CUARESMA: CREER EN EL EVANGELIO
JUAN ZAPATERO BALLESTEROS, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT (BARCELONA).

ECLESALIA, 25/02/26.- «Conviértete y cree en el Evangelio«. La segunda parte de esta invitación que hace el o la celebrante a los fieles que acuden para que les imponga la ceniza, el miércoles de dicho nombre, parece, a todas luces, una solemne perogrullada. Lo parece ciertamente, pero, a lo mejor, no lo es tanto, si nos fijamos detenidamente cómo han interpretado, con demasiada frecuencia, muchos pastores y fieles el sentido y significado de esa conversión, a la que la Iglesia invita tantas veces, haciéndolo de manera especial durante el tiempo de Cuaresma. No está de más que aprovecháramos este tiempo para descubrir en qué debiera consistir semejante perogrullada: «creer en el Evangelio«.

Tengo la sensación de que muchas veces se ha centrado o hemos centrado la atención, el propósito y el esfuerzo más en los medios que en el fin. Me refiero, al decir esto, al sentido que las conocidas prácticas cuaresmales, dígase, entre otras, sacrificios, penitencias, ayunos, privaciones, etc., iban enfocadas a dominar o controlar, cuando no reprimir, ciertos impulsos contrarios a la moral predicada desde púlpitos y enseñada por la teología del momento. Una moral, por cierto, muy acorde con interpretaciones bastante rigoristas o un tanto desviadas, en el mejor de los casos, de los mandamientos de la Ley de Dios, sobre todo de algunos, y sacramentos de la Iglesia, pero en poca o nula sintonía con las exigencias o la conducta, para ser más precisos, que el Evangelio recomienda e invita a poner en práctica a quien se dice persona seguidora de Jesús.

Y no es que yo quiera poner ahora en contradicción los consejos evangélicos con algunos o muchos preceptos de la Iglesia. ¡Dios me libre! Pero sí que es cierto que, con la mejor voluntad, no voy a negarlo, se han absolutizado maneras de actuar y comportamientos que responden más a ciertos tipos de moral, fruto de teologías vigentes en momentos concretos, que a los propios consejos que Jesús daba, en su tiempo, a quienes demandaban seguirlo. Hay que decir también, en este sentido, que los catecismos han ayudado mucho a lo primero y muy poco, o quizás nada, a lo segundo. Catecismos que, a su vez, han sido la única fuente de formación de los fieles durante muchos siglos.

Así pues, si nos atenemos a la recomendación litúrgica «Conviértete y cree en el Evangelio«, la Cuaresma debe ser un momento propicio para ahondar en el conocimiento del Evangelio como paso previo para después creer en Él. Un conocimiento enfocado a la voluntad por contraposición al entendimiento. Nos puede ayudar a entender esto último el adagio popular:»Nadie ama lo que no conoce».

Sería un error ir al Evangelio como si este fuera un compendio inmenso de verdades, en vez de un manantial inagotable de vida. Y, por lo mismo, pensar que, conociendo dichas verdades, nos hacemos acreedores de bondad y rectitud moral. Es bien sabido que nada de eso es así. Creer en el Evangelio es la razón y el fundamento de toda persona que se considere cristiana. Pero no creer para conocer, sino para amar. Porque es lo segundo lo que nos mueve a actuar o a dejar de hacerlo, convirtiéndonos en personas acreedoras del bien o del mal, por ser la voluntad y no el entendimiento donde reside la moral humana.  

Así, pues: la conversión cuaresmal no tiene otro objetivo que ayudar al fiel cristiano a creer en el Evangelio como proyecto de vida. Una conversión, por tanto, cuyo propósito final debe ser la ética. En todo caso, una vez más, la ascética (renuncias, sacrificios, privaciones) debe ayudar a este compromiso por parte del creyente. Nunca a una mística desencarnada del entorno en que vive dicho creyente y de las personas que le rodean (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).