EL ESPÍRITU SANTO ABRE CAMINOS DE ESPERANZA…
JUAN DE DIOS REGORDÁN DOMÍNGUEZ
ALGECIRAS (CÁDIZ).
ECLESALIA, 06/04/05.- Después de la muerte de Juan Pablo II parece que al sucesor se le ha puesto muy alto “el listón de liderazgo personal”.Ha sido impresionante. El pueblo ha vibrado y la juventud ha dado un aldabonazo pidiendo que se sintonice y se cuente con ellos. Muchos jóvenes han llorado, cantado y aplaudido. Pero la juventud actual necesita algo más que cantar y aplaudir en grandes encuentros. En general exigen protagonismo y que se les “deje hacer a su estilo” en el quehacer diario, tanto en la sociedad como dentro de la Comunidad Cristiana. Los tiempos han cambiado mucho y muy rápidamente. Pero conviene resaltar que, a pesar de los grandes avances que se están dando en ciencias de la información, informática, medicina etc . sobresalen de una manera destacada los cambios experimentados en la libertad y en la vida privada de las personas. Cada vez influyen menos las normas, tradiciones e instituciones y se atiende cada vez al dictamen de la propia conciencia. Se está pasando de la concepción de la “ética del deber, del bien y del mal” a la “ética de satisfacer la necesidad de felicidad del ser humano”.
Hoy muchos cristianos han descubierto y viven un compromiso por la libertad, la igualdad, la fraternidad, el servicio y la primacía por los pobres y excluidos. Como consecuencia, la madurez del laicado cristiano pide y exige que se pase del “liderazgo personal” a la vivencia efectiva y participativa de la comunidad cristiana. La Iglesia necesita una profunda revisión de sí misma si quiere dar respuesta evangélica a los retos del siglo XXI. Por ello, una vez terminado todo el proceso de despedida del carismático Juan Pablo II, cabe la elección de un nuevo Pastor Universal, capaz de dar un giro a la Iglesia, de reavivar la doctrina del Concilio Vaticano II en aquellos aspectos que aún no se han desarrollado. El desarrollo de la Colegialidad episcopal, la corresponsabilidad de los cristianos en la marcha de la Iglesia, tanto hombres como mujeres, están exigiendo salir de la mayoría silenciada y silenciosa.
Mirar hacia fuera, hablar de Ecumenismo, de diálogo interreligioso es importante y necesario, pero más urgente es facilitar el diálogo abierto y sin miedos dentro de la Comunidad Eclesial, planteando y profundizando sobre temas sangrantes como el papel discriminatorio de la mujer en la Iglesia, el celibato sacerdotal que tiene excluidos a miles de sacerdotes a los que se les relega a violentar sus conciencias o se les priva a ellos y a las comunidades de unos servicios necesarios para las comunidades cristianas. Es necesario y urgente que la Iglesia en este tercer milenio aborde todos aquellos problemas, y sus causas, que están frenando la aceptación y expansión del cristianismo. Pocas cosas son absolutamente estables. Pero, tal vez por una visión timorata y miope, se está luchando por mantener una estructura cuarteada, llamada a desaparecer, sin querer aceptar que lo no evangélico caerá y desaparecerá de la Iglesia del Resucitado.
El mundo actual exige de la Iglesia, de cada uno de nosotros, un espíritu nuevo del vivir cristiano, siendo fiel a la conciencia y al mensaje de Jesús. Cada uno debe caminar sin vacilación por el camino de la fe viva, que engendra la esperanza y obra por la caridad. En la Iglesia la autoridad es servicio y no se debe ahorrar esfuerzo a la hora de encontrar iniciativas pastorales válidas para dar a conocer a Cristo con lenguaje entendible. Y el lenguaje que comprende la gente es el testimonio auténtico y la preocupación por las personas… “pasar haciendo el bien como hizo Jesús”.
