¿OTRO CONCILIO? ¿OTRO PAPA? ¿OTRA IGLESIA?
JUAN LUIS HERRERO
LOGROÑO.
Como creyente cristiano y al mismo tiempo ciudadano de este planeta me niego a esa habitual esquizofrenia de vivir por separado ambas dimensiones: creencia/razón, sagrado/profano, fidelidad/libertad, etc… A tenor de esta declaración, me embarco en la peligrosa tarea (¡la Inquisición no está enterrada!) de pergeñar algunas breves reflexiones sobre realidades muy concretas cristianas cuyos efectos no irán sin repercutir en la marcha de nuestra historia ¿No habría sido ésta muy diferente de haber sido otra la historia de la Iglesia? Muchos cristianos piden otro concilio; la hermana muerte nos va a traer otro papa; pese a que el tema cada vez interese a menos gente, al mundo de hoy no le vendría mal otra Iglesia.
La “Corriente Somos Iglesia”, junto a algunos obispos, está promoviendo una campaña a favor de un proceso conciliar que ya sugirió hace tiempo el cardenal Martini. Siendo, a mi entender, una idea sugerente, merecería, no obstante, ser mejor perfilada. ¿Existe en el momento presente la posibilidad de suficiente éxito en la celebración de un concilio ecuménico? El cuerpo de la Iglesia está tan gravemente enfermo que una dosis insuficiente de antibióticos puede provocar que sus males se agraven y enquisten, como ha sucedido con el Vaticano II pese a su buena intención y la mejoría temporal que produjo: a la postre el cuerpo eclesial reformó algo para que todo siga igual… o más bien, peor. Proceso preparatorio sí, pero muy complejo y larguísimo como para que se produzcan las condiciones de posibilidad y de éxito de un concilio realmente ecuménico de pastores y fieles de todas las confesiones.
Pero antes de nada, una pregunta: ¿Puede un concilio al estilo clásico reformar la Iglesia? Me temo que sería poner el carro delante de los bueyes o construir la casa desde arriba. Con la secular inflacción antievangélica de la autoridad y del magisterio a que ha dado lugar la inmadurez de los creyentes hemos olvidado los cristianos -nos han hecho olvidar los pastores- que Pablo de Tarso situaba la salvación no en la ley sino en el Espíritu (de Jesús). Fatal olvido que llegó muy pronto, cuando el emperador convocaba un concilio, asentían los obispos y no se enteraban los fieles. Así, a golpe de concilio jerárquico contra cada herejía naciente, el Espíritu no ha podido impedir que haya ido enfermando la Iglesia “oficial” -la que aparece a los ojos del mundo- hasta tal postración que muchos la abandonan, en buena parte, por ella y otros seguimos en este inhóspito hogar a pesar de ella. Por fortuna (o gracias a Dios) nunca ha faltado buena gente en la Iglesia para poner en nuestras manos la Biblia y sorprendernos con un estilo de vida parecido al de Jesús tan cerca siempre de los pobres y sencillos.
Quien echa un vistazo sin prejuicios dogmáticos a la historia de la Iglesia -la que más se ve- ¿qué conclusión saca, que ha estado más sana que enferma o, más bien, la contraria? Papas, obispos y abades, salvo excepciones, han ambicionado el prestigio, se han aliado con los ricos y poderosos y, lo que es peor, se han identificado con el poder de Dios. Grosera o sutilmente, según casos. Es decir, pura traición al Espíritu (de Jesús). Y ¿los fieles de a pie? Segregados de la clase dirigente -sobre todo las mujeres-, sin nunca poder decidir y ser apenas consultados, se mantienen dentro del rebaño, mientras tanto fuera de él sólo hay intemperie. Mas en cuanto llega la primera madurez, no tarda en producirse la desbandada o la cómoda instalación en el pacto con la mediocridad: “yo cumplo con la Iglesia pero que no me complique la vida. ¿El evangelio? ¡Utopías!” Por descontado, con excepciones. En esas estamos todavía. En una palabra, hemos dejado las riendas en manos de las estructuras y de la ley por no fiarnos demasiado del Espíritu, o fiarnos tan mal que le trasladamos nuestra parte de responsabilidad.
