EL SILENCIO DE DIOS
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 11/02/26.- No guardes silencio, no calles, oh Dios… El salmo 83 es un botón de muestra de la multitud de plegarias que alzan la voz pidiendo a diario que Dios no esconda su rostro, que nos bendiga y evite la tribulación y el desamparo. Es desconcertante su silencio cuando le anhelamos porque es el peor sufrimiento. Lo cierto es que esta experiencia nos lleva a “saber” que el silencio de Dios nos impulsa hacia Él. Es en las situaciones difíciles cuando aprendemos a escuchar a Dios, a confiar en sus tiempos y a desarrollar paciencia del que sabe, y por tanto espera en su amor.

El silencio es un tiempo para la confianza que puede convertirse en la maduración en la fe. No es mal ejercicio a las puertas de la cuaresma, convertirse en “quien todo lo espera en el Señor” que cumple todas sus promesas aunque no se realicen nuestros deseos puntuales; hoy no es siempre. De aquí nace la necesidad de frecuentar los textos bíblicos donde se revela con claridad meridiana la actitud a seguir ante lo incomprensible de la existencia.

Se dice fácil, pero la metáfora de la noche ha sido predilecta en los grandes místicos, expertos en arideces y soledades que acrecentaron la espiritualidad y su ejemplo cristiano. Dicho silencio divino es la herramienta para aprender de Dios, a confiar en su tiempo y a desarrollar la paciencia creyente, que no es otra cosa que ejercitar la virtud teologal de la esperanza a la escucha.

El Evangelio de Juan cuenta la historia de sus amigos Lázaro, María y Marta. Cuando informaron a Jesús de que Lázaro estaba muy enfermo, no se apresuró para llegar a la casa de sus amigos. Es más, se demoró dos días en partir (Jn 11,6), y antes de que Jesús llegara, Lázaro había muerto.

A María y Marta, esta conducta de Jesús pudo interpretarse como abandono por parte del amigo querido. Esto es lo que sentimos con frecuencia, cuando Dios no responde inmediatamente nuestros gritos de ayuda: Señor, si hubieras estado aquí, no me hubiera ocurrido…

Pero en el silencio de Jesús, podemos abrirnos a la transformación con los acontecimientos diarios ante una revelación más grande que llegará, a veces muy diferente a lo esperado, pero en la seguridad de que Dios no defrauda nunca si nos abrimos a la aceptación desde la fe.

En el salmo 22 el salmista clama a Dios sin medias tintas: “Dios mío, ¿por qué me has abandonado? Clamo de día y no me respondes y de noche tampoco quedo en silencio…” Invocación bien conocida por invocarla Jesús desde la Cruz al Padre. Pero olvidamos que este salmo 22 continúa más adelante así: “Pero tú eres santo, en ti confiaron nuestros padres; confiaron, y tú los libraste. Clamaron a ti y fueron librados; confiaron en ti y no fueron avergonzados. Porque no menospreció ni aborreció la aflicción del desvalido, ni de él escondió su rostro, sino que cuando clamó a él, le oyó”. Y el Padre transformó su cruz en signo universal de la vida cristiana.

El silencio de Dios debe impulsarnos a orar, más que nunca, pidiendo luz y fuerza: luz para vislumbrar lo que tenemos que hacer, y fuerza para lograrlo. Es la mejor oración de petición. Lo cierto es que la falta de oración -y de vida de oración- es el mayor déficit de los cristianos en este momento: oramos poco y mal porque no confiamos en el poder que atesora fiarse de Dios, dejar que Dios sea Dios. Demasiadas veces queremos forzar que Dios entre en nuestros proyectos a nuestra manera, en lugar de abrirnos con disponibilidad confiada a su amor… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

Si Jesús quiere dormir, ¿por qué se lo voy yo a impedir?

Oración:
Te pido Jesús
aprender a compartir
tu silencio en silencio contigo,
descubriendo lo bien que hace al alma.
Amén

Sta. Teresita del Niño Jesús