NOS QUIEREN TAPIAR LAS VENTANAS
ACCRA (Ghana).
ECLESALIA, 06/09/04.- Era un salón hermoso. En él se reunían familiares, amigos. Y siempre había sitio para todos. Tenía mucho de calor de hogar y de acogida. El retrato de los abuelos colgaba del muro como un recuerdo de las tradiciones de unión y fraternidad que nos habían legado. No faltaban flores frescas y hasta una música suave que creaba un ambiente de fiesta. Porque, eso así, el sentido de fiesta y de celebración permanecía muy vivo y se cultivaba con esmero. Una de las mejores cosas del salón eran sus ventanales, amplios, limpios, que dejaban entrar los rayos del sol y renovaban el aire. Además permitían ver la realidad que nos rodeaba, los gozos y tristezas de la sociedad en que estábamos inmersos. ¡Cuántas palabras profundas, cuántas conversaciones, cuántos silencios, cuántos gestos de cariño, cuánta alegría podrían testimoniar los muros del salón!
Un día alguien dijo que por esos ventanales entraba polvo; otro sugirió que no era buena tanta luz; un tercero hizo notar que se estaban colando mosquitos y otras alimañas… Nunca nos consultaron sobre posibles soluciones. Tan sólo constatamos que, cuando fuimos a reunirnos la siguiente vez, los dos ventanales habían sido cuidadosamente tapiados por expertos albañiles que pretendían defender “el orden y la pureza legal”. Cierto, ya no entraba polvo, ni molestaba la luz, ni había bichos. Lo que ahora molestaba era la oscuridad, el aire enrarecido, la libertad cortada por lo sano. Ya no se veían los retratos de los abuelos. Ya era inútil traer flores frescas. La gente perdió las ganas de celebrar nada en un ambiente tan tenebroso… Y aquel salón se fue vaciando; fue perdiendo su razón de ser.
¿Parábola? Como queráis. Ha sido lo primero que me ha venido a la mente al leer el documento “Redemptionis Sacramentum” publicado por la Congregación Romana del Culto Divino y Sacramentos en marzo de 2004. Ha sido una lectura rápida hecha durante un viaje por los caminos pedregosos y llenos de baches de Ghana, país donde trabajo actualmente. Y luego una lectura más reposada, hecha desde la experiencia acumulada de casi 30 años como misionero en distintos países de África central, oriental y occidental. ¡Nos quieren tapiar las ventanas!
- El pan tendrá que seguir siendo de trigo puro y sin levadura, fabricado recientemente (n. 48)… aunque el país no produzca trigo.
- El vino seguirá siendo de uva, natural, puro e incorrupto, sin ningún aditivo (50) aunque nuestros hermanos y amigos de Liberia me confirmen que no se puede encontrar ningún tipo de vino en el país.
- Ya no podremos compartir la plegaria eucarística con nuestros sacerdotes que presiden la Eucaristía por que eso lo debe hacer el sacerdote solo, del principio al final (53)
- Ya no podemos cambiar los “inmutables textos litúrgicos” ni siquiera adaptarlos al lenguaje y comprensión de nuestras gentes sencillas, porque eso hace la liturgia inestable y distorsiona su sentido auténtico (59)
- Ya no podremos vivir esos momentos intensos en que la comunidad, después de la liturgia de la Palabra, celebraba el don del perdón y de la reconciliación mutua, y luego, proseguía con la liturgia eucarística. Ahora no es lícito celebrar las dos partes de la misa en diferentes momentos del día (60). Y no está permitido unir la celebración del sacramento de la penitencia con la Misa (76).
- Nadie que no sea sacerdote puede proclamar el Evangelio en misa, ni religioso, ni seglar (62). Habrá que escuchar al sacerdote aunque esté ronco, o haya perdido voz, o no se maneje bien en la intrincada pronunciación de las lenguas locales africanas. Adiós, catequista, ya tienes un trabajo menos.
- La homilía sólo la puede dar el sacerdote u ocasionalmente el diácono; nunca un seglar (64). Ni siquiera un seminarista o un religioso… (66), Tampoco, claro, ese puñado de seglares a quienes el cardenal Malula, antiguo arzobispo de Kinshasa, confió la animación de varias parroquias. Se ve que para decir cuatro generalidades lo que menos importa es vivir con la comunidad, compartir su vida, sentir con su realidad… Basta con ser sacerdote.