En estas condiciones ¿qué se puede esperar de un Concilio como el anterior? Sería caer una vez más en la trampa de una solución desde arriba. La Iglesia se revitaliza, más que cualquier otra institución, desde la base. Y más cuando la tarea es monumental y se imponen no sólo reformas parciales sino una refundición desde la base a la cúspide de toda la estructura. Posiblemente ni en los ámbitos más alertados existe conciencia suficiente de hasta qué profundidades puede y debe llegar esta refundición, indoctrinados como estamos para creer que el esquema de la Iglesia salió de la mente de Jesús y es inamovible. En la macro-estructura actual, gigantesca catedral, sólo un poco de oro y plata pertenece a la experiencia originaria de los primeros seguidores. El resto es vulgar metal y en gran parte ganga. No porque las adquisiciones históricas sean todas superfluas. Muchas, sin duda. Otras deben ser simplificadas, reformadas, refundidas, revitalizadas o adecuadas al tiempo presente. La reforma litúrgica del Vaticano II ¿llegó al fondo o quedó en maquillaje de un fósil? ¿Qué impide, por ejemplo, la recuperación total del ágape fraterno en la Eucaristía? Y al Derecho Canónico ¿no le bastaría una décima parte? y ¿ésta bien enfocada desde el respeto a los derechos humanos y el sentido democrático? ¿Cómo respetar la pluralidad dentro de la unidad? ¿No tiene ninguna responsabilidad -tal vez la mayor- que reconocer la jerarquía en la excomunión de la Iglesia oriental, en las condenas de la Reforma y de la Modernidad? ¿Fueron acaso divisiones de los creyentes o antievangelismo jerárquico? ¿Qué Iglesia es hoy la principal responsable del pecado de la división? ¿Qué tiene que ver el estado vaticano, el centralismo dictatorial de Roma, la negación práctica de la colegialidad episcopal, la primacía de jurisdicción y el poder papales con el “servicio de Pedro”? ¿Qué jerarquía hostiga a los teólogos y pastores que pretenden traducir al mundo de hoy un pensamiento cristiano conceptualmente ininteligible y vitalmente insignificante? ¿Qué altas jerarquías propician una nueva fractura de la comunidad cristiana, expulsando a una dinámica parte de ella hasta las fronteras de “su” catolicidad (¡no lo conseguirán!) mientras tales autoridades se identifican con el talante de los movimientos más conservadores (Opus Dei, Comunión y Liberación, Neocatecumenales, Focolari…)? Síntoma de tal fractura es que muchos podemos dialogar con ortodoxos, protestantes, incluso agnósticos, diálogo que es imposible, sin embargo, por estéril, con los conservadores de la vieja neoescolástica, profesores (en paro) de Seminarios vacíos, teólogos de la curia vaticana, etc. porque con éstos las palabras de siempre no tienen el mismo contenido. Fractura dentro de la Iglesia porque la cosmovisión, el soporte cultural (antropológico, filosófico, psicológico, sociológico) de ambos sectores es diferente. Uno de ellos, al igual que el fundamentalismo islámico, ni siquiera ha pasado por el crisol de la Ilustración y de la Modernidad cuando estamos ya en la Postmodernidad.
La tarea, pues, para un Concilio es ingente porque la fractura es casi infranqueable, no tanto por diferencias en la aceptación de Jesús cuanto por pertenecer a cosmovisiones de galaxias mentales diferentes. Este proceso cultural divergente se inició por lo menos en el Renacimiento (el de la separación de oriente-occidente fue otro), echó raíces en la crisis protestante y culminó en la Ilustración seguida de la crisis modernista. Por eso pregunto: ¿Qué podría hacer un nuevo concilio mientras subyazgan las dos cosmovisiones que dieron lugar a las rupturas anteriores?, ¿exponernos a sacar a la luz y consagrar la hoy latente? ¿Qué podemos esperar de un concilio de obispos en su inmensa mayoría cuidadosamente seleccionados por Juan Pablo II, máximo responsable de la actual involución frente a la moderadísima (y en puntos clave ambigua) reforma del Vaticano II?
