ECLESALIA, 16/04/04.- ¿Qué pasó el 21 de marzo, Monseñor? Bien conoces los resultados de las elecciones. Ha habido sorpresa, contento, enojo, abatimiento… La derecha lo celebra, y para muchos de nosotros de una manera provocativa: con una misa en catedral, agradeciendo el triunfo a un Dios, cuyos mandamientos no guardó muy bien durante la campaña -y lo celebró a pocos metros de tu tumba. La izquierda se sorprendió, protestó y se enojó, tuvo que aceptar sus errores, y ahora, con más calma, analiza lo que pasó y por qué pasó. Busca recuperarse -ojalá por buenos caminos-, se ha serenado e incluso habla de triunfo en las elecciones por los 800.000 sólidos votos que consiguió.

También los expertos analizan lo ocurrido, y bueno es que lo hagan con competencia. Pero siempre queda la pregunta para la que no hay muchas buenas respuestas. “¿Y el pueblo? ¿Dónde queda el pueblo en todo esto?”. Suele estar presente en los discursos, pero éstos no llegan a tocar lo profundo de la realidad donde están los pobres. Por eso nos volvemos a ti, Monseñor. No fuiste experto en política, pero nos puedes dar luz, una luz difícil de encontrar en otra parte. Tu gran amor, tu cercanía, tu entrega, te dio ojos para ver la realidad más real, la de los pobres, que, con frecuencia, se nos escapa.

Los pobres de siempre. “Manipulan muchedumbres porque se le tiene cogida del hambre a mucha gente” (16 de diciembre, 1979), dijiste, y sigue siendo verdad. Y también lo es que los poderosos, los oligarcas, como se decía entonces, los ricos de siempre, “no quieren que les toquen sus privilegios” (4 de noviembre, 1979) y los defienden como sólo se defiende a la divinidad. “Cuando la derecha siente que le tocan sus privilegios económicos, moverá cielo y tierra para mantener su ídolo entero” (11 de noviembre, 1979).

Estas palabras no son explicaciones científicas de lo ocurrido ni ofrecen soluciones pragmáticas para el futuro. Son previas a todo ello, pero, sin tomarlas en serio y sin trabajar por superar lo que denuncian, no avanzaremos mucho. Cambian las formas, pero permanece lo fundamental. Hoy dirías: “Manipulan muchedumbres porque se le tiene cogida del miedo a mucha gente”. Hay miedo a perder el trabajo, aunque sea en las inhumanas maquilas; miedo a que se vayan las empresas y vengan de regreso los salvadoreños sin sus remesas. Este miedo se ha introyectado durante la campaña, y no de fomra subliminal, sino burda. ¿Y qué libertad le queda a la gente? Es infame pero es real. Y junto a ese miedo se ha inculcado también el miedo a que el comunismo venga al país, si gana la izquierda. Nada de eso es muy democrático, pero todo vale con tal de ganar. Con lo cual la democracia tiene que repensar muchas cosas.

Y con todo eso se encubre también el problema fundamental de los pobres: su inmensa pobreza. Como ahora sólo quedan dos partidos, se habla de “polarización” y del peligro de “ingobernabilidad”. Y bien está. Pero no es honrado plantear tales males sólo, ni principalmente, en el ámbito político. “Polarización” puede haber entre demócratas y republicanos en el país del norte, o entre estadounidenses y europeos en el mundo de abundancia, sin que nada importante se derrumbe ni se ponga seriamente en peligro el buen vivir. Pero en nuestro país y en todo el tercer mundo, describir coyunturas políticas como polarización peligrosa encubre el drama mayor: el “antagonismo” cruel entre “los pocos que tienen todo y los muchos que no tienen nada”, como tú formulaste -llevando a sus límites- el clamor de los obispos en Puebla en 1979. Se podrá discutir con mayor o menor acierto -y el PNUD se encarga de ello-, si estamos como en tiempos de Puebla. Pero lo fundamental permanece. Los pocos son los principales causantes, por acción u omisión, de los males de los muchos, a quienes, además, ignoran y desprecian. Y llevamos años de elecciones sin ilustrar sobre esta verdadera polarización del país y sin buscarle solución. Las elecciones ni siquiera proponen caminos de solución a esta polarización. Después de las elecciones los pobres siguen más o menos como estaban.

