¿Y AHORA QUÉ ?
JUAN LUIS HERRERO DEL POZO, teólogo
LOGROÑO (LA RIOJA).
ECLESALIA, 04/05/05.- Dos días antes de la elección de Benedicto XVI escribí a los amigos una nota que fue publicada por Eclesalia el mismo día de la ‘fumata bianca’. Afirmaba en ella mantener la misma intuición que en la elección de Juan Pablo II, casi 27 años atrás: “¡cuanto peor, mejor!”. El modelo de iglesia amagado por Pablo VI confirmaba la traición secular de ésta al Evangelio. Si Juan XXIII y el Vaticano II habían fracasado en el intento sincero de reforma, parecía obvio que ésta no era posible desde el poder -el poder de verdad secuestrado por su núcleo duro, la curia vaticana- sólo interesado en cambiar lo imprescindible para que todo siga igual. Según esta lógica, un Papa reformista no lograría más que prolongar la decadencia del modelo, sin cambiarlo. Por ello era bueno agudizar las contradicciones internas para que fermentase la rebelión. Ha cumplido con este cometido el papa Wojtyla y, por su historial, cumplirá el papa Ratzinger. El modelo de iglesia de Wojtyla que no se ha desmoronado con él, esperemos lo haga con su sucesor.
H. Küng, amigo primero y luego despiadadamente perseguido por Ratzinger, ha pedido 100 días de moratoria. El obispo Casaldáliga, víctima igualmente del mismo Cardenal, ha afirmado ya que no caben muchas esperanzas, conocida la pertinaz trayectoria del gran inquisidor. Análisis humano para un asunto humano, o ¿tal vez ha intervenido el Espíritu Santo para ‘convertir’ la mente de los cardenales estratégicamente seleccionados en virtud de su conservadurismo por el papa difunto? El Papa Ratzinger ha sido durante un cuarto de siglo el artífice de la involución eclesial. Es una persona fría y obstinada pero muy inteligente. Y no le pueden las emociones. Podemos estar seguros que controla, mide, calcula y dosifica sus gestos y palabras, especialmente al comienzo: ojos escrutadores en un rostro inmóvil de sonrisa en cliché fijo. Ni una modulación en la voz. Ni un gesto descompasado. Ni un instante de cercanía física a la multitud al atravesar en coche la plaza de San Pedro. Ni una palabra espontánea al margen del texto. Muchos esperábamos su primera homilía. Analícese con detalle y sin pasión. El Ratzinger de siempre… ¡clavado! Salvo milagro, nada nuevo que esperar en circunstancias ordinarias.
Para mí personalmente la conclusión es clara. Asistiremos a algún gesto, alguna maniobra de distracción, tal vez, incluso, de relumbrón, pero sin fondo, o con idéntico fondo del cardenal conocido. Y las estructuras eclesiales seguirán apergaminándose hasta su implosión. La salvación del movimiento cristiano, es decir, del Evangelio de Jesús sólo procederá de las bases.
¿Cómo han recibido las bases la elección? Muchos en la línea que ya marcaron con la grandilocuente, estridente vacuidad de las últimas semanas: encandilamiento supersticioso, papolatría mágica, ejemplo vivo en lo religioso de la posmodernidad más light. Sin embargo, están apareciendo como nunca antes reacciones de la minoría crítica que señalan desencanto, consternación, rechazo, grito de rebeldía. Es un síntoma de esperanza. Con tal, al menos, de evitar la dispersión después de la cruz que aquejó a los discípulos en los primeros momentos: el Maestro, al igual que ellos experimentaron, sigue vivo entre nosotros ‘a la derecha del Padre’. Pero el “dónde te escondiste, amado” de los místicos nos advierte de que nada se hará que nosotros no hagamos. Nada. Todo retorno al Evangelio depende de los seguidores de Jesús, no de la Ley, del Templo, del Sacerdocio, del Poder Sagrado (jerarquía), de la Iglesia institucional. Tan sólo de los creyentes ‘en espíritu y en verdad’.
Todo esto significa que no podemos andarnos con estúpidos espiritualismos, con clichés manidos, con músicas celestiales. Es el momento de la rebelión. Es preciso obedecer a Dios antes que a los hombres, aunque sean autoridades. Es impío cualquier automatismo mágico por el que una autoridad religiosa detenta el poder y la verdad de Dios. El monumental tinglado organizativo de la iglesia ni siquiera en sus líneas maestras viene del Maestro; pudo haber sido otro, debió haberlo sido…
Sin duda, la crisis es de envergadura. No es cuestión de celibato opcional, ni de sacerdocio femenino, ni de comunión eucarística de los divorciados. Pese a la buena intención, me temo que con ello se pretenden ‘reformitas’. A mi entender, el problema es más de raíz como he defendido en varios artículos. Algunos se asustan y asustan a otros blandiendo el espectro del cisma para lograr la sumisión. Son los ‘hombres de poca fe’ a los que Jesús reprochaba el miedo. Sin embargo y al mismo tiempo nos advertía de que seríamos ‘zarandeados’. En efecto, el cisma es posible. No sería la primera vez. No obstante, si hoy lo hubiere sería sólo manifestación del ya existente. La ruptura dentro del catolicismo es una realidad. Grave, honda, sangrante.
Tan grave como el abismo que separa al mundo pobre del mundo rico. Me atrevería, incluso, a preguntar si aquella no es, a la postre, resultado secreto de ésta. En cualquier caso, no es tan dramática. El drama del hambre y del dolor de los pobres sí que es el locus eclesial, único indiscutible de encuentro. No la ortodoxia vaticana, no la ‘vuelta al redil’ tal como la entiende la homilía papal, no la sustitución de la ‘dictadura del relativismo’ por la más mortífera del