ECLESALIA, 27/04/04.- Me ha llegado la carta de Antonio, Miguel, Manuel, Fidel y José Ángel, obispos de la comisión que trata los asuntos de la enseñanza y catequesis en la episcopal española. Firman así, desnudados sus nombres de títulos y reverencias. En la carta me cuentan que de nuevo “llega el momento de inscribir a vuestros hijos en la clase de religión”. En la carta me dan las gracias “por el interés que mostráis en la formación completa de vuestros hijos”. En la carta me hablan del deber de inscribir a mis hijos en la clase de religión.

Como buenos pastores me avisan que hay lobos que “han dicho cosas inexactas y confusas sobre la clase de religión” y que yo, como buen borrego, no me tengo que dejar confundir, que todo sigue igual que antes, que tengo derecho propio y constitucional, que el estado tiene obligación de abrir la clase de religión a mis corderos. El último párrafo es el más atractivo. Trata de presentarme el precioso instrumento que es le estudio de la religión en la escuela, del crecimiento de la fe, la iluminación de Dios, la revelación en Jesucristo, lo cristiano de nuestra cultura, la bondad de las religiones, la paz y felicidad que niños y jóvenes serán capaces de alcanzar con esta asignatura. Termina la carta con su afecto y bendición que, sinceramente, agradezco.

De lo que no hablan en la carta es de la precaria situación laboral del profesorado de religión, de la política de contraprestaciones ocultas con las que se consiguió la LOCE con el anterior gobierno, de la catequesis manifiesta que exigían en los nuevos libros de SCR confesional católica. Antonio, Miguel, Manuel, Fidel y José Ángel me escriben una breve carta y no tienen espacio para hacerme ver la situación de discriminación de la mujer en la religión que pretenden enseñar, de la marginación de los seglares cuando dejamos de ser borregos ciegos y obedientes, de la falta de libertad de pensamiento que padecen multitud de teólogas y teólogos. Se les pasa hablar de las situaciones de marginación que sus cánones provocan en creyentes divorciados, sacerdotes casados y homosexuales enamorados.

Quiera Dios que tenga efecto su bendición final. Mi hija acaba de cumplir dieciocho meses y espero con toda mi alma que cuando ella llegue a la escuela se encuentre con una asignatura donde se estudien las religiones y su cultura, los buenos y malos momentos de su historia, el respeto a lo diferente, el diálogo de las creencias, la presencia de trascendencia en la vida de los seres humanos y que su maestra o maestro de religión no haya sido designado a dedo sino por justa oposición convocada por la Junta. La fe la recibe en casa y la vivirá en la escuela, en la comunidad cristiana, en una Iglesia como cuentan en Eclesalia: “al aire del Espíritu, renovada y renovadora, con sabor a pueblo, Dios al fondo y Cristo en medio, nunca excluyente y siempre fraterna”.

Quiera Dios, hermanos obispos, quiera Dios.