Cuando un amigo se va, la luz tarda más en llegar cada mañana. Pero cuando ese amigo ha sido también cómplice en las causas del Reino, la luz que nos deja es de esas que ya no se apagan: se vuelve semilla, se hace memoria encendida, se derrama en los colores que él supo regalarnos. Hoy despido con emoción a Maximino Cerezo, el pintor de la liberación, y lo hago con la certeza de que su paleta sigue abierta en algún lugar del cielo []

«Maximino Cerezo Barredo» por Evaristo Villar en redescristianas.net