PASCUA EN MEDIO DE LAS HERIDAS DEL MUNDO
Algo nuevo está brotando
IÑIGO GARCÍA BLANCO, Hermano Marista, i.garciablanco@gmail.com
SIRACUSA (ITALIA).
ECLESALIA, 08/04/26.- Hay amaneceres que no llegan con claridad, sino envueltos en una penumbra espesa. También hoy el mundo despierta así: con el pulso cansado, con la esperanza a medias, con demasiadas vidas atrapadas entre un “ya no” y un “todavía no”. Y, sin embargo, en ese borde incierto donde todo parece suspendido se abre paso una certeza obstinada: la vida no ha sido vencida.
Celebrar la Pascua en este tiempo no es un gesto piadoso. Es una decisión. Porque la realidad no admite evasivas: Irán tensionado, Ucrania desangrada, Gaza bajo el peso insoportable de la destrucción, Etiopía atravesada por conflictos que no ocupan portadas. Y tantas otras guerras que no nombramos porque nos faltan palabras o nos sobra costumbre. No son fatalidades. Son decisiones. Son intereses. Son equilibrios sostenidos sobre cuerpos concretos. ¡Y esos cuerpos tienen nombre!
Son familias rotas, niños que han aprendido demasiado pronto el lenguaje del miedo, jóvenes a quienes se les ha robado el derecho a imaginar futuro. Son también los que no llegan, los que se pierden en el tránsito de una orilla a otra, tragados por el mar o por el silencio. Relatos que no se escriben. Vidas que no cuentan.Demasiadas vidas en suspenso. Demasiada humanidad a la intemperie.¡Y es ahí -no en otro lugar- donde la Pascua sucede!
La Pascua no aparta la piedra desde fuera: entra en la herida y la atraviesa desde dentro. Sin ruido. Sin espectáculo. Como una semilla que no pide permiso para brotar. Creer en la Pascua hoy es sostener, contra toda evidencia, que la vida tiene una fuerza que no se deja domesticar. Que incluso en territorios devastados, algo germina. ¡Y muchas de esas semillas tienen rostro de mujer!
Mujeres que no ocupan titulares, pero sostienen el mundo. Que en medio del caos organizan la vida. Que en medio de la violencia cuidan, recogen, recomponen. No desde la ingenuidad, sino desde una lucidez profunda: sin cuidado no hay futuro. Son madres que se levantan por la paz sin pedir permiso. Hermanas de culturas distintas que se reconocen en lo esencial. Mujeres que marchan, que se encuentran, que se nombran mutuamente. No llevan armas, pero desarman. No imponen, pero sostienen. No dominan, pero permanecen. Su gesto es radical: defender la vida cuando todo invita a abandonarla.
Y junto a ellas, otra frontera habitada por la esperanza: la de los menores y jóvenes en acogida. Chicos y chicas que han tenido que romper su historia para poder continuarla. Que han dejado atrás no solo su tierra, sino, muchas veces, el abrazo de su familia, la lengua que les nombra, el lugar donde eran alguien sin tener que explicarse. Han cruzado desiertos, mares, sistemas. Han aprendido a sobrevivir antes que a vivir. Y, aun así, no se han detenido.
En sus ojos no hay solo dolor. Hay una dignidad que no se negocia. Una manera de seguir que descoloca. No piden compasión: reclaman lugar, futuro, nombre.Acompañarlos no es una función.Es un compromiso que te desinstala. Porque en ellos se revela algo esencial: la vida, cuando es verdadera, insiste incluso cuando todo la contradice. ¡Y ahí estamos!
En esta orilla mediterránea -frontera y tierra sagrada- aprendemos que la verdad no se piensa desde lejos. Se pisa. Se huele. Se escucha en lenguas distintas. Aquí la historia no es teoría: es carne, es llegada, es espera, es duelo, es encuentro. Aquí se nos revela que toda tierra es sagrada cuando la vida se juega en ella. ¡Y desde aquí -como en tantas otras orillas del mundo- vamos tejiendo… red!
Red de nombres, de historias, de gestos que parecen pequeños, pero sostienen. Hospitalidad que no es solo abrir la puerta, sino hacer sitio dentro. Dentro de la agenda, dentro del tiempo, dentro del corazón. Y cuando eso ocurre, algo se desplaza. Las categorías se rompen. El “otro” deja de ser amenaza. La diferencia deja de ser problema. Empieza a aparecer algo más profundo: la posibilidad de una humanidad compartida. No sin conflicto. No sin tensión. Pero real humanidad.
En un tiempo donde la deshumanización avanza con facilidad, la Pascua nos invita a recuperar la mirada. Una mirada humanizada y humanizante. Una mirada que reconoce la dignidad irreductible de cada vida. Esta mirada no es ingenua. Sabe del conflicto, del límite, de la complejidad. Pero elige no renunciar a la humanidad compartida. Elige no acostumbrarse al sufrimiento ajeno. Elige no volverse indiferente ni ceder a la lógica del descarte.
Porque la esperanza pascual no nos saca del mundo, sino que nos devuelve a él con una responsabilidad renovada. Nos llama a ser parte de esa transformación silenciosa que ya está en marcha. Como la semilla que crece en lo escondido. Como el amanecer que llega poco a poco, sin estridencias, pero con una certeza imparable. ¡Algo nuevo está brotando! (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).
Lo vemos en esas mujeres que sostienen la vida.
En esos jóvenes que no renuncian a su historia.
En esas comunidades que se atreven a convivir.
Lo vemos en cada vínculo que se teje.
En cada historia que encuentra un lugar donde ser escuchada.
En cada espacio donde alguien deja de ser “extraño”
para convertirse en “hermano”, en “hermana”.La Pascua no elimina la cruz. La atraviesa.
No borra la herida. La convierte en lugar de vida.
No evita la muerte, pero afirma que no tiene la última palabra.
Por eso, hoy, no se nos pide explicar la esperanza.
Se nos pide encarnarla.Ser presencia cuando otros desaparecen.
Ser cuidado cuando otros abandonan.
Ser vínculo cuando todo fragmenta.
Ser casa-hogar cuando tantos no la tienen.Porque la historia no está cerrada.
Porque el futuro no está decidido por los poderosos.
Porque la vida -cuando es vida- siempre encuentra camino.Y esta vez, lo sabemos, no vendrá desde arriba.
Vendrá desde abajo.
Desde las orillas.
Desde quienes, sin nombre, están sosteniendo el mundo.Que esta Pascua nos encuentre ahí.
Con los pies en la tierra que pisamos.
Con las manos abiertas.
Con la vida disponible.Cuidando los brotes. Creyendo en su fuerza.
Tejiendo, día a día, una humanidad más fraterna, más justa, más viva.
