OPORTUNIDAD PERDIDA, UNA VEZ MÁS
JUAN ZAPATERO BALLESTEROS, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT (BARCELONA).

ECLESALIA, 12/01/26.- Pasadas ya las celebraciones navideñas, tanto a nivel litúrgico y religioso como social, quiero traer a colación una retransmisión televisiva que, una vez más, provocó en mí una profunda tristeza, pues decidí un día que indignarme no valía la pena, por la terquedad, en un momento de la misma, de su más que cansina insistencia en realidades o aspectos muy de acuerdo con el Derecho Canónico, pero, según mi experiencia del Evangelio, muy alejados del mensaje misericordioso y liberador del mismo.

Era el domingo, 28 de diciembre, fiesta de los Santos Inocentes, pero, en este caso, en cuanto a celebración litúrgica, fiesta de la Sagrada familia. Como suelo hacer algunos domingos, también este día me puse delante del televisor con la intención de sintonizar, en lo posible, de manera espiritual con la parroquia o comunidad de fieles que celebraba la eucaristía dominical retransmitida, en ese momento, por la 2 de televisión española. El lugar, en este caso, era la parroquia de San Pedro Advincula, de Las Ventas de Retamosa, en la provincia de Toledo.

Dejando aparte ciertos aspectos de la celebración con los que estoy en total desacuerdo, quizás por mi desconocimiento litúrgico o por mi falta de fe en los «Santos Misterios», pero que ahora no voy a comentar, sí quiero manifestar el rechazo profundo que produjo en mí una de las peticiones de la Oración de los fieles, que transcribo literalmente a continuación: «Por los gobernantes y responsables de la vida pública: para que promuevan con empeño la formación y desarrollo de familias auténticas, un varón y una mujer, cuyo amor fructifica en numerosos hijos«. Una plegaria, en este caso, en plena consonancia y totalmente ceñida a lo que dice el CIC (Catecismo de la Iglesia Católica), en el número 1601.

La plegaria, que no dudo en absoluto fuera sincera, no es, ni mucho menos, neutra en cuanto a la intencionalidad que encierra. Pues no hace falta ser muy avispado ni pretender entrar muy adentro para darse cuenta, al instante que, de entrada, supone un soberano tirón de orejas a políticos, gobernantes y, por extensión, a quienes los votan, que sostienen y aprueban leyes favorecedoras del «matrimonio igualitario». Y, para que no quedase el más mínimo resquicio para la duda, la plegaria reconoce como «familia auténtica a la formada por un varón y una mujer«. Lo demás son puñetas, que diría el otro. «Cuyo amor fructifica en numerosos hijos», acaba diciendo.

Llegados a este punto, yo querría matizar, puntualizar o advertir de la oportunidad perdida, en primer lugar, de cara a poner el amor y no el género como fundamento esencial del matrimonio. Por tanto, si solo el amor es el verdadero fundamento del matrimonio y, por ende, de la familia, ¿se puede concluir, entonces, que solo puede existir entre personas de distinto sexo, un hombre y una mujer, pero no entre personas del mismo, es decir, entre dos hombres o entre dos mujeres? ¿O es, entonces, cuestión de estar dotados de «atributos» diferentes para amarse de verdad dos personas y crear fecundidad?

En segundo lugar, si bien es verdad que la fecundidad «filial» es esencial en el matrimonio, creo que es necesario reconocer y valorar verdaderamente «otras fecundidades» que, por no ser traducidas en hijos, no quiere decir que no deban ser consideradas como tales.

¡Qué oportunidad perdida para haber hablado de otra manera del matrimonio y de la fecundidad de este! Otra manera que no es sino la del amor sincero y generoso.

Porque sólo el amor, no el género, une a las personas, las transforma y hace nueva sus vidas. Ahora sí, me tomo personalmente la licencia de decir «todo lo demás son puñetas», «derechos canónicos» o «catecismos». Que cada cual lo denomine como quiera (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).