NO ESPIRITUALICEN EL SUFRIMIENTO
MARI PAZ LÓPEZ SANTOS, pazsantos@pazsantos.com
MADRID.
ECLESALIA, 27/06/26.- El último discurso que pude ver del viaje del Papa León XIV a España fue el de Arguineguín. Ahora los tengo en papel todos para poder hace un “viaje” pausado sobre lo que nos dejó dicho con sus palabras, gestos y su serena forma de estar.
Me impactó algo que dijo el Papa de forma espontánea, de esa manera que, alguna vez nos ha pasado a todos, las palabras salen algo así como si se abriera un grifo.
Desde luego no parecía que estuvieran escritas en el papel que tenía en las manos. Le salió como decimos por aquí: “a bote pronto”.
No tuve el impulso de coger un lápiz o bolígrafo y anotarlas en un papel. No hizo falta, se me grabaron por dentro. Estas fueron sus palabras:
“No espiritualicen el sufrimiento, Dios no quiere que suframos”
Estas palabras del Papa León anidaron en mi cabeza y en mi corazón. Me han llevado de vuelta a tiempos lejanos de mi niñez y adolescencia. Tiempos en los que pareciera que, a mayor sufrimiento, el apartamento en el cielo sería de más metros cuadrados.
Había muchas cosas que no entendía de mis mayores, en especial de la vida de las mujeres. Pero cuando algo no me cuadraba (siempre he sido bastante optimista-positiva) lo archivaba en un apartado interior, con la comprensión de que debía de ser de alguna otra manera que iría descubriendo.
Todo ser humano que tenga un mínimo de dos dedos de frente, sabe que el sufrimiento viene antes, durante y después, en la vida de cualquiera.
Pero esto que dijo el Papa León invita a una comprensión del sufrimiento partiendo de la base de que Dios no quiere que el sufrimiento sirva para agachar la cabeza con lo que caiga encima. Por ejemplo: una mujer no tiene que aguantar el maltrato de su pareja aconsejada por alguien que le indique que sea paciente, soporte el dolor y el miedo con la oración y la paciencia, y será recompensada en el más allá.
Es en el más acá donde la injusticia, la violencia, la desigualdad, la pobreza extrema, las guerras infames y tantas otras cosas, causan índices de sufrimiento en el ser humano que han de ser atendidos aquí y ahora. Ayudados, sí, de la vida espiritual, pero no para rendirse sino para mantenernos erguidos recordando en cada momento que Dios no quiere que suframos.
Cuando Jesús iba andando por los caminos, compartiendo su mensaje y su vida con los de abajo, veía que las cosas se complicaban cada vez más y el ambiente se caldeaba. Sus palabras y sus gestos en nada se parecían a las de los poderosos, los líderes religiosos estancados, los jefes de los pueblos, el imperio… Él se movía de otra manera, esa que los poderosos no pueden soportar.
“No espiritualicen el sufrimiento… dirijamos la mirada y el corazón hacia lo que nos hace sufrir y revistámonos de la fuerza del Espíritu para luchar contra el sufrimiento, no para bajar la cabeza y cerrar los ojos pensando que eso suma; será más bien para plantar cara a la injusticia y a la cantidad de atrocidades que se comenten contra los más pequeños, los más pobres… los que no tienen voz.
“Dios no quiere que suframos…”. Pensemos detenidamente en esto: no quiere que nadie sufra; tiene su lógica, nos ha creado como hijos e hijas del mismo Padre y, por si no fuera suficiente, envió a su Hijo para que acabáramos de creerlo. Pues no, seguimos con el síndrome de Caín (así lo llamo), y el sufrimiento campa a sus anchas y, encima, se nos ha enseñado ha darle un barniz de espiritualidad para ser más merecedores de un cielo más acomodado.
Las palabras de Pablo (Rom 8, 32): “El que no perdonó ni a su propio Hijo, sino que lo entregó por todos nosotros”, me dejan muda y pensante. Me las han justificado muchas veces: “es una forma de hablar de aquel tiempo”, “todo acabó bien”, etc.
Voy a quedarme con lo que compartió el Papa León y a darle un sitio amplio en mi oración para que pueda sacar la enseñanza que me lleve a no agachar la cabeza ante los avatares de la vida, eso sí, sin olvidar que Dios no quiere que suframos.
Iremos viendo (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).
