COMUNICADO A LA DIRECCIÓN DEL SÍNODO DE MADRID
MADRID.
ECLESALIA, 11/01/05.- Los participantes en los grupos del Sínodo hemos recibido en octubre la Carta Pastoral del Excmo. Sr. Cardenal Arzobispo de Madrid, “Levantad los ojos. Alumbra la esperanza” para prepararnos “ante la celebración de la Asamblea Sinodal”. Tras su lectura y reflexión del documento, y una vez finalizado el trabajo de nuestro grupo sinodal en la fase preparatoria, quisiéramos dejar de manifiesto las siguientes las cuestiones:
Desde un inicio, todos los participantes de nuestro equipo éramos conscientes del carácter no vinculante del proceso consultivo que se nos proponía, pese a ello, lo afrontamos con la esperanza de aprovechar esta oportunidad para promover un debate que contribuyera a generar una dinámica de cambio y renovación en la Iglesia de Madrid.
En general, la evaluación que realizamos del proceso vivido es muy positiva, ya que nos ha permitido conocernos, reflexionar, opinar, reconocer las diferencias dentro de la Iglesia, orar, escuchar y proponer… Todo ello nos ha enriquecido, y nos permitió crear un vínculo de fraternidad en una parroquia nueva como es la nuestra, un valor que apreciamos en sumo grado.
Durante este tiempo, nos hemos reunido con la mejor voluntad y hemos pedido la luz del Espíritu. En las propuestas vertidas de cada uno de los contenidos planteados, hemos ido exponiendo lo que creíamos mejor para nuestra Iglesia de Madrid.
En síntesis, no se pone en duda nuestro gozo de pertenecer a la Iglesia católica, fundada por Jesús de Nazaret, y en la que todo se basa en el amor. La práctica de este amor nos hace felices, y esta interacción la desearíamos universalizable. Esta es la razón de nuestro vivir y el fundamento de nuestra evangelización.
En los temas reflexionados hemos ido constatando los claroscuros de la Iglesia como institución en sus 20 siglos de existencia. A lo largo de su historia la Iglesia tiene en su haber a todas luces un bagaje positivo, herencia que tantas personas buenas, la mayoría de ellas anónimas, nos han dejado. Pero también errores, que ensombrecen este hermoso recorrido. Todo esto nos obliga a estar en constante revisión y vigilancia para mejorar nuestras prácticas.
El Concilio Vaticano II nos ilusionó y nos llenó de esperanza por su impronta de “aggiornamento”, y porque la Iglesia se definió como “pueblo de Dios”, donde los sufrimientos y preocupaciones de la gente le eran inherentes. Pero el tiempo y los acontecimientos nos han ido desencantando. Percibimos que hemos ido retrocediendo y que continúan los dos modelos de Iglesia: la jerárquica y la de los fieles. Los pastores y el rebaño.
En este sentido, y en consonancia con nuestros planteamientos, queremos expresar algo que es objeto prioritario de nuestra preocupación; el posicionamiento de la Iglesia frente a las propuestas del gobierno reciente. Parece como si el único discurso de los creyentes en nuestra sociedad, el aparentemente mayoritario, fuera el de la jerarquía, identificando sus opiniones con las de toda la Iglesia.
Este talante de déficit democrático que ponemos de manifiesto, consustancial con la estructura, perturba nuestras conciencias en estos tiempos. Somos católicos y somos ciudadanos: nos debemos a Dios y al César: votamos a nuestros representantes en la vida civil. Acogemos caritativamente a nuestros obispos impuestos en la Iglesia. Opinamos, criticamos, votamos, apoyamos o censuramos en nuestro diario quehacer civil (desde nuestro sentido ético del civismo). Nos callamos, asentimos y obedecemos en nuestro ámbito eclesiástico, etc. Las contradicciones se patentizan a partir del punto de partida: Sociedad Democrática o Institución Jerárquica.
