TALITA KUM, LEANTARSE PARA VIVIR CON DIGNIDAD
IÑIGO GARCÍA BLANCO, Hermano Marista, i.garciablanco@gmail.com
SIRACUSA (ITALIA).

ECLESALIA, 09/01/26.- “Talita kum”. Dos palabras arameas, dichas en voz baja y con una fuerza que atraviesa siglos: “Niña, a ti te digo, levántate”. No es una orden fría ni un mandato distante. Es una llamada íntima, cercana, pronunciada a la altura de la fragilidad. En el pasaje podemos reconocer que Jesús devuelve la vida a quien parecía haberla perdido. En ese gesto mínimo late una ética mayor: cuando la vida se apaga, no basta con mirar; hay que acercarse, pronunciar el nombre, ofrecer la mano y sostener el levantarse.

Hoy, Talita kum sigue resonando como una invocación social. Nos despierta del cansancio, del cinismo, de la costumbre de aceptar lo inaceptable. Nos invita a desperezarnos como comunidad y a mirar la realidad con dignidad y libertad. A levantarnos juntos, sin miedo a la complejidad, con la convicción de que hay decisiones que no pueden esperar más.

Vivimos tiempos de fronteras endurecidas y relatos simplificados. Se discute sobre cifras, procedimientos y plazos, mientras demasiadas vidas permanecen suspendidas en un limbo administrativo que erosiona la dignidad. En ese contexto, la propuesta de regularización de más de 700.000 personas en España (enero de 2026) irrumpe como una noticia esperanzada. No es un gesto improvisado; es el reconocimiento de una realidad sostenida durante años por quienes trabajan, cuidan, construyen, limpian, acompañan y sostienen silenciosamente la vida cotidiana.

Regularizar no crea una realidad nueva: la nombra. No inventa la convivencia: la ordena. No concede un privilegio: restituye derechos. Por eso, la regularización no debería ser un campo de batalla ideológico, sino una lógica aplastante que se debería haber adaptado hace tiempo. Como se ha dicho con claridad: “No es ni de derecha ni de izquierda. Es una necesidad social”.

Traigo aquí algunos testimonios que se levantan…

María cuida a personas mayores desde hace ocho años. Ha sostenido manos temblorosas, ha acompañado despedidas, ha aprendido a pronunciar nombres y silencios. Paga impuestos, contribuye al barrio, participa en la escuela de sus hijos. Sin embargo, vive con el miedo cotidiano de no poder renovar un permiso que nunca termina de llegar. “No quiero papeles para irme -dice-. Los quiero para quedarme sin esconderme”.

Ahmed trabaja en la hostelería. Durante la pandemia sostuvo turnos interminables cuando otros no podían salir de casa. Aprendió el idioma a golpes de barra y cocina. “Trabajo hay -afirma-. Lo que falta es el reconocimiento de que existimos”. La regularización no le daría solo estabilidad laboral; le devolvería el derecho a proyectar futuro.

Awa, madre sola, limpia oficinas de madrugada. “Quiero que mis hijos me vean tranquila”, confiesa. La regularización es, para ella, la posibilidad de dormir sin sobresaltos y de enseñar a sus hijos que la ley también puede ser aliada de la vida.

Estas historias no son excepciones. Son el pulso cotidiano de una sociedad que ya es diversa y que necesita políticas a la altura de su realidad.

Desde una mirada creyente, Talita kum es una clave de lectura social. Levantar a la niña es levantar la dignidad herida; es interrumpir la lógica que naturaliza la exclusión. La fe, cuando es honesta, no se refugia en el templo ni se conforma con la buena intención: se traduce en decisiones públicas que cuidan la vida concreta.

En este horizonte, la defensa de una regularización amplia y realista no es una concesión coyuntural, sino una opción ética. Regularizar es reconocer que la convivencia se fortalece cuando los derechos son compartidos. Es asumir que la sostenibilidad social no se logra empujando a miles de personas a la invisibilidad, sino integrándolas plenamente en el tejido común.

