HA MUERTO JUAN PABLO II

FERNANDO BERMÚDEZ

GUATEMALA.

ECLESALIA, 06/04/05.- Juan Pablo II ha muerto. Se ha ido uno de los hombres más carismáticos y populares de los últimos tiempos, pero también más contradictorios. Su ministerio al frente de la Iglesia católica ha sido uno de los más largos de la historia de la misma Iglesia. Tal vez a eso sea debido su fuerte incidencia en la vida eclesial y social.

Nadie puede poner en duda que Juan Pablo II ha sido un hombre coherente consigo mismo y sus principios religiosos, un hombre creyente de verdad. Su sentido de la justicia le ha llevado a la defensa de los Derechos Humanos y de la justicia social por donde quiera que ha peregrinado. Sus Encíclicas “Centesimus Annus”, “Laborem exercens”, “Sollicitudo rei socialis”… han marcado línea en la Doctrina Social de la Iglesia en defensa de los pobres, de la justicia, del bien común…  Denunció en repetidas ocasiones la carrera armamentista y la política materialista del capitalismo neoliberal. Tomó una actitud valiente frente a la paz del mundo. En sus numerosos viajes alrededor del planeta  levantó siempre la bandera de la paz que nace de la justicia. Se opuso firmemente a la invasión de Irak por parte de Estados Unidos, considerándola como una inmoralidad histórica.

Sin embargo, su origen polaco y la experiencia vivida durante los años de la dictadura pro-soviética le condicionó notablemente, hasta tal grado que llegó a mirar el mundo desde este prisma. Todo esto le llevó a ser un papa contradictorio.

De cara a la sociedad defendió los derechos humanos, sin embargo, de cara al interior de la Iglesia ejerció un autoritarismo medieval, potenció el centralismo romano, descalificó y reprimió a notables teólogos y teólogas, destituyó a respetables obispos que estaban comprometidos con su pueblo. Este indicador apunta  hacia una concepción del gobierno de la Iglesia que se aparta del impulsado por el Concilio Vaticano II, tendente a una mayor responsabilidad colegial de los obispos con el Papa.En vez de esto, el papado de Juan Pablo II fortaleció la función de la curia romana, de los nuncios y el nombramiento, sobre todo en Europa, de obispos de línea conservadora, cerrados, intransigentes y alejados de la realidad que vive el pueblo.

En lo referente a la moral, la concepción de la «naturaleza humana» que sostuvo Juan Pablo II en los temas de sexualidad fueron de un rigorismo que la mayoría de los fieles no sigue. Este divorcio entre la moral señalada por el Papa y la practicada por los creyentes es una de las mayores escisiones de la Iglesia católica.

Los hechos demuestran que durante su “pontificado” ha habido una involución en el campo doctrinal, pastoral y litúrgico. Se ha desatendido el cambio impulsado por el Concilio que revolucionó la eclesiología al poner en el centro al  pueblo  de  Dios  y  no  a  la  jerarquía.  Como consecuencia  ha  renacido el

clericalismo, ha perdido fuerza el protagonismo de los laicos y se ha controlado el esfuerzo de emancipación y participación efectiva de la mujer en la Iglesia. Ha quedado enormemente reducida la corresponsabilidad de los sínodos y las conferencias episcopales y han sido puestas bajo sospecha la teología de la liberación y las teologías autóctonas.  Juan Pablo II fue desconfiado frente a los movimientos cristianos que sintonizaban  con la emancipación de los pobres y oprimidos.

El Papa ha muerto, pero la Iglesia sigue. Los papas no son más que servidores de la Iglesia. Lo que importa es la Iglesia, pero una Iglesia que asuma consciente y evangélicamente su misión de hacer presente el reino de Dios en la historia.

Lamentamos que Juan Pablo II deje tras su muerte una Iglesia dividida y, en parte, caótica, debido a las tensiones internas que él mismo, sin pretenderlo tal vez, generó al rodearse de los sectores eclesiales más consevadores. Esto mismo está siendo causa, asimismo, de que numerosos cristianos que antes se confesaban “católicos”, hoy se confiesen agnósticos o indiferentes.

Es responsabilidad de todos los cristianos católicos, pastores y laicos, asumir con serenidad y espíritu evangélico, el momento presente y caminar con esperanza hacia una nueva  evangelización profética y liberadora, para hacer presente el reino de Dios en la sociedad que es lo que importa.