Me temo que la Iglesia está hoy abocada a un callejón sin salida al menos si la salida la situamos en un nuevo concilio. Mientras no se supere ese abismo de la doble (por lo menos) cosmovisión que más o menos conscientemente separa a los creyentes no podrá haber un lenguaje común para entender (en el sentido de enterarse) lo que unos y otros afirman y pretenden en lo doctrinal, en lo moral, en lo pastoral, en lo celebrativo, y en lo organizativo. Y sería un fiasco. Porque o bien un sector se impondría sobre el otro y se consumaría la ruptura o, por lo menos, habría que caer en la cuenta de dónde se sitúa el “eje” del problema y, aceptando (¡por milagro!) una amplia pluralidad, empezar por donde habría que haber empezado: superar el doctrinarismo y salir del narcisismo eclesial para revitalizar la experiencia evangélica volcándose en la tarea de salvar del desastre al planeta y a la humanidad, codo con codo con toda la gente de buena voluntad, comenzando por dar agua y pan a los miles de millones de pobres del mundo.
A lo largo de los siglos, sobre todo en occidente, la Iglesia ha privilegiado, incluidos los grandes concilios, la doctrina sobre la experiencia vital, es decir la ortodoxia sobre la ortopraxis: las verdades que había que creer, la ley a observar, las jerarquías a las que someterse y los ritos que mantener, todo ello por delante de las auténticas vivencias evangélicas a propiciar en el pueblo cristiano. Podían ser los “herejes” grandes hombres espirituales, al menos tanto como sus detractores católicos, pero eran apartados sin piedad de la comunión visible eclesial en razón de unas formulaciones doctrinales por otra parte de no menor carga complementaria de verdad que la también parcial y unilateral de la jerarquía católica. De nuevo la carreta por delante de los bueyes, la doctrina por delante de la experiencia vivida, la ley por delante del Espíritu. Los resultados de desajuste y distorsión impregnan hoy hasta tal extremo la misma médula del cristianismo que añadido ello al desfase con el pensamiento y la cultura ambientales –divergencia de la cosmovisión y los paradigmas- un eventual concilio, con posiciones tan enfrentadas en su seno, habría de afrontar una tarea imposible. El proceso preconciliar habrá de ser inevitablemente muy dilatado en el tiempo. Y empezar por donde hay que empezar: un renovado aliento vital de la vivencia hondamente humana y evangélica (¿son magnitudes diferentes?). Por ser pragmáticos y estando tan divididos ¿qué es lo que estaría desde ya a nuestro alcance?
La Iglesia se realiza en cada comunidad cristiana y ésta dispone de todos los medios para su reanimación, buscando mantener la comunión posible con las demás, aunque sin esperar permisos de arriba. Repitámoslo: la reforma se hace desde la base en radicalidad de respuesta al Espíritu que late en el corazón de cada uno. Esto se está alumbrando ya en todo el mundo y es un proceso imparable. Entre tanto las viejas cristiandades clásicas se vacían por falta de sangre nueva, por la sangría de las sectas o simplemente por la edad de sus miembros. Sólo se aferrarán al viejo sistema quienes son incapaces de vivir a la intemperie y sacrifican la libertad de la fe a la seguridad del corsé autoritario de doctrinas y leyes. Ninguna religión se libra, en razón de la precariedad humana, del fundamentalismo. Y, ya de pasada, ¿se preguntan alguna vez los jerarcas si procuran mantener la comunión con la Iglesia? ¿O eso se produce mágicamente con el cargo?
