FUE UN HOMBRE, NO LO OLVIDEMOS

JOSÉ IGNACIO CALLEJA, Profesor de Moral Social Cristiana

VITORIA.

ECLESALIA, 23/03/05.- A ver si todavía queda alguien al otro lado de estas líneas. Es la Semana Santa, tiempo de estampida donde los haya. Como un jarrón hecho añicos, miles de familias escapan en busca de una vida momentáneamente distinta. Es un signo de los tiempos, así, con minúsculas; el signo de nuestra normalidad y de nuestra posición social. Es una necesidad, suele decirse; así de sencillo, sin más complicaciones. Es posible. Es probable.

Un poco al fondo, no en el secreto de la vida, pero sí al fondo, más y más al fondo, bastante gente va a celebrar estos días de descanso como memoria religiosa. El mismo sol radiante para todos, la misma paz interior que los días de ocio nos regalan, y el añadido de una celebración de la fe. No tiene por qué ser algo pesado o largo o triste o ingrato. Por el contrario, puede ser, y debe ser, sencillo, liviano, estimulante y esperanzador. Pero, ¿es posible esto? ¿No será necesaria una fe como para mover montañas?

La fe es algo mucho más sencillo de lo que parece. La gente comienza a pensar la fe por el tejado, es decir, por la Iglesias, las Autoridades, los Catecismos y las polémicas morales. Pero la fe, la experiencia personal de fe, hay que iniciarla por lo más humano que hay en nosotros. Mirando dentro, muy al fondo de nosotros mismos y viendo si resuena alguna búsqueda, alguna inquietud, anhelo o pregunta. Y mirando alrededor de nosotros mismos, y ver cómo vivimos nuestra vida, y si la sorbemos con otros, y si dejamos vivir, y si da gusto vivir a nuestro lado. Y, así, poco a poco, desde lo sencillo vamos construyendo una vida propia, que disfruta de lo mejor de cada día, sin pagar el peaje de arruinar la vida ajena, vida ajena que a veces está tan cerca que es la de los seres queridos. Pero no quiero entrar por el camino moralista. Vivir, vivir en paz y confiado, vivir con sentido de lo justo para todos, es el secreto de la vida y, también, de la existencia religiosa. ¿Cómo, si no, decir Gure Aita, Padre Nuestro?

Estos días, algunos vamos vivir el gusto por la vida y sus momentos de descanso, sin dejar de lado esa memoria religiosa, la de Jesús llevando su fidelidad al amor de Dios hasta el final. No necesitamos, aquí al menos, mucha teología. Es suficiente imaginar la interioridad de Jesús y conmovernos por que alguien llevara tan decidido su experiencia de fe hasta el martirio. Sin violencia, que no en silencio o con medias tintas; con claridad meridiana de palabra y obra en cuanto a los derechos de los más débiles y olvidados. Su conciencia de Dios, la conciencia normal de un hombre de bien, no lo olvidemos, le llevó hasta la situación extrema que todos conocemos, lo diré, “la muerte de cruz”. Sencillamente, un hombre, Jesús de Nazaret, ha dejado resonar la experiencia de Dios en su interior, y ya no ha podido frenar sus consecuencias espirituales y sociales. Ha vivido, amado, sufrido y gozado, como todos, pero no ha podido hacerlo contra los demás, ni siquiera sin los demás. Son las cosas de la fe cuando se inician desde abajo. Pero, y van tres veces, sin dejar de gustar del sol, del ocio vacacional y de otros placeres de la vida. Sólo que la fe quiere que sean placeres de la vida consciente y placeres de todos. La fe es algo más sencillo de lo que parece si comenzamos a buscarla desde muy abajo y muy adentro, porque la fe es sentir que uno tiene “razones” muy radicales para vivir, convivir, confiar y amar. Razones que resuenan en nosotros como el eco de Algo o Alguien que nos da Confianza. Hay que poner el oído, claro está. Y después, cada uno llega hasta donde puede, y si puede, porque la libertad es la primera condición del ser humano.