Y las elecciones muestran además otra tragedia mayor, inhumana y cruel. Más que superar polarizaciones, propician la división entre los pobres, “el trágico espectáculo de los campesinos y sus organizaciones al enfrentarse entre sí”, como lo denunciabas en tu tercera Carta Pastoral de 1978. Y añadías con sabiduría:

“Lo más grave es que no son -única o fundamentalmente- ideologías las que han logrado desunirlas y enfrentarlas… Lo más grave es que a nuestra gente del campo la está desuniendo precisamente aquello que la une más profundamente: la misma pobreza, la misma necesidad de sobrevivir, de poder dar algo a sus hijos, de poder llevar pan, educación, salud a sus hogares”.

Y esto sigue siendo verdad para las mayorías de pobres en el país.

Una Iglesia de los pobres. Ante esta realidad, ojalá reaccionemos todos. Ojalá los partidos, sindicatos, universidades, gremios… sintamos una mayor compasión hacia las mayorías pobres, actuemos con más justicia y justeza. Pero, ya que te escribo a ti, Monseñor, queremos centrarnos en la Iglesia. Con respeto y honradez, nos preguntamos qué ha hecho y qué hace ahora en este país de pobres.

“Queremos una Iglesia que de veras esté codo a codo con el pueblo pobre de El Salvador” (17 de febrero, 1980), dijiste. No queremos, pues, una Iglesia que, por ser abstractamente de todos, a la hora de la verdad va de la mano de los poderosos y se desentiende de los pobres. Y el peligro es real. Hablando de América Latina, dice José Comblin, sacerdote sabio por ciencia y por edad: “En los últimos años el sistema eclesiástico está siempre más en alianza con las clases dirigentes. Hubo un tiempo en que expresaban las aspiraciones populares, pero hoy en día son mucho más reservadas, siguen un poco la política vaticana de ver lo que va a pasar, no comprometerse demasiado con nadie”. Las palabras son fuertes, pero no se puede negar que hay algo de verdad en todo esto.

Necesitamos una Iglesia de los pobres, Monseñor. Cuando tú estabas con nosotros nos preguntábamos como Iglesia “qué hemos hecho y qué hacemos para que el pueblo salvadoreño siga crucificado”, y, sobre todo, “qué vamos a hacer para bajarlo de la cruz”. Es de justicia reconocer que hoy hay mucha gente buena, muchos grupos y comunidades comprometidos con el evangelio, muchos solidarios con los pobres, y con gran mérito de su parte pues no cuentan con viento a favor. Pero hay que hacer más y hacerlo como Iglesia, es decir, como pueblo de Dios, fieles y jerarquía. Pues bien, necesitamos una Iglesia que, como dijo Juan XXIII, sea mater et magistra, madre y maestra, y por ese orden. Y la jerarquía debe tomárselo muy en serio, pues tiende a cambiar el orden. Ellacuría lo explicó muy bien :

“El carácter maternal de la Iglesia dice lo que ella tiene de partera de humanidad y de santidad, de partera de nuevos impulsos e ideas en favor de la liberación… Configurada la Iglesia como pueblo de Dios más por las fuerzas maternales que por las magisteriales dentro de ella, estará en mejor posición para dar su contribución a la liberación de los hombres y de la historia”.

Maternalidad es superar la indiferencia y la inacción que se nos van haciendo connatural ante los problemas de los pobres. Hablamos desde el púlpito muchas veces por encima de la realidad, con palabras de la doctrina social, sí, pero que suenan lejanas y abstractas, poco comprometedoras.

La derecha organiza misas para agradecer a Dios su triunfo, pero la Iglesia no le dice proféticamente su verdad, como tú lo hacías. “Tenemos que condenar esta estructura de pecado en que vivimos, esta podredumbre… Los culpables son precisamente los que mantienen estas estructuras de injusticia social, que hacen perder la esperanza de que se puedan arreglar de otro modo, más que por la violencia”.

Necesitamos una Iglesia maternal, que dé vida al pueblo, que le diga la verdad -también crítica-, que se ponga de su lado, que sufra con él y no aparezca cercana a sus opresores, que le predique el evangelio de Jesús y no verdades abstractas, que le infunda el espíritu de Dios, y no un espíritu que se diluye en mucha música, palmas y jubileos, en muchos programas de radio y televisión, y no llega a aterrizar en la realidad.

