LA RONDA DE LA NOCHE
Hacerse cargo de la realidad
IÑIGO GARCÍA BLANCO, Hermano Marista, i.garciablanco@gmail.com
SIRACUSA (ITALIA).
ECLESALIA, 23/03/26.- Hay una Siracusa que despierta cuando las luces comienzan a apagarse y el ritmo de la ciudad se vuelve más lento. Una Siracusa menos visible, más silenciosa, casi secreta. No es la de los paseos iluminados ni la de las terrazas abiertas al mar. Es la de las esquinas discretas, de los portales donde alguien busca resguardarse del frío, de los bancos que se convierten en refugio improvisado. Seguramente, también en tu ciudad podrías reconocer estos rincones. Lugares donde la vida queda a la intemperie y donde la noche se hace más larga.
En esa otra ciudad -la que a menudo preferimos no mirar- comienza cada noche “la ronda”. Un pequeño grupo de voluntarios se reúne para organizar la salida: termos de comida caliente -unas veces pasta, otras un plato de menestra, uno de lentejas…-, pan, agua, algunas mantas y productos de primera necesidad. Pero lo que realmente se prepara antes de salir no cabe en ninguna caja. Es una disposición interior. Una forma distinta de mirar la ciudad y a quienes la habitan desde los márgenes.
Porque “la ronda” no consiste simplemente en repartir comida. Consiste, sobre todo, en detenerse. Detenerse para escuchar, para reconocer, para recordar que la dignidad de una persona no depende del lugar donde duerme esa noche.
El recorrido atraviesa plazas, calles secundarias, rincones donde la ciudad cambia de rostro. En algunos lugares ya esperan varias personas. En otros, alguien aparece desde la penumbra cuando reconoce el coche que se acerca.
Las primeras palabras suelen ser sencillas:“¿Cómo estás esta noche?”, “¿Hace frío hoy?”, “¿Todo bien?”
A primera vista podría parecer un gesto mínimo. Sin embargo, en esas preguntas se abre algo más profundo que un simple intercambio. Se abre un espacio donde alguien vuelve a ser mirado, donde una vida deja de quedar reducida a un problema social o a una presencia incómoda.
La comida pasa de mano en mano, pero lo que realmente circula en esos minutos es reconocimiento. Muchas de las personas que viven en la calle no solo sufren la falta de recursos materiales. Sufren también algo más difícil de nombrar: la erosión lenta de la invisibilidad. La calle puede convertirse en un lugar donde uno deja de existir para los demás. Por eso la ronda es, antes que nada, una restitución de la mirada.
Cada noche se encuentran treinta, quizá cuarenta personas. No hay un número fijo. Algunos aparecen durante semanas y luego desaparecen. Otros llegan por primera vez, empujados por historias que rara vez son simples: la pérdida de un trabajo, una ruptura familiar, un proceso migratorio que quedó suspendido en tierra de nadie, una enfermedad, una adicción o simplemente el desgaste acumulado de una vida que se fue quebrando por dentro.
Detrás de cada rostro hay una historia larga, compleja, a veces difícil de narrar. Con el tiempo, los nombres empiezan a resonar con familiaridad. La relación deja de ser anónima. Alguien pregunta cómo está uno de los voluntarios. Otro cuenta que ha encontrado un lugar donde ducharse. Otro, simplemente, agradece el momento de conversación.A veces el encuentro dura apenas unos minutos. Otras veces se prolonga un poco más. Pero siempre ocurre algo que cambia el sentido del gesto: la relación deja de ser puramente asistencial para convertirse en encuentro.
He reconocido esa misma experiencia en otros espacios de mi vida cotidiana. En los pasillos del Centro CIAO, cuando un joven migrante entra por primera vez con una mezcla de incertidumbre y esperanza. En el Doposcuola –refuerzo educativo-, cuando un niño descubre que alguien cree en él más allá de sus dificultades escolares. En las visitas a personas que viven situaciones de precariedad extrema, donde una simple conversación puede devolver algo de aliento a una vida que parecía apagarse. En todos esos espacios ocurre algo parecido a lo que sucede en la ronda nocturna: la dignidad se reconstruye en el encuentro.
