ECLESALIA, 19/05/04.- ¿Por qué los católicos de hoy se confiesan poco o nada? Es fácil y superficial responder que se ha perdido religiosidad y fervor. Queda muchísima gente auténtica que se siente Iglesia y que tiene verdadera determinación de progresar, pero a la que la rutina y las formas caducas le hacen daño. Se hace necesario profundizar y recuperar el origen.

Los católicos sabemos que este sacramento, como fuente de vida, fue instituido por Cristo. Pero sabemos igualmente que las formas han sido establecidas por la jerarquía conforme a las luces y circunstancias de cada época. Por tanto tales formas pueden cambiarse. La práctica actual se centra en la “confesión de boca” y el “cumplimiento de la penitencia”. Las denominaciones empleadas lo confirman: confesión, confesarse, sacramento de la penitencia. Sin embargo, la esencia de este sacramento está en la vuelta al Padre, en la conversión, en la elección del bien y consiguiente rechazo del mal. Es lo que en la abstracta formulación tradicional se ha llamado “contrición de corazón” y “propósito de la enmienda”, relegados hoy al secreto y silencio personal.

Muchos católicos pensamos que nuestra jerarquía debería replantearse las fórmulas y privilegiar la esencia del sacramento dejando la “confesión vocal” para quien y cuando la necesite y quiera ejercerla. La praxis del sacramento, individual o comunitaria, debería basarse en un buen análisis de la interioridad y en una manifiesta actitud de cambio, que desemboque en la absolución individual o comunitaria. Nadie sentiría invadida su dignidad personal, ni surgirían frenos o aprensiones. Sería sencillamente la celebración de una fiesta, la inmersión en lo mejor de nosotros mismos, el gozo de volver a nuestra fidelidad interior y desde ahí progresar. Ése me parece el genuino sentido de la conversión evangélica de la que nos hemos distanciado.

Cuando el hijo pródigo volvió, el padre “salió corriendo, se le echó al cuello y le cubrió de besos” (Lc. 15, 21). Cuando el harapiento pródigo comenzó a musitar: “he pecado contra el cielo y contra ti, no merezco llamarme hijo tuyo”, el padre le interrumpió devolviéndole la dignidad de hijo (anillo, túnica, sandalias) y convocando una fiesta. No hay preguntas sobre lo que hizo o dejo de hacer, ni mucho menos con quién o cuántas veces. Sólo besos, abrazos y festejo “porque ha vuelto a vivir”. Este sacramento debería llamarse, con toda propiedad, el “sacramento de la alegría”.

En el episodio de la adultera no se pide explicación del pecado ni expresión de arrepentimiento. Jesús le exime del juicio y le salva la vida: “¿Dónde están tus acusadores? ¿Ninguno te ha condenado?… Yo tampoco te condeno. Vete y no peques más” (Jn. 8, 10). La intervención de Cristo frente al pecado nunca exige acusaciones, nunca agrede la sensibilidad personal, sino que libera, perdona, motiva y orienta gratuitamente. ¿No sería posible recoger tales actitudes en la formulación canónica del mal llamado “sacramento de la penitencia”? ¿Por qué es necesaria la vergonzante desnudez de todos los pecados? No se me oculta la finalidad didáctica del relato acusatorio y el pertinente consejo del confesor. Pero estoy convencido de que la eficacia de los sacramentos se basa en la actitud interior del receptor y a eso hay que ayudar. La formación moral hay que darla a quien la solicita o fuera del sacramento.

A Zaqueo tampoco se le pide nada y, mucho menos, la confesión de las culpas. Bastó la curiosidad, un mínimo acercamiento, para que Jesús tomara la iniciativa: “Baja que hoy me hospedaré en tu casa” (Lc. 19, 5). No le pidió que pusiera en orden su vida. Sólo le miró y le sintió digno de ser su anfitrión. Es decir, reconoció su fondo positivo, no le juzgó, no le humilló, confió en él. Ante esa actitud positiva surgió lo mejor del estafador Zaqueo: “La mitad de mis bienes se la doy a los pobres y, si a alguien he defraudado, le devolveré cuatro veces más” (Lc. 19, 8). ¿No sería más eficaz y evangélico un “sacramento de la alegría” en el que nos ayudaran a reencontrarnos con lo mejor de nosotros mismos y rectificar, en vez de coleccionar pecados?

En la primera y última confesión del «buen ladrón» no hay propósito de la enmienda porque ya no hay tiempo, ni expresión de arrepentimiento, ni petición de perdón. Tan sólo la intuición de que aquel condenado era distinto y un ruego egoísta: “Acuérdate de mí cuando estés en tu reino” (Lc. 23, 42). Y la respuesta inefable de la Misericordia: “Conmigo en el paraíso estarás hoy”, sin rendición de cuentas, sin requisitos formales, sin exigencia alguna, pura y simple misericordia para quien la intuye y la solicita.

Por fin la gran apostasía de Pedro. Una vez más Jesús se sitúa en lo positivo del hombre y, sin juicios, sumerge a Pedro en el agua limpia del fondo: “¿Me quieres más que éstos?” (Jn. 21, 15). La respuesta no es la vocalización de su pecado, ni siquiera de su llorado arrepentimiento. Lo que importa es la expresión, la ratificación, la evidencia de lo positivo que late en el corazón: “Sí Señor, Tú sabes que te quiero”. ¿Se parecen nuestras rutinarias retahílas a esta confesión?

Dicen los letrados que este sacramento se instituyó con las palabras: “A quienes perdonéis los pecados les quedan perdonados; a quienes se los retengáis les quedan retenidos” (Jn. 20, 23). No puedo entenderlo como la concesión de un poder y, mucho menos, de una potestad para retener pecados. Sería contrario al Dios, Misericordia y Perdón, revelado por Cristo. En ese pasaje evangélico me parece oír una llamada urgente a ayudar: ¡A quienes liberéis quedarán liberados, a quienes no consigáis liberar quedarán retenidos. Os envío a perdonar, a curar, a ayudar. Si vosotros no llegáis seguirán atados. Apresuraos y extended las manos! Por eso reivindico el nombre de sacramento de la ayuda, de la liberación, de la alegría.

Mientras llegan las necesarias reformas, he aquí un análisis previo para el diálogo con el confesor antes de la gratificante absolución: – ¿Qué va bien en mi vida? – ¿Qué va menos bien? – ¿Cuáles son mis aspiraciones? Y después: ¡Alégrate! ¡Libérate! ¡Resucita!