Las tristezas y las angustias, los gozos y las esperanzas de los hombres de nuestro tiempo, han de ser los gozos y esperanzas, tristezas y angustias de los discípulos de Cristo. Sin diálogo con nuestros semejantes, también con quienes no comparten ni comprenden nuestros posicionamientos, vivir, amar y ser feliz, sólo serían utopías. Sabemos que el Espíritu Santo es quien habita en los creyentes y gobierna a toda la Iglesia, quien une a todos en Cristo y es el Principio de la unidad de la Iglesia, inspirando y animando los diferentes ministerios. Todos necesitamos dialogar en la Iglesia y escuchar la voz del Espíritu. Siguen vigentes las palabras del Concilio Vaticano II cuando nos dice: “ La Iglesia, en virtud de la misión que tiene de iluminar a todo el orbe con el mensaje evangélico y de reunir en un solo Espíritu a todos los hombres de cualquier nación, raza o cultura, se convierte en señal de la fraternidad que permite y consolida el diálogo sincero. Lo cual requiere, en primer lugar, que se promueva en el seno de la Iglesia la mutua estima, respeto y concordia, reconociendo todas las legítimas diversidades, para abrir, con fecundidad siempre creciente, el diálogo entre los que integran el único Pueblo de Dios, tanto los pastores como los demás fieles. Haya unidad en lo necesario, libertad en lo dudoso, caridad en todo”.
Es el Espíritu el que distribuye las gracias y ministerios (1ªCor. 12,4-14) enriqueciendo a la Iglesia de Jesucristo con variedad de dones para la perfección consumada de los santos en orden a la obra del ministerio, a la edificación del Cuerpo de Cristo (Ef.4,12). En nuestro caminar, sin amargarnos con miedos y preocupaciones del mañana ni con amarguras del pasado, hemos de aprender de la misma naturaleza como nos enseña Jesús que si el grano de trigo no muere no puede dar fruto. En la renovación que necesita la Iglesia, hemos de profundizar en la Esperanza de que del esfuerzo de todos surgirá parte de una vida nueva que vivirá la Iglesia. Por ello, cada uno de nosotros debe tener muy presente que el esfuerzo y la entrega; la desobediencia de los silencios impuestos, el ejercicio de la palabra y el testimonio de vida son signos de esperanza. Actuar así es el verdadero arte de vivir porque la aceptación valiente de la realidad de los hechos contiene el más exquisito de los frutos: una profunda alegría por la vida. Y es el Espíritu el que ha de iluminar a todos, abriendo caminos de Esperanza en la Iglesia de hoy y del futuro.
Los cardenales electores del nuevo Papa tienen en Juan 21,15-18 las preguntas del examen: “¿Me amas más que estos..?” No caben ni otras preguntas ni planteamientos extraños. Una vez aprobado el ejercicio y la prueba del Amor, me gustaría que el nuevo Papa, con gesto humilde, como hizo Pedro, dijera: “ Señor, tú sabes todo; tú sabes que te amo” y, al dirigirse al mundo como Pastor Universal, se comprometiera anunciando que “la Iglesia, bajo mi Ministerio de Servicio, quiere ser Sacramento de Salvación para todos luchando por la Justicia y por la Paz. Por eso vamos a recorrer nuestro camino con profunda y sentida solidaridad con toda la familia humana, con todos los pueblos y con todas las culturas y con las grandes y pequeñas religiones mundiales, sin olvidar la atención a todas y cada una de las personas que desempeñen ministerios de servicio. En unión con todos intentaré aprender, orar, vigilar y trabajar por la solución de los problemas más candentes que tiene la misma Iglesia y el mundo actual. Confío en todos vosotros, de tal manera, que el éxito o fracaso de mi servicio como Obispo de Roma y Pastor Universal va a depender de vuestra fe, entrega, entusiasmo y corresponsabilidad en el compromiso con el Pueblo de Dios. Es la hora del Espíritu…”
