DILUYENDO FRONTERAS
Quiénes se marchan y quiénes se quedan en la vida religiosa femenina
DENTRO Y FUERA, Seminario de Investigación sobre la Vida Religiosa
MADRID.
13/11/02. En el último decenio la Vida religiosa femenina asiste impasible a un imparable abandono de muchas de sus mejores mujeres. Son aquellas que se marchan entre los 35 y 55 años, después de haber permanecido entre 10 y 20. Mujeres de talante crítico, creativas e implicadas, con un alto sentido de pertenencia, en muchos casos incluso en puestos de gobierno. Acusan asfixia institucional y comunitaria. Decepción, a contrapelo incluso. Se marchan porque perciben que en la institución no hay futuro.
Los grandes valores evangélicos de solidaridad, apertura, coherencia personal, relación igualitaria, libertad, responsabilidad, subsidiariedad, búsqueda… que esta VR tiene a gala, han ido generando en ellas procesos de crecimiento. Pero, paradójicamente, cuando este crecimiento comienza a tocar prácticas y realidades concretas los procesos son interceptados, culpabilizados y aislados. Se les dice que el proyecto personal no coincide con el congregacional, que dejan de ser religiosas para asimilarse a los institutos laicales, que olvidan los pilares de la misma VR… Y ellas se preguntan si de verdad la VR estará pensada para mujeres maduras, fuertes, inculturadas, autónomas, asertivas, dialogantes y adultas. Descubren, entristecidas, que la misma institución que ha iniciado y alentado los procesos de maduración y de evangelio, de alguna manera las expulsa cuando la maduración toma cuerpo real. Muchas de ellas, confirmando su vocación inicial, se marchan.
Ya fuera, respiran aire fresco que contrasta con el aire viciado de dentro. Se van sin amargura, pero desencantadas y a menudo tristes, deseosas de encontrar alternativas: no es tan fácil desistir de los mejores sueños. Hablan de una institución desfasada del hoy, con principios y prácticas concretas muy distantes entre sí, con miedos y recelos a perder poder institucional, con desconfianza sistemática y controles infantiles a las personas, con una incapacidad profunda de inculturación y, por ello, de imposibilidad de regeneración futura. Hablan, en fin, de una institución que se exculpa sobrecargando de responsabilidad a quien se marcha para exculparse a sí misma. Ella nunca parece tener nada que ver.
Fuera, recuperan lo eclesial que lo eclesiástico dentro había reducido y empañado. Experimentan modos de comunidad fuera que tanto deseaban dentro. Entienden y ensayan trabajo y misión dentro de la propia cultura. Y liberan una comprensión más gratuita, placentera y creativa del tiempo libre.
Son trabajadoras y educadoras sociales, profesoras, teólogas, empresarias, enfermeras, limpiadoras… que miran ilusionadas a un futuro que les pertenece, lamentando, sin embargo, la ceguera de unas instituciones que siguen expulsando de sí, sistemáticamente, cuanto de mejor ellas mismas son capaces de generar.
Son fuera como quisieran haber sido dentro. Creemos que la Vida Religiosa femenina pierde con ellas su mejor baza de futuro.
Están por ahí: en parroquias y colegios, en universidades y barrios, en grupos laicos que comparten el carisma de la congregación amada… Las vemos en los lugares en los que siempre quisieron estar: la casa y el bar, la manifestación y el grupo de oración, la calle, la asociación de barrio y el colectivo feminista, la charla en la Confer o el departamento en la Universidad, ante un cajero automático o en la cola de las hipotecas… Viven solas o con alguna compañera, comprometidas y solidarias, compartiendo ideales, entregando la vida… pero también siendo ellas mismas desde la libertad conquistada, traduciendo lo aprendido y lo experimentado en esta cultura…
Y no, no hablamos en abstracto ni teóricamente. Detrás hay personas, rostros, itinerarios con nombres. Aquí van algunos: Marta, Pilar, Belén; Dulce, María, Elisabeth; Teresa, Dori, Carmen, Mercedes, Mª Angeles, Rosa… sólo algunos, porque todas conocemos más, bastantes más. Demasiados incluso…
El éxodo forzoso no ha terminado, no nos engañemos. Muchas de las que permanecemos vivimos lo mismo, pensamos lo mismo, sentimos lo mismo. Deseamos las mismas cosas, soñamos los mismos sueños, comenzamos ya a vivir, con mucho esfuerzo y a menudo a contrapelo, lo que viven las que se han marchado. Luchamos desde dentro, y en muchos casos con ellas, por lo que ellas, con el solo hecho de vivir como lo hacen, luchan desde fuera. Diluyendo fronteras.
