OBRAS SON AMORES…

GONZALO HAYA PRATS, gonzalohaya@telefonica.net

ECLESALIA, 24/01/05.- La experiencia acumulada del pueblo ha acuñado el refrán “Obras son amores, que no buenas razones”.

Jesús nos había advertido: “Por sus frutos los conoceréis”, “No todo el que dice Señor, Señor, entrará en el reino sino los que cumplen la voluntad de mi Padre”; y en el juicio final pondrá a su derecha a quienes hayan socorrido a los necesitados sin saber que representaban a Jesús. San Juan sacó las consecuencias: “El que dice que ama a Dios y no ama a su hermano es un mentiroso” y para san Pablo la fe sin obras es una fe muerta.

¿Qué nos preocupa más el dogma o el sida? ¿las obras o las razones?

Precariedad de tales razones

Porque las palabras engañan. Son fácilmente manipulables. Es fácil exclamar ¡Señor! o decir “ya voy a trabajar en la viña”.

Las palabras y el razonamiento lógico son el orgullo de los humanos, ¡la evolución del cortex cerebral!. Pero para Pascal “el corazón tiene razones que la razón no entiende”; para El Principito “lo más importante es lo que no se ve”; y para los modernos la inteligencia emocional va más allá de la racional. Sólo los aborígenes alejados de la civilización percibieron la reacción de los animales ante la llegada del tsunami.

El razonamiento lógico es necesario, pero es muy limitado. Ese pequeño porcentaje de racionalidad que nos distingue de otros seres vivos necesita explicaciones; pero las explicaciones no son la realidad, son orientaciones para entender la realidad. Y estas orientaciones pueden desarrollarse como razonamiento lógico o como símbolos.

Los libros sagrados de las diversas religiones se expresan con símbolos, con mitos, con parábolas. Lo trascendente no puede definirse en conceptos precisos, prefiere expresarse en símbolos “que quedan balbuciendo”

Jesús, los evangelistas y san Pablo interpretaron el Antiguo Testamento en sentido simbólico. Entre los Santos Padres hubo dos tendencias, una más racional y otra más alegórica.

Los símbolos suscitan emociones y orientan la comprensión. La orientan, pero no la determinan en términos excluyentes. Los argumentos racionales son armas de combate; los símbolos son sugerencias emocionales.

Los razonamientos lógicos son para los sabios y los doctores de la Ley, pero Dios se revela a los sencillos, a la viejecita de pueblo o al pescador de Sri Lanka. Ellos no entienden las explicaciones filosóficas, pero entienden las parábolas. Los místicos también tienen que superar la lógica porque sienten a Dios como indefinible, como unión de contrarios. “Si creemos que le hemos comprendido, ese no es Dios”.

¿Por qué confiamos tanto en la lógica? ¿Por qué excluimos a otros hermanos cuando sus explicaciones son lógicamente incompatibles con las nuestras? No hay explicaciones absolutas. Sólo Dios es absoluto. Cada uno tiene sus explicaciones, más o menos acertadas, pero son su sistema coherente de entender la vida, la trascendencia, y a Dios.

¿Fe conceptual o confianza?

Jesús no le pidió al centurión o a la hemorroisa que creyeran en su divinidad, sino que confiaran en él. No les pidió fe sino confianza. Adhesión emocional más que lógica.

Confundimos la confianza con la fe; confundimos la adhesión a una persona con la adhesión a unos conceptos. El predominio de los conceptos es herencia griega, no es herencia hebrea; y las “ideas claras y distinctas” han servido más para separar que para unir.

La esperanza y la caridad potencian la naturaleza que Dios nos dio; la fe conceptual pone una venda en los ojos de esa naturaleza.

La prueba del algodón no son las palabras –racionales o simbólicas-, sino los hechos. Obras son amores, que no buenas razones. Si da de comer al hambriento, su comportamiento está afirmando a Dios. Si mi fe en la Trinidad y en la transubstanciación no da de comer al hambriento, estoy negando a Dios. Esto es lo importante. Sobre las explicaciones ya nos iremos entendiendo cuando quitemos emoción y provincialismo a nuestros conceptos.

¿Por qué le damos tanta importancia a la fe conceptual? Quizás porque asegura la obediencia ciega.

Para una madre no es tan importante la fe. Aunque su hijo haya “perdido la fe”, sigue creyendo que su hijo es bueno.

Escuchemos emocionalmente los símbolos de otras religiones o creencias y descubriremos nuevas facetas de Dios; pero sobre todo colaboremos para desmontar las masacrantes estructuras de injusticia social. Eso es más importante que lo que llamamos fe.

He tratado de expresar mi parcela de la realidad; lamento no saber expresarme con símbolos más integradores.