MONSEÑOR ROMERO Y LA PISCINA DE SILOÉ
TRES CANTOS (MADRID).
ECLESALIA, 24/03/05.- Hay una similitud sorprendente entre la curación del ciego de nacimiento y el golpe de conversión vivido por monseñor Romero. A ambos se les abrieron los ojos al percibir al Señor. Uno junto a la Piscina de Siloé; el otro junto a un crucificado. A partir de esa experiencia radical, ambos fueron vistos como sospechosos; y fueron investigados. En el artículo de Juan José Tamayo Monseñor Romero, símbolo de un cristianismo liberador publicado el sábado, víspera del Domingo de Ramos, en El País, se habla de “los visitadores apostólicos que, con actitud detectivesca, buscaban testimonios contrarios a monseñor Romero para justificar su destitución”.
“Rutilo me ha abierto los ojos”: confesó monseñor Romero ante el cuerpo inerte del sacerdote, un jesuita comprometido. “Yo sólo sé que ahora veo”: respondió una y otra vez el ciego de nacimiento ante los interrogatorios de acoso que le hacían los emisarios religiosos, no exentos de mala fe. La irritación de éstos fue in crescendo porque sustécnicas persuasivas, a base de lenguaje religioso, eran incapaces de confundirlo, de que se retractase de su curación por Jesús. Le dejaron por imposible, pero le expulsaron de la sinagoga, maldiciéndole. Monseñor Romero sufrió un proceso similar de cuestionamiento y abandono, más sibilino. Hizo suya la causa de su pueblo, la Iglesia de la base: de sus ovejas. Fue etiquetado de siervo infiel, e ingrato, por las familias pudientes y quienes lo nombraron: nos equivocamos al nombrarlo. Incomprendido por muchos de su escalafón, montados en la seguridad de la sinagoga, como denuncia Casaldáliga, el imperio aprovechó su aislamiento por la curia y lo pusoen la cruz. “Con monseñor Romero, Dios pasó por el Salvador”, dijo Ellacuría, otro jesuita comprometido, que bebió el cáliz del martirio. Por algo se ha escrito que “los que mejor entienden a los mártires son los mártires”. Ahora hay prisas y declaraciones para identificar la cruz con la Sede de Pedro.
Es una hermosa casualidad, misteriosa, que el 25º aniversario de su martirio coincida con el Jueves Santo. Él, un sacerdote conservador y sumiso, cumplía con el perfil de idoneidad para ser nombrado obispo. Pero, contra toda lógica, se convirtió: se bajó del brioso caballo y optó por humilde pollino, siguiendo a Jesús. Como Pablo de Tarso, descubrió que No soy yo, es Cristo quien vive en mí. Y que todo lo que estimaba ganancia ahora lo considero pérdida a causa del evangelio de Jesús. Su conversión produjo dividendos de esperanza para el pueblo; pero también desazón y zozobra para los rectores de la Iglesia. Y, sobre todo, un plus de ira incontenible entre los poderosos. Al final lo mataron, junto al altar.
A veces, las casualidades, como las desgracias, no vienen solas. Quizá por eso, para recuperar la memoria de estos mártires tan molestos, y cuestionados por los que viven en los palacios, quiso la casualidad que en el 25º aniversario del pontificado de Juan Pablo II (también jueves: el 16 de octubre 2003) el evangelio propio del día fuera el pasaje de Lucas: “se pedirá cuenta por la sangre de los profetas…”. Se leía en todas las Iglesias del orbe; menos, casualmente, en el Vaticano. Se ha dicho que la casualidad es el sinónimo de Dios cuando no firma. Y que a veces lleva firma, como aquí: Palabra de Dios.
