VIDA Y RESURRECCIÓN
MARÍA PILAR MARTÍNEZ BARCA, escritora y poeta.
ECLESALIA, 15/04/04 .- ¿Nos quedamos en la última cena de Jesús o en el sepulcro? Me viene la pregunta observando los rostros de la gente antes y después de Pascua. ¿Se han transformado en algo? Siempre viví con apasionamiento las pascuas juveniles, ese nuevo brotar de cada primavera, y dejar con el envejecido y ya gastado invierno esa pesada leña que se quemó en la cruz. Hoy quiero compartir mi propia experiencia de regeneración.
“Maestro, ¿quién pecó, éste o sus padres?”… “Ni éste ni sus padres; nació ciego para que se manifiesten las obras de Dios”. Siempre me gustaron tus respuestas, Jesús, tan directas, tan claras. Y es que Dios es el mismo en una silla que haciendo un maratón, pero no siempre lo entendemos. Nací paralítica cerebral. Los fallos médicos o la casualidad me causaron un grave daño en el cerebro que afectaría a mis extremidades y mi forma de hablar. Pero iría creciendo como una princesita, ganando en desparpajo. Casi un año y aún no sostenía la cabeza. Sólo entonces el pediatra confirmó los temores. Mi madre no toleraría culpar nunca a Dios.
Recuerdo una infancia feliz, y mis juguetes: una pequeña cuna de muñecos, un libro de oraciones para niños -“Misalín” se llamaba-, un silloncito azul y blanco y la cartilla, que tan pronto me supe. Comenzaba ya a dar mis primeros pasitos y el sarampión supuso un retroceso. No volvería a andar. Mis padres se empeñaron en educarme como a una hija más; de pequeña no sabía de límites. Nunca fui a un colegio, pero con cinco años ya sabía leer. Tenía mucho tiempo para pensar, tan niña, e ir desgranando cuentos e imaginar historias, y encontrarme contigo, a mi manera. Recibir la Primera Comunión con otros niños, y no en privado, fue todo un logro. Y miraba celosa, a la ventana, una congregación de alumnas que salía, una tarde tras otra, a encontrarse de nuevo con la vida. Y yo seguía allí, tan hacia dentro. A veces me cansaba, me evadía… Iba echando raíces.
Y fue en la adolescencia, en ese puente oscuro que va llevando a otra etapa de luz. No saldría de casa hasta los 13 años, con Auxilia -colonias de verano para discapacitados, el aula colectiva…-. Y luego el grupo juvenil de la parroquia. Años de convivencia, excursiones, y la Confirmación. Siempre había creído, pero nunca sentido ni vivido tan intenso. Las personas ayudan a descifrar las huellas, pero eres tú quien sales al camino o al brocal de la fuente: “Hablabas del amor como de un agua / que manara entrañable de un centro a otro centro, / de alguna fuente oculta a un misterioso mar”. Desde entonces, tus pasos permanecen junto a cada giro de mis ruedas.
En contra de los médicos, que desaconsejaban todo estudio, se me dio una carrera. Los Estudios Primarios y el Graduado Escolar, y el BUP a distancia -entrañables aquellos profesores que venían a casa-. La Selectividad se aproximaba. Entre las tutorías, Literatura y Arte: “Volúmenes, colores, esa imagen / sentada en diagonal respecto al cuadro, / la sombra cincelando el corazón”. Mis padres y mis tíos siempre ahí. Y la Universidad, Filosofía y Letras. Pasillos sin orillas, un aula inmensa, con escalera al fondo, y nuevos compañeros. Me grababa la clase en la memoria. Y luego los apuntes, los exámenes -con una vieja máquina y más tiempo, ocho horas a veces-, y aquel viaje hasta Viena, con la silla de ruedas en el metro… Al fondo siempre tú.
Y me fuiste forjando a fuego lento. Ya de niña escribía versos de cumpleaños. Pero llegó el crisol, el ir cribando, el separar del grano la cizaña -en la escritura sirve-. Artículos, poemas, narraciones… y aquella Flor de agua que sólo tú podías inspirar: “Yo fuera para ti, desde una luz antigua, / esa eterna mujer a quien siempre tendiste / la mano y la esperanza: / la niña entristecida, la enamorada esposa, / o esa madre ya entrada en la estación del luto”. Sólo a través de ti somos algo de todos, porque todos formamos el corazón de Dios.
Ponerme un pantalón o la camisa cuesta lo suyo. Y no digamos ya abrochar los botones o atarme los zapatos. No puedo levantarme sin ayuda, la sopa es muy difícil de tomar. Contaba como anécdota cómo escribí una tesis doctoral de 1.050 páginas con tan sólo dos dedos. Después, la silla de motor, el autobús, las aceras que iban rebajando… Para las conferencias, me sirvo de un esquema, leerlo supondría más esfuerzo.
Y supone aún mas cuando hay escaleras, como en muchas iglesias. O si seguimos viendo diferente, o enfermo, un cuerpo limitado, apartado o más cerca del Reino. Peor, cuando el espejo se oscurece, como escribió Teresa. Porque existen también contradicciones, y luchas interiores: “Querer y no poder. Sentirte vivo / y saber de tu cuerpo como un lastre / que te fuera envarando en esta orilla”. Pero nacimos para ser felices.
Y me llegó el amor, contra toda esperanza, ese de piel con piel y obstáculos y sueños compartidos. Sólo unidos a ti es posible el milagro. No se puede creer sin sentir tus caricias. Oración, sacramentos… esa extraña ternura, esa paz sin riberas, y la serenidad de saberme aceptada hasta el fondo, hasta el centro. Porque también sufriste por mi vida, y cada primavera, cuando la luna llena de Nisán nos impregna de luz, rebrotamos por dentro: “Quedara tu presencia con nosotros, / como un tesoro oculto, en los caminos / que hubimos de arribar hacia el encuentro / del hombre con el hombre. / Al fondo de los campos tardecía”.
