¿QUE ES LA NAVIDAD?

MANUEL BATALLA GIMENO, dominico

ECLESALIA, 04/01/05.- Hace unos días abrimos de nuevo las cajas donde guardamos las “figuras”, casi todas mutiladas, y construimos el “nacimiento” en un rinconcito del templo. Después, pusimos un pequeño nacimiento en la sala del convento y adornamos la casa con algunas guirnaldas navideñas, que estaban guardadas también en las cajas… Y supongo que muchos empezamos a enviar y recibir cartas y tarjetas, sobre todo tarjetas, con imágenes tiernas, bellas algunas, serenas, gozosas… y frases que hablan de paz y de armonía, de amor y de “buena ventura”, como si una “celestial gitana” nos hubiese leído a todas y a todos la palma de la mano, haciéndonos creer que vamos bien encaminados, que llegaremos a buen puerto, que sigamos confiados y optimistas…

Y es que, como repetimos cada año por estas fechas en la liturgia, un niño nos ha nacido, se nos ha dado un hijo… y nos trae la salvación, porque es Dios-con nosotros… Y, entonces, suenan las panderetas y las guitarras y las marimbas, cantando: Gloria a Dios en las alturas y en la tierra paz a la humanidad en la que él se complace… Y celebramos la Eucaristía, don y misterio de comunión, pero todavía tremendamente excluyente, y besamos, puede que hasta con emoción y alguna lágrima, la imagen de Jesús, el Niño-Dios…

Suelo escribir con muchos puntos suspensivos, porque no digo todo lo que pienso y siento, no porque no quiera, sino porque me es imposible expresarlo… Pero, mejor así, porque hay cosas que no son ciencia, sino intuición, y tampoco es bueno imponer, sino sencillamente sugerir…

Durante este año que termina, entre otras cosas, he tratado de ir muy a la par de un joven con serias dudas de fe. No lo tengo ahora tan cerca como para dialogar despacio y ver qué piensa, qué siente, qué cree en estos días de Navidad. Pero, también a mí mismo me está costando creer. No que no crea, sino que me está costando -es decir, doliendo- el creer.

Ya sé que la fe tiene una dimensión trascendente, que vislumbramos con absoluta certeza como Plenitud, cuando experimentamos tu Presencia, desde el hondón de nuestro ser, en todo cuanto existe y en todo momento, sin agotarte en nada de cuanto nos es más o menos próximo. Y es ahí, en esa percepción de las dos dimensiones de la fe, donde se produce la herida.

Sí, Dios mío, esta fe duele. Pienso que si no creyésemos de verdad en Ti, que te has hecho carne de nuestra carne, podríamos alegrarnos sin ningún tipo de limitación, creyendo contemplar la gloria de tu pura divinidad, descubriendo en tu Palabra el solo aliento de nuestra firmísima esperanza. Pero, creyendo en tu verdadera encarnación, duele creer en Ti, escucharte, contemplarte y acogerte, dudando seriamente de si estás ahí, donde nosotros queremos verte -y reducirte-, o estás allá, precisamente en todo lo que queda fuera de nuestra paz, nuestra armonía, nuestro amor y nuestra “buena ventura”.

No obstante, Dios mío, yo tampoco sé celebrar otra Navidad, o no me atrevo a celebrarla de otra manera. Así que seguiré enviando y recibiendo tarjetas, compartiendo las comidas y cantando villancicos, celebrando la Eucaristía… y experimentando este dolor de la fe que comparto con algunas otras personas, no sé si muchas o pocas, con la esperanza de encontrar más luz en nuestro caminar… Y conste que el dolor no lo provocan solamente el África inmensa o el Irak masacrado, las epidemias de hambre y de enfermedades, de desempleo y de corrupciones, de cinismo y mentiras… en los gobiernos, en los organismos internacionales, en las iglesias, en los medios de comunicación social… Los motivos para la fe -y para el dolor- están muy próximos a nuestro ser: en nuestras ciudades, en nuestras empresas, en nuestros barrios, en nuestras casas, en nuestras comunidades… aunque quizá preferimos mirar a lo lejos –a “los terroristas”, por ejemplo- para no ver sino turbiamente y poder así confundir y definir las realidades a nuestro antojo.

En verdad, pienso que creo en Ti, pero no sé muy bien, aunque la celebre, qué es la Navidad.