Y siendo maternal de esa manera, también podrá ser maestra, y evitará dos peligros. Uno es hablar de la doctrina, como si ya la tuviera bien elaborada, y no tuviese que recibir luz, ciencia, verdad y fe del pueblo pobre. El otro es dar la sensación de hablar como para salir del paso y no enfrentar la realidad, por lo que siempre hay que pagar algún precio. Si algo quisiera pedirte, Monseñor, es que, entre todos fuésemos una Iglesia mas maternal.

La esperanza. Entre los pobres es siempre lo más necesario. Muy bien lo dijo Monseñor Rosa en la misa de tu aniversario, el 24 de marzo, poniéndose del lado de los abatidos. “Estamos con quienes esta noche comparten con nosotros el dolor y la esperanza”. El dolor era evidente, pues era grande el desencanto de quienes pensaban que en estas elecciones sí iban a cambiar las cosas. Lo de la esperanza hay que explicarlo un poco más, pues es un fenómeno muy especial de este pueblo. Siempre encuentran algo a que agarrarse, y en esa esperanza siempre estás tú presente.

Contó Monseñor Gregorio Rosa que ese día se había encontrado en la cripta con dos señoras. “Me abrazaron en silencio, llorando. -¿Qué pasó? -Estamos de luto”. Y fueron a la cripta a buscar consuelo. También al Centro Monseñor Romero llegó una señora abatida. Decía: “Monseñor Romero, te volvimos a fallar otra vez. ¡Qué vergüenza! Tanto sacrificio tuyo, de los jesuitas y de tanta gente buena”. Y se fue a la capilla de la UCA a buscar aliento ante un cuadro tuyo y ante las tumbas de los jesuitas.

¿Por qué van a la cripta y a la capilla de la UCA? No lo harían si la esperanza fuese sólo el anhelo de un nuevo futuro, aunque los pobres anhelan con toda su alma que las cosas cambien para poder vivir; o sólo una expectativa, producto de cálculos que llevan a una vida mejor: concientización, organización, praxis y lucha que lleva a la sociedad sin clases; o, según el neoliberalismo, privatización, globalización, que lleva a la aldea global y al fin de la historia. Pero la esperanza no es anhelo, ni expectativa, ni tampoco es optimismo. La esperanza es otra cosa. Es la convicción de que en la realidad hay bondad, y que esa bondad se impone y produce frutos a pesar de todo y en contra de todo. Es esperanza contra esperanza, como decía Pablo, pero esperanza al fin.

La pregunta es entonces de dónde nace esa convicción de que la bondad es posible y de que no estamos condenados a una amarga realidad. La respuesta es muy personal y, para mí, sencilla: allí donde hay amor allí surge la esperanza. Cuando en este mundo cruel, en medio de males, fracasos, engaños y desencantos, hay amor en la gente, en muchos pobres, tanto si han ganado como si han perdido las elecciones, entonces renace la esperanza. Y con ella, el ánimo, el trabajo, la lucha.

Jürgen Moltmann lo dice de Jesús: “No toda vida es ocasión de esperanza, pero sí lo es la vida de Jesús que, por amor, cargó con la cruz”. Y eso mismo ocurrió contigo, Monseñor. El pueblo vio en ti a alguien que, por amor, “caminó codo a codo con él“, “rechazó cualquier seguridad que él no tuviese”, “recogió sus cadáveres”; en definitiva, “hizo gozos suyos los del pueblo”. No arreglaste el país, pero el pueblo te creyó, y mantuviste siempre la esperanza de que el país tendrá arreglo. Con esa esperanza, mantuviste también el ánimo para poner manos a la obra. Y mientras haya esperanza, siempre surgirán hombres y mujeres de praxis, de solidaridad, de análisis, que investiguen nuevos caminos posibles y den pasos realistas hacia adelante…

San Pablo decía: “Estamos acosados, pero no abandonados; nos derriban pero no nos rematan” (2Cor 4, 7-8), y hoy lo podemos decir gracias a ti, Monseñor. “Muchas veces me lo han preguntado aquí en El Salvador: ¿Qué podemos hacer? ¿No hay salida para la situación de El Salvador? Y yo, lleno de esperanza y de fe, no sólo con una fe divina, sino con una fe humana, creyendo también en los hombres, digo: ¡sí hay salida!” (18 de febrero, 1979).

Por el gran amor que tuviste a tu pueblo la gente sigue yendo a tu tumba. Van a buscar consuelo para su aflicción, ánimo para el trabajo y esperanza para seguir caminando en la historia -humildemente- con Dios.

Gracias Monseñor.

*07/04/04