ECLESALIA, 08/03/04.- Como mujer hace tiempo que quiero escribir alguna cosa, me llama mucho la atención la fuerza de muchas de las mujeres de aquí y de todo el mundo y por eso me gustaría compartir una reflexión. No se trata de algo feminista, ni de lucha de género, no es mi estilo. Para nada estoy en contra de los hombres, pienso que somos complementarios, que Dios nos hizo a cada uno para completar al otro. Sólo que por desgracia muchas veces nos olvidamos de esto, unas y otros, y acabamos en una absurda guerra de sexos que ni de uno, ni de otro lado lleva a ningún sitio.

Muchas veces se nos llama sexo débil, nunca creí ni creo que sea así, podemos ser sensibles, o sentir las cosas de diferente manera, pero eso de sexo débil, para nada creo que sea verdad. Y es que lo veo todos los días en multitud de mujeres admirables y luchadoras que están cerca o que han estado. De todos los lugares donde pasé y más concretamente aquí en Mozambique, en Nacala, en Matibane.

La mujer es la que lleva el peso de la casa, de conseguir comida, de trabajar en el campo, de cuidar a los hijos. En definitiva de la vida, en muchos de los casos. Y encima es maltratada en multitud de ocasiones y se ve erróneamente sometida a obedecer siempre los deseos del hombre. Ha sido así en todas las culturas desde los tiempos. Si alguien me preguntara por qué sigo a Jesucristo ¿sabéis cual seria una de las respuestas? Pues porque me libera, me hace sentir igual y sin distinción. Solemos hacer separaciones, esto de hombres aquello de mujeres, hasta nosotras propias lo fomentamos y perpetuamos el estar “por debajo”. Con Cristo no debería ser así. El mismo respetaba y las trataba como personas, como iguales. Hoy por hoy en la mayoría de las partes el mundo todavía existe la discriminación sobre nosotras. Las que nacimos en lugares en los que ya se nos siente como iguales y se nos trata como tal, somos una minoría, la mayoría todavía no es consciente de que esto puede suceder y en muchas ocasiones ni se plantea que puede vivir de otra manera, en otras ni quiere.

Nunca había sentido la discriminación por ser mujer en ningún sitio, y aquí a veces la siento, igual da que sea misionera y de otro país.

En la parroquia de Matibane, en la zona rural ahora estamos trabajando con ellas. Empezando e intentando que vean su dignidad e intentando mostrar sus valores y que juntas pueden. Aquí es muy difícil porque por cultura en los ritos se transmite de generación en generación que debe ser sumisa, que debe agachar la cabeza y que su servicio principal es satisfacer a su marido. Dentro de esto, sólo decir que a veces se cierran en ellas mismas y que para mí, aquí, entrar en el mundo femenino ha sido y sigue siendo el mayor de los retos. Pienso que la promoción de la mujer no es sólo enseñar a cocinar y coser. La promoción y toma de conciencia viene con la educación y no sólo en la preparación para ser unas buenas esposas, como durante mucho tiempo se ha trabajado. El cambio viene desde dentro y muy despacio.

En las últimas reuniones con ellas, trabajamos a través de la película “El color púrpura”. Fue increíble ver las expresiones en determinadas escenas, muchas de ellas se sintieron identificadas con algunas partes que aparecían. Y ¿sabéis? En el fondo todas aunque de diferentes culturas y vivencias, en lo profundo sentimos igual.

La mujer aquí, en muchos sentidos, siempre me ha parecido admirable y a pesar de la diferencia de manera de pensar y de actuar y de que me ponga nerviosa ante determinadas actuaciones, me hace sentir un profundo respeto y hasta admiración. Me continúan emocionando gestos y sentimientos compartidos en los que se ve la fuerza que tienen y su vivencia de Dios, que es tan grande, lo cual envidio. Tal vez no entiendan ni vivan la religión como pensamos que debe ser, pero el sentimiento profundo está.

Me admira la fuerza, la manera de enfrentarse al dolor de las grandes pérdidas, sobretodo de las madres que pierden hijos. Hace poco una gran amiga mía de aquí perdió una hija, al verla después de aquella pérdida, ella que estaba destrozada, todavía mantenía y nunca ha perdido la confianza, ni se ha dejado caer en el pozo de la eterna tristeza. Esos momentos que son difíciles, y compartidos, hacen que te sientas más cerca. También los momentos alegres de nacimiento, de muchas alegrías compartidas, de bromas sobre algunas cosas nuestras que les hacen gracia, nos acercan.

Aquí está lleno de “mujeres fuertes como las del Evangelio” y para mí es siempre increíble lo que puedo aprender con ellas. Soy consciente también de que nunca podré llegar a entender lo que viven y sienten totalmente, pero me siento feliz por poder acompañarlas y estar cerca.

Algunas de ellas consiguen estudiar, llegar a promocionarse, pero ellas también sufren porque muchas veces no son entendidas por su propio pueblo y se sienten solas. Pero al menos tienen el coraje de seguir luchando.

Todavía nos falta mucho que hacer, incluso dentro de la Iglesia que todavía es mayoritariamente masculina y en la que muchas veces no somos capaces de luchar porque se nos sienta como iguales y nos acomodamos, pensando que no hay nada que hacer. Preferimos seguir igual. El trabajo es nuestro y de aquellos que nos entienden y ya nos apoyan, además de sentirnos como iguales y complementarias.

Desde aquí agradezco a Dios las grandes mujeres africanas admirables que conozco y me gustaría nombrar algunas:

Dona Valeria, mujer grande, consecuente, trabajadora, luchadora, nuestra gran amiga. Fuerza y serenidad.

María Goreti: Dulzura, y trabajo, independencia, fuerte a pesar de la aparente fragilidad.

María: Madre grande, a pesar de las dificultades lucha, ejemplo de organización familiar y de lucha. El gusto por aprender.

Madalena: Da lo que ha recibido para la gente que necesita. Opta no por lo fácil. Fuerte y decidida.

María Travesa: Casi 70 años de vitalidad, optimismo, actividad y preocupación por los demás.

Dona Rosa: La paz, el sosiego y la serenidad.

Anastasia: La lucha por salir adelante, el sentido común.

Esperanza: Una María Magdalena, sin complejos, y con mucho cariño.

Sureya: Contracorriente y viviendo libremente, sin importarle el que dirán a pesar de su “modernidad”.

Anifa: Que todavía está a crecer pero ya se nota una fortaleza de carácter, que no le falte nunca.

Y a tantas otras mujeres empezando por mi madre, y mi hermana, que me han dado el testimonio que necesitaba para sentirme libre. A mis amigas de toda la vida, a las mujeres con las que he compartido vida en Comunidad aquí, a todas las hermanas que me han acompañado.

A todas ellas, con corazón de mujer, ¡gracias! Gracias por ser la presencia de Dios en mi vida. Y como no también a aquellos hombres que nos sienten como iguales, y que luchan junto con nosotras cada día para que la igualdad sea posible y deje de ser una utopía. Como dirían aquí “ Koxukhuru vanjene”. De corazón de mujer, voy a seguir aprendiendo de todas ellas.

Con mucho cariño, Silvia.