AURORA, PETRICOR, AÑORANZA, SERENDIPIA
Cuentos diminutos (microficciones)
YOLANDA CHÁVEZ, yolachavez66@gmail.com
LOS ÁNGELES (USA).

ECLESALIA, 15/09/25.- En una realidad donde las noticias traen olor a humo y gritos, detenerse en una sola palabra puede parecer un lujo. Pero tal vez sea lo contrario: una urgencia del espíritu. En medio de guerras, hambrunas, desplazamientos, deportaciones, injusticias y desastres, las palabras hermosas son como pequeñas lámparas encendidas; nos recuerdan que, a pesar de todo, los seres humanos hemos sido capaces de la ternura, de la belleza, de una elocuencia que no aplasta, sino que abraza.

Cada una de estas palabras —aurora, petricor, añoranza, serendipia— es un hilo invisible que conecta con lo que aun puede moverse en nosotros. Decirlas en voz alta es casi un acto de fe: fe en que hay más que destrucción, fe en que la luz todavía existe, aunque sea frágil.

Por eso nacen estos cuentos diminutos: historias breves que toman una palabra hermosa y le dan un latido. Son apenas un destello, sí, pero también son señales. Nos invitan a detenernos, a respirar despacio, a saborear una silaba, a dejar que una palabra despierte en nosotros la certeza de que todavía somos capaces de imaginar, de sentir, de amar.

Aurora

La violeta del cielo susurró: “hoy comienza algo nuevo.” Ella, con la maleta a medio cerrar, sintió que su miedo se ablandaba. Aurora no era solo la luz del día: era la certeza de que todavía había promesas que se atrevía a despertar.

Petricor

La tormenta había arrasado el jardín. El barro cubría sus sandalias. Entonces, el aire trajo el petricor: olor a tierra mojada, como un suspiro de la vida escondida bajo la costra. Sonrió. Tal vez la esperanza huela así: a tierra que respira después del llanto.

Añoranza

El buzón estaba vacío. Otra vez. La mujer cerró los ojos y se vio niña, corriendo por un patio de polvo y olor a tortillas calientes. La añoranza era eso: una carta invisible que todos los días espera su propio remitente.

Serendipia

Buscaba un documento en el fondo de un cajón viejo. En lugar de eso, encontró una foto amarillenta: ella, niña, riendo con un helado en la mano. Sonrió. Serendipia es eso: hallar algo que no buscabas y sentir que el universo te guiñó un ojo.

Tal vez nuestra realidad actual parezca a veces una herida abierta. Pero cada palabra hermosa —aurora, petricor, añoranza, serendipia— es un recordatorio de que la belleza sigue viva, incluso entre los escombros. Que aun sabemos inventar ternura. Que todavía somos capaces de pronunciar algo que no hiera, sino que abrace.

Quizás estos cuentos diminutos sean solo destellos, sí. Pero en la noche mas oscura, incluso un destello puede ser una brújula (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).