- Sé lo mal que se van a sentir mis hermanos africanos cuando se enteren que tienen que darse la paz en Misa de una manera sobria y tan solo a los que están más cerca (72). Y que el sacerdote ya no va a moverse del altar para darles la mano, para no molestar la celebración (72) Sé cierto que nunca lo van a entender. Ni lo van a hacer.
- Más de una comunidad religiosa no podrá tener la misa en casa, pues la Misa no se puede celebrar en una mesa de comedor (77). Y ¿qué van a hacer esas comunidades que conozco, con pobres medios y poco espacio, que no tienen materialmente sitio para colocar un “altar”?
- Ya no podremos tomar la hostia consagrada con nuestras manos, ni el cáliz, ni pasárselo a otro… Es algo ilícito (94). Y, por supuesto, nadie puede tomar la hostia y mojarla en el cáliz (104). Se ve que nuestras manos son más pecadoras que las de la prostituta que acariciaba los pies de Jesús.
- Y si recibimos la comunión bajo las dos especies, nos debe preceder y acompañar una buena catequesis inspirada en los principios dogmáticos del Concilio de Trento. (100)
- Se recomienda a los sacerdotes que celebren diariamente la Eucaristía, aunque no haya fieles presentes,… pues, al hacerlo, cumplen con su papel principal (110). No me extrañaría que esto pudiera ocurrir si nos siguen tapiando ventanas.
- Siento las oscuridad de mi salón cuando leo: Excepto en los casos en que las autoridades eclesiásticas programen misas en la lengua del pueblo, a los sacerdotes se les permite celebrar en latín siempre y en todo lugar” (112) Vamos, que nuestras misas en lingala, en swahili, en twi, en ewe,… las que la gente entiende, donde el pueblo participa, van a terminar siendo una “excepción”
- El caso es que tampoco los sacerdotes tienen muy claro donde tienen que estar. Un sacerdote no puede concelebrar si no entiende la lengua en la que se celebra la misa (113) Y tampoco es conveniente que participe en la misa como si fuera un simple fiel (128). A discernir el lugar.
- No sé qué va a pasar con nuestro cáliz de cerámica o nuestro hermoso copón de madera. Deben ser indignos de albergar el Cuerpo y la Sangre de Jesús, pues queda reprobado el uso del cristal, la cerámica, la arcilla o cualquier otro material que se pueda romper. (117)
- La carencia de sacerdotes hace que muchas comunidades que conozco tengamos una celebración de la Palabra durante la cual comulgamos. Pero parece que esto levanta sospechas. Los Obispos deben discernir con prudencia si se debe distribuir la comunión en estas celebraciones (165). Además, el Obispo no debe dar fácilmente permiso para llevar a cabo estas celebraciones entre semana, sobre todo si se ha tenido misa el domingo anterior o se va a tener el siguiente (166)
No entiendo nada… Bueno, sí entiendo quiénes están detrás de ese documento, y quiénes no están. Les recomendaría que, si hay salones donde han entrado los mosquitos, vayan allí y los maten. Si hay lugares que han sido invadidos por el polvo, que vayan allí y lo limpien. Y si molesta mucho el sol, que pongan visillos. Y, si no tienen otra cosa que hacer, que vengan a África a echarnos una mano. Pero, por favor, ¡que no nos quieran tapar todas las ventanas!
Vengo de la eucaristía dominical. Éramos unas 50 personas, de distintas razas y de muchas nacionalidades. El evangelio ha cobrado toda su fuerza por boca del minusválido que lo ha proclamado. La homilía, cuidadosamente preparada por un médico que trabaja con enfermos de SIDA, nos ha actualizado nuestro deber cristiano hacia quienes a veces consideramos como los “leprosos” de nuestro tiempo. Toda la asamblea ha contribuido con sus aclamaciones a realzar la plegaria eucarística. Todos nos hemos dado la paz, empezando por el sacerdote. Y todos hemos comulgado de un gran pan, partido y despedazado en un gran plato de barro cocido, y lo hemos ido humedeciendo en el cáliz…
En fin, quiero pensar que este documento ha sido un sueño, una pesadilla. Espero y deseo que se una a esos viejos documentos que se apilan, polvorientos, en las pocas estanterías adonde llegan. Yo quiero volver al salón y ver que siguen ahí los hermosos ventanales, y los amigos, y las flores, y los retratos de los abuelos, y el gozo de la fiesta de la fraternidad. Y seguro que encuentro en el alféizar una paloma…
