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LA IGLESIA, DESDE SIEMPRE EN SALIDA
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).
ECLESALIA, 19/11/25.- El último número de Selecciones de Teología (255) publicado por los jesuitas recoge un artículo de Andrés Torres Queiruga sobre la actitud de vivir en salida como seña de la identidad humana, especialmente como señal de nuestra fe desde los albores del Antiguo Testamento.
Me ha parecido especialmente oportuna esta reflexión suya a las puertas -espero- de activarse la sinodalidad de Francisco en serio, una vez que León XIV se ha posicionado en la misma dirección y la Conferencia Episcopal (CEE) ha enviado las pautas recibidas por Roma para trabajar la sinodalidad a pie de parroquias y de unidades pastorales.
El teólogo gallego nos recuerda que, ya desde Abraham se fragua una religión en salida. El segundo gran hito se produce con el éxodo desde Egipto, cuyo paralelismo con nuestras travesías personales hacia la tierra prometida, es evidente. El tercer hito “en salida” es la unificación de las tribus de Israel en una monarquía para parecerse a los reinos limítrofes, contra el criterio de los profetas. Y así les fue: una nueva salida, esta vez forzosa, hacia el destierro a Babilonia.
Es la experiencia del pueblo elegido cuando pretende actuar en clave de llegada; cuando se acomoda en las seguridades humanas. La alianza se recupera con la vuelta del destierro, dando paso a la reconstrucción y el restablecimiento de la vida religiosa. Quedaba claro que la fe del pueblo solo puede conservarse reconociendo la necesidad de no quedarse parados, de avanzar y mejorar las actitudes conforme a los tiempos que tocan vivir, dispuestos siempre a escuchar su voz y el signo de los tiempos.
En esto que llega Jesús de Nazaret como el gran hito que unirá la esencia del Antiguo Testamento con el Nuevo Testamento dando un sentido a ambos en donde prima la misericordia sobre la ley y el templo. Él fue capaz de desinstalar la religión para reorientarla “en salida” hacia lo que se había perdido con la interpretación religiosa que dejaba fuera lo esencial: que todo ser humano forma parte del pueblo elegido por el hecho de serlo.
Lo tremendo es que la exclusión estaba arraigada en las costumbres e imposiciones religiosas, en las que Jesús aparece como el profanador de los fundamentos de una tradición sagrada que, para algunos supuso -y supone- un rechazo radical. Jesús promueve un cambio de actitud novedosa de salida, y acabó en una cruz, difamado y torturado por quienes representaban la esencia del inmovilismo más egoísta. A partir de entonces, aquella actitud sinodal tampoco ha sido bien recibida.
El siguiente paso fue el Concilio de Caledonia (s. V) al poner los fundamentos de la fe cristiana hasta nuestros días. Es otra etapa en salida para sentar las bases teológicas esenciales fundadas en la divinidad de Jesús. La Modernidad vuelve a ponerlo todo en cuestión. La fe necesita reinterpretarse en actitudes ejemplares, sobre todo en tiempos de grandes cuestionamientos y descubrimientos. El Concilio Vaticano II supone un nuevo paso de Iglesia en salida poniendo el acento en la humanidad de Jesús, un tanto desdibujada. No vale refugiarse en su divinidad para desatender al hermano necesitado con amor compasivo y misericordioso.
Hoy estamos en otro momento difícil que además cuestiona nuestra Iglesia. Francisco primero y ahora su sucesor, han entendido que “la sinodalidad es la manera de ser Iglesia en el siglo XXI”. Una Iglesia que ha de ponerse otra vez en salida frente a tanto inmovilismo de quienes se refugian en los tiempos pasados como los mejores, sin entender que somos hijos de nuestro tiempo, y que evangelizar no es adoctrinar y menos desde el clericalismo.
Hay una similitud entre aquellos que se aferraron al Antiguo Testamento descalificando a quienes optaron por ponerse en camino con actitud de salida y el amor por bandera. Y quienes hoy se resisten desde una postura involucionista. Liturgia, laicado, mujeres… Es preciso salir de las seguridades para abrazar el compromiso de vivir una Iglesia inclusiva y llena de fe a la manera de Jesús en este tiempo que nos toca vivir; lo demás vendrá por añadidura.
PDTA – Hans Urs von Balthasar auguró (1956) que el futuro de la Iglesia está en los nuevos movimientos laicales. El clericalismo ha propiciado que la institución eclesial parezca más importante que el Mensaje. Seamos conscientes de que solo evangelizamos por atracción, no por proselitismo, en lo que coincidieron Benedicto XVI y Francisco. Feliz camino en sinodalidad… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).