No es un proceso rápido ni espectacular. No aparece en los titulares ni se mide fácilmente en estadísticas. Se gesta lentamente, en la confianza que nace cuando alguien se siente reconocido por su nombre, cuando percibe que su historia importa, cuando descubre que no está completamente solo.
“La ronda” se mueve precisamente en ese territorio discreto donde lo humano vuelve a tomar forma.
La ciudad que vemos durante el día no es toda la ciudad. Hay otra realidad que permanece a menudo oculta: la de quienes atraviesan la noche sin un lugar estable donde dormir, la de quienes cargan con historias que la sociedad preferiría no escuchar. La ronda rompe, aunque sea por unas horas, esa distancia invisible.
Permite acercarse a esas vidas sin reducirlas a un problema que hay que gestionar. Permite descubrir que detrás de cada situación hay una humanidad herida, pero también una sorprendente capacidad de resistencia.
Quien participa en estas salidas lo descubre pronto: la línea entre quien da y quien recibe no es tan clara como parece.Porque mientras se comparte “una comida”, también se recibe algo inesperado. Una historia, una confianza, una lección silenciosa sobre la fragilidad y la fuerza de la vida humana.
En muchas ocasiones, las personas que viven en la calle no piden grandes discursos. Piden algo mucho más sencillo: ser tratadas como personas. Que alguien se detenga a escucharlas. Que alguien se siente unos minutos a su lado. Que alguien pregunte cómo están y espere la respuesta.
Puede parecer poco, pero para quien lleva tiempo sintiéndose invisible, ese gesto tiene un valor inmenso.
Para quienes miramos la realidad desde una inspiración creyente, estos encuentros evocan inevitablemente una escena del Evangelio: la parábola del buen samaritano. No se trata solo de pasar cerca del herido ni de ofrecer un gesto puntual. El samaritano se detiene, se acerca, cura las heridas, se hace cargo de la situación y se compromete con su recuperación.
La compasión, en el sentido más profundo del término, no consiste únicamente en aliviar la urgencia. Consiste en asumir la responsabilidad de la vida que tenemos delante.
En ese sentido, “la ronda” no pretende quedarse en un gesto asistencial que apague momentáneamente la necesidad. Aspira a ser el primer paso de algo más amplio: reconstruir vínculos, acompañar procesos, facilitar el acceso a recursos que permitan recuperar estabilidad, salud y dignidad.Es un pequeño gesto que abre camino a un acompañamiento más largo.
En una época en la que tantas vidas quedan relegadas a los márgenes del discurso público, experiencias como esta nos recuerdan algo esencial: la dignidad humana no puede negociarse. No depende del éxito social ni de la estabilidad económica. Pertenece a cada persona por el simple hecho de existir.
Y cuando esa dignidad se ve amenazada por la pobreza, la exclusión o la soledad, la respuesta más humana no es apartar la mirada. Es acercarse. Es detenerse. Es hacerse cargo de la realidad que encontramos en el camino.
Quizá por eso, cuando termina la ronda y la ciudad vuelve a quedar en silencio, permanece la intuición de que algo pequeño, pero profundamente humano, ha sucedido en esas calles: Un encuentro. Y cada encuentro -por discreto que parezca- puede convertirse en una chispa capaz de devolver un poco de luz a la noche (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).
Señor,
enséñanos a no pasar de largo.Danos ojos que sepan reconocer
al hermano herido en el borde del camino,
manos que se detengan
cuando la prisa del mundo empuja a seguir.Haznos prójimos.
Que sepamos inclinarnos
sobre las heridas de esta historia,
compartir el pan, la palabra y el tiempo,
y aprender a hacernos cargo
de la vida que encontramos en los márgenes.Que cada encuentro en la noche
nos recuerde tu Evangelio sencillo:
detenerse, acercarse, cuidar.Y que allí,
entre la fragilidad y la esperanza,
nazca de nuevo la dignidad
que tú sembraste en cada persona.Amén. ✨
