco de perfume seguía de cerca al Hombre que la miró en lo profundo y la defendió ante los que la despreciaba. Seguían despreciándola pero ella no era la misma, había sido mirada con amor y sabía bien quien era. El corazón se le partía y nuevamente las lágrimas inundaban su cara.

Hay dos mujeres que, aunque sabemos sus nombres, no figuran en los relatos de la Pasión, ellas son Marta y María de Betania, las hermanas de Lázaro, amigas del círculo más íntimo de Jesús. Sufrían su pasión, el era su amigo, su Maestro y ya habían recorrido juntos el camino de la vida: encuentros, celebración, palabra, oración, muerte y desolación… ¿cómo no iban a estar entre las cabezas de aquella multitud?

Con nombre o sin nombre he presentado un buen número de mujeres que juntas, en grupo, de ninguna manera podríamos denominar “multitud”.

Cierro los ojos tratando de imaginar la escena y veo una masa anónima compuesta por mujeres que un día le oyeron decir: “Bienaventurados…”; mujeres que comieron pan y pescado en un valle o al lado del camino y ayudaron a recoger las canastas; mujeres que escucharon sus parábolas en las plazas y las escrituras en la sinagoga, desde el sitio de las mujeres. Las mismas mujeres que le recibieron con palmas a la entrada de Jerusalén, días atrás.

Quien se adentre en la esencia de lo femenino descubrirá que cuando una mujer cree en algo o en alguien… cuando encuentra una causa por la que luchar… si una mujer descubre el sentido de su vida… inicia un camino que le llevará a saltar obstáculos y vallas; sorteando dificultades, dolores, incomprensiones, injusticias y desalientos; luchará de las formas más creativas y sofisticadas que se le ocurran para acompañar, cuidar, denunciar, protestar, reivindicar, gritar…unas veces con la palabra, otras en silencio, con lágrimas o con sonrisas. En definitiva, andará el camino del amor hasta sus últimas consecuencias.

Jesús estuvo bien acompañado. Se volvió hacia ellas al reconocer tantas miradas y sufrió por el sufrimiento de aquellas mujeres, y en ellas el de muchas otras de épocas por venir.

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En este Viernes Santo de 2004 dedico esta reflexión a todas las mujeres que sufren maltrato físico, psíquico o cultural; a las que se prostituyen para sacar adelante a sus hijos; a las que acompañan, escuchan y cuidan enfermos y ancianos en lo escondido de sus hogares; a las que socialmente son valoradas y utilizadas sólo por su cuerpo; a las que son discriminadas por razón de su sexo para la misión sacerdotal y, en fin, a todas aquellas que alguna vez se hayan sentido infravaloradas, despreciadas y marginadas por el hecho de ser mujeres.