Monseñor Romero asumió el lavatorio de los pies que hizo Jesús un Jueves Santo. No como el gran rito vacío, para la galería; sino como signo de compromiso con su comunidad: indefensa, masacrada y amordazada, en “una situación crónica de pobreza estructural”. Su conversión le rebajó los humos de obispo, acrecentándose más como apóstol y profeta. Justo lo contrario de lo que suele pasar. Qué hermosa casualidad que las lecturas escuchadas la noche del sábado al Domingo de Ramos hablaran de que el señor me ha abierto el oído para escuchar la Palabra y me ha dado la lengua experta para confortar al abatido con palabras de aliento (Is 50 4-7). Y que ese día saliera el artículo de Tamayo recuperando la memoria de monseñor Romero. Era todo un detalle para preparar la semana de su 25º aniversario. Puede que, en el primer mundo, no queden ojos ni oídos abiertos para palparlo. Tal vez lo perciban sólo pequeños restos. La gran mayoría, posiblemente, orientará el oído y la mirada, embelesados, hacia el embrujo pagano de las saetas e imágenes de las procesiones.
El día 16 de marzo publicaba la prensa que el Santo Oficio había descongelado su proceso de beatificación, tras diez años de sesudos estudios, escudriñando con lupa sus escritos y homilías: “La comisión ha concluido que Romero no era un obispo revolucionario, sino un hombre de Iglesia, del Evangelio y de los pobres”. Pero resulta paradójico que el título de santo, para certificarse, dependa más de la opinión de un sanedrín compuesto por miembros que a la vez son juez y parte, que del juicio de la Palabra manifestado en la comunidad. Por eso América Latina tomó la delantera, sabedora de que su San Romero no es el tipo de santo que gusta exhibirse con pasión desde las altas instancias.
Monseñor Romero se sintió cuestionado por ponerse sin ambigüedad del lado del justo y oprimido. Es parte de la cruz del apóstol. También Jesús habría sido despedido de una audiencia en la sede de Pedro con la misma recomendación que Juan Pablo II le hizo a monseñor Romero: “Trate de estar de acuerdo con el Gobierno”. Y habría salido llorando del vaticano, como Romero: Jesús también lloró sobre Jerusalén. Consuela saber, y sobre todo leer, que también San Pablo sufrió a los visitadores a los que alude Tamayo en su artículo sobre Monseñor Romero (El País 19/03/05). Pablo sufrió a los “intrusos” -los judaizantes infiltrados- en las comunidades vivas que con tanto esfuerzo él había levantado. Las mismas que se propuso recuperar el Concilio Vaticano II. Pablo los acusó de “predicar otro evangelio distinto al de Cristo”; los falsos apóstoles que se disfrazan de apóstoles de Cristo pero que añoraban la vuelta a la religiosidad del rito y del legalismo: al orden establecido de la sinagoga, donde todo está atado y bien montado; sin resquicio para las improvisaciones peligrosas.
Nadie mejor que Casaldáliga podía cerrar el artículo de Tamayo sobre San Romero de América. Su diagnóstico todo lo aclara: “Como Jesús, por orden del Imperio…¡Pobre pastor glorioso, abandonado por tus propios hermanos de báculo y mesa…! (…) Las curias no podían entenderte: ninguna sinagoga bien montada puede entender a Cristo”. Aquí está, retratado con lenguaje actual, el pasaje impresionante de la piscina de Siloé que se leía el 4º domingo de cuaresma. Suele pasar: el que se mete en la piscina, se arriesga a ser expulsado de la Sinagoga. La piscina es la imagen de la comunidad viva, y el agua es la Palabra (si se escucha).
El Vaticano, los Obispos, los pastores…, y ciertos “movimientos religiosos” se afanan en promover Sínodos, Congresos eucarísticos, novenarios, triduos, adoraciones nocturnas, vigilias, peregrinaciones… Después de dos mil años aún se busca la fórmula mágica, el método. “En la Iglesia no hay fe. La fe la tenemos nosotros. Para recobrar la fe tienen ustedes que hacerse neocatecumenales y proponer el Camino como método para toda la archidiócesis”: leo que esta “perorata” (con abucheos incluidos) era lanzada hace unos días en el Sínodo de Madrid. Y que monseñor Rouco, queriendo poner orden, tras el percance, intervino para advertir que “el Sínodo no es para hablar de falta de fe de la Iglesia, sino para buscar remedios”. Pero se intenta rizar el rizo indagando con dar con la fórmula mágica: con el método. Todo es mucho más sencillo: basta con escuchar la Palabra, mejor en comunidad; y alejarse lejos, como San Romero, pastor y mártir, de la sinagoga bien montada.