Esto se constata, una vez más, en las campañas para “movilizar las conciencias de los fieles católicos” que están promoviendo nuestros prelados y determinados “grupos de presión” dentro de la Iglesia, en clara oposición con el actual gobierno salido recientemente de las urnas, animándonos incluso, a posicionarnos en contra del reconocimiento de derechos civiles de determinados sectores de ciudadanos de nuestra sociedad actual. El resultado es que los laicos católicos que nos tomamos en serio nuestros derechos y obligaciones de uno y otro tipo, desde esa ética del civismo a la que antes apelábamos, nos lleva a una situación de gran contradicción. Como personas en nuestra integridad que somos, tenemos una única identidad, y esta dualidad nos lleva a conflictos internos de difícil solución.
Rechazando todas las tentaciones que de esta situación pueden surgir, buscamos introspectivamente luz y fuerza en la fe y la oración; y la encontramos, al constatar que el amor, el respeto, la cooperación, el diálogo… son el camino para superar diferencias y construir la paz, al ejemplo de Jesús que vino a solucionar los problemas de las personas, no a crearlos.
Los que hemos participado en este proceso de reflexión sinodal y que hemos contribuido en la elaboración de propuestas en equipo, lo hacíamos con la ilusión y esperanza en contribuir en la mejora y clarificación de la dualidad antes mencionad de nuestra Santa Madre Iglesia, tratando de aportar elementos que sirvieran para establecer posicionamientos actuales, acordes con la realidad social y cultural de la sociedad en que vivimos, para que su doctrina fuera mejor aceptada y sirviera de fermento, como la levadura en la masa.
Si hay críticas, es para reconocer nuestro pecado y rectificar. Si hay iniciativas, es con la intención de mejorar lo que tenemos. Es decir, es tiempo no sólo de protestas, sino de propuestas. Un Sínodo no se convoca con frecuencia. Aprovechemos, pues, la ocasión para mejorar y renovarnos con la experiencia y buena voluntad de todos y todas, por supuesto, asistidos por el Espíritu Santo.
Ese era nuestro pensamiento, pero al leer la pastoral del Sr. Cardenal constatamos nuestro error: “La principal y específica actividad de los miembros de la Asamblea Sinodal será escuchar y acoger la Palabra que el señor dirige hoy a su Iglesia”. Eso lo hacemos a diario en la oración. Pero un Sínodo, creíamos que era para proponer, no nuestras “certezas y creencias”, sino los problemas que nos preocupan a muchos con las soluciones que el Espíritu nos inspire.
Más adelante dice la pastoral que “Cristo es quien preside la Asamblea Sinodal en la persona del obispo” y que “él es quien recibe la misión insoslayable de garantizar y desarrollar el dinamismo propio de la comunión eclesial”; que él es el “único legislador en el Sínodo Diocesano” y “los demás miembros del sínodo sólo tienen voto consultivo”, que las conclusiones no son tales “porque falta aún la intervención personal última del obispo, que debe examinarlas, discernirlas y, posteriormente, ofrecerlas a toda la comunidad diocesana”.
Podríamos seguir tomando citas de dicho documento, pero todo parece quedar muy claro en esta última: “se trata de intentar vivir mejor la fe y la comunión eclesial y de aplicar la disciplina general de la Iglesia …”.
Nosotros considerábamos que de lo que se trataba era de juntarnos los cristianos en un momento especial (ahora crítico) para, puestos en manos de Dios, reconocer que somos pecadores, y buscando la esencia del mensaje de Jesús, para, después de practicar nosotros ese amor desinteresado al prójimo, ofrecer a la sociedad en que vivimos el mensaje de Jesús.
Constatadas las dificultades existentes para hacer compatible el modelo de contribución de los fieles que el Sínodo nos propone en la última carta pastoral recibida, y la forma de cómo nosotros entendemos que debería ser un modelo de verdadera participación, renunciamos a asistir a las sesiones sinodales, con hondo pesar de que en la institución de nuestra Iglesia, a pesar de bonitas declaraciones, a los laicos se nos siga considerando menores de edad.
