EL MISTERIO DE DIOS

MANUEL BATALLA GIMENO, dominico. 06/06/04

SAN SALVADOR (EL SALVADOR).

ECLESALIA, 08/06/04.- Más que de la existencia de Dios, prefiero hablar del misterio de Dios, entendiendo por misterio: aquello que, dejándose experimentar en lo profundo del ser, sembrando anhelo y certeza de plenitud, se percibe como inagotable y trascendente.

No es que no crea en Dios, pero si hablo de “existencia” de Dios, no sé muy bien qué es la existencia, sobre todo si se trata de una existencia eterna, puesto que mi experiencia del existir es una experiencia de existencias caducas, con vencimiento, como los productos que consumimos. Aunque también debo reconocer que las “existencias” que he conocido, a pesar de que han caducado, no han sido esterilidad en mi vida: ya no existen como existieron, pero me han aportado algo y son de alguna manera parte de mi ser. Fueron existencias materiales, como las de los alimentos, y existencias espirituales, como las de las personas, que creo nunca fueron solamente físicas.

Sin el misterio de Dios -quizá mejor, sin Dios experimentado como Misterio y al mismo tiempo hecho Presencia- no encuentro el sentido de mi ser, ni del ser de los seres que han existido junto a mí, ni de lo que espero ser junto a los demás seres.

Hay muchas explicaciones -que debemos buscar e intentar ofrecer y compartir- para el día a día de nuestro existir, pero ninguna de esas explicaciones da razón de nuestro ser, que a fin de cuentas desemboca también en el misterio de Dios. Sin Dios nada somos, aun cuando podamos existir como existencias caducas, con vencimiento, como los productos que consumimos. Quizá nos estemos resignando a creer que somos esta existencia no más, porque es poca nuestra fe en el verdadero Dios, que nadie a conocido, puesto que está siempre más allá de nuestras verdades y, por supuesto, de nuestros dogmas. En ese sentido Dios es inaccesible.

Los dogmas, si se pretende que sean la verdad definitiva, son mentiras, porque así devienen en factores de división y discordia, y Dios no puede ser sino Unidad, Comunión, Amor, Vida… también más allá de las experiencias que podamos tener y las definiciones que podamos dar…

No quiero prolongar más esta reflexión, este balbuceo teológico, que deseo hacer llegar a algunas personas con quienes comparto mi fe cristiana o con quienes deseo compartir la fe… Pero, sí quiero decir que esta atracción del Misterio, esta débil experiencia de la Presencia y este anhelo de Unidad, Comunión, Amor, Vida… me hace relativizar incluso no el misterio de la Trinidad o el misterio de la Humanidad de Jesucristo, pero sí nuestras “claras y verdaderas” explicaciones de las relaciones intratrinitarias o de la manera como en Jesús se unen las naturalezas divina y humana… Más allá de todas nuestras claridades, en la oscuridad del misterio está la luz: Dios es Dios.