La tradición bíblica es clara: la ley está al servicio de la vida. Cuando la norma asfixia, debe revisarse. Cuando el procedimiento excluye, debe corregirse. No se trata de laxitud, sino de justicia. No de improvisación, sino de responsabilidad.

Sin derechos no hay integración, y sin integración no hay convivencia duradera. La regularización no es el final del camino, sino el comienzo de una ciudadanía posible, donde deberes y derechos se reconocen mutuamente. Escuchar a quienes migran no es un gesto decorativo; es una exigencia democrática. Incorporar sus experiencias mejora las políticas, corrige sesgos y evita soluciones de papel que no resisten el día a día.

No podemos dejar de promover una cultura de acogida, inclusión y dignidad ni de generar conciencia social por un compromiso colectivo. También cada uno de nosotros, institucional y colectivamente, podemos alzar la voz desde la esperanza. Creo, sinceramente, que las orientaciones administrativas y la sostenibilidad de una convivencia universal pueden y deben responsabilizarse de las desigualdades estructurales y vitales que afectan, de manera especial, a quienes se ven forzados a migrar y sobrevivir. Esto implica reconocer causas: conflictos prolongados, expolio de recursos, crisis climática, desigualdad global. Implica también actuar localmente: facilitar el empadronamiento accesible, ofrecer acompañamiento jurídico, repensar políticas de vivienda, defender el derecho universal del acceso a la sanidad y a la educación.

Talita kum nos convoca a una conversión cívica a dejar de mirar a las personas migrantes como problema y reconocerlas como parte; a comprender que la economía real ya cuenta con ellas y que la ley debe ponerse al día; a pasar del miedo al encuentro, de la sospecha a la confianza, del discurso a la práctica. Levantarse es también revisar nuestros relatos. Recordar que la irregularidad administrativa no define la valía humana.

Hay momentos en los que una sociedad se define por la voz que decide escuchar. Talita kum es hoy esa voz. Nos dice: levántate, Europa; levantémonos, comunidades y organizaciones. Hagamos de la regularización una decisión madura, justa y eficaz. No por ideología, sino por humanidad. No por cálculo, sino por responsabilidad compartida. Porque cuando una persona se levanta con dignidad, toda la comunidad se endereza un poco más. Y entonces, la vida, por fin, vuelve a ponerse en pie.

Talita kum

Dilo despacio,
como quien no quiere asustar la vida.
Dilo cerca,
a la altura del suelo donde yacen los cansados.

Talita kum.
Levántate tú,
la que espera en oficinas sin nombre,
el que trabaja de madrugada sin papeles,
la madre que aprende a dormir con un ojo abierto,
el cuerpo que sostiene la casa y no figura en el censo.

Talita kum.
No es magia ni consuelo fácil.
Es una voz que se inclina,
una mano que toca,
una palabra que devuelve el pulso
a lo que parecía perdido.

Levántate,
vida herida por leyes tardías,
dignidad arrinconada en expedientes,
esperanza atrapada en sellos y plazos.

Levántate
y enséñanos a levantar contigo
lo que hemos dejado caer por miedo,
por comodidad, por costumbre.

Que se levante la justicia
cuando la norma asfixia.
Que se levante la política
cuando olvida los rostros.
Que se levante la comunidad
cuando se acostumbra a mirar desde lejos.

Talita kum.
Que la regularización sea nombre pronunciado,
no promesa aplazada.
Que la ley aprenda a servir a la vida
y no a esconderla.

Despiértanos,
Dios de las orillas,
de los cuerpos cansados
y de los futuros en suspenso.
Despereza nuestra conciencia,
afina nuestra escucha,
ensancha nuestras manos.

Porque cuando una sola persona se levanta con dignidad,
algo se endereza en el mundo.
Y cuando la vida vuelve a ponerse en pie,
tu Reino -silencioso y obstinado-
ya está ocurriendo entre nosotros.