¿Así de simple? No. No basta que las comunidades asuman su responsabilidad. Es preciso hacerlo en la buena dirección. Es preciso superar el secular narcisismo eclesiocéntrico. Porque es materialmente imposible resucitar en una pequeña o gran comunidad la auténtica experiencia o vivencia cristiana de la fe al margen de su núcleo más sustancial: el espíritu del sermón del monte (las “bienaventuranzas”) y la piedra de toque de su validez cual es lo que en breve podríamos llamar el talante “samaritano” de aquella escandalosa parábola de la que Jesús dio numerosas versiones. La más profana y desacralizada de las cuales fue el “Tuve hambre y me distéis de comer, tuve sed y me distéis de beber…” (Mateo 25).
A millones nos gritan hoy esas mismas palabras gentes pobres y sufrientes que nuestra avidez de dinero, nuestro consumismo hedonista y derrochador y, en general, las políticas económicas genocidas que consentimos (¡por eso somos todos culpables!) arrumban a las cunetas de la muerte. Sin un sobresalto general de conciencia, sin una movilización masiva de creyentes y no creyentes (¡ahí está el auténtico ecumenismo!) no hay solución para este planeta y para esta humanidad herida. A la hora de la verdad seremos juzgados sobre el amor, en versión actual, sobre solidaridad, talante “samaritano” y -acompañante indisociable mientras no hay pan y agua para todos- austeridad de costumbres…
¿No sería bueno, puesto que no nos entendemos apenas, y ello va para largo, en cuanto a “cosmovisiones” y “paradigmas eclesiales” volcarnos todos en el problema sin duda número uno de la humanidad? Esto sí que merecería un gran concilio: “¿cómo salvar a los hambrientos y sedientos de la tierra y a ésta con ellos?” Con una apuesta por la radicalidad evangélica de vida y aparcando nuestras disensiones intraeclesiales nos situaremos en el sólido terreno en que podrán ser superadas. Cuando existe una crisis grave de supervivencia toda la familia se une y puede llegar a superar las discrepancias secundarias.
El segundo interrogante “¿Otro papa?” es de mucho menor peso pero los católicos lo tenemos a la vuelta de la esquina y, puesto que es insoslayable, tampoco estará de más echarle un vistazo aunque sólo sea en un ejercicio de estrategia para el cambio que más de uno tachará de maquiavélica: la estrategia de, dado el contexto actual, “cuanto peor, mejor”.
Un simple proceso de preparación a semejanza de los que ha habido en muchas diócesis para sus sínodos es insuficiente sobre todo si lo conducen obispos y teólogos oficiales. La Iglesia está encerrada en un corsé que le impide pensar y respirar: con las estructuras actuales habría dos procesos en cada diócesis, avanzado y conservador. Querámoslo o no la Iglesia católica está dividida tanto o más que lo estuvo en la Reforma evangélica. Que entonces el pueblo cristiano no lo estaba -aunque visceralmente necesitado de reforma- pero lo dividió Trento.
Pero vuelvo a la pregunta inicial ¿qué más necesitamos los cristianos para reformarnos desde nuestras comunidades en coherencia y radicalidad de vida según el mensaje de Jesús, modificando lo que hayamos de cambiar sin esperar el permiso de arriba? Que no se llamen a engaño los pastores y, para ello, que hagan en todo el mundo encuestas fiables: el magisterio oficial apenas tiene crédito y el proceso de reforma ya está en marcha en muchas comunidades que reflexionan su vida y fe y celebran el culto y los sacramentos sin pedir permisos al obispo. Las grandes comunidades tradicionales se van vaciando por las sectas o la edad. Será un proceso largo pero inexorable. Moribunda la Iglesia de cristiandad va apareciendo la iglesia “samaritana”, la Iglesia en “diáspora”. Hace muchos años me llegó una frase creo que del teólogo Tillich “Cristo no resucitará más que de la tumba de esta iglesia”. Desconozco el contexto de la frase pero el de hoy la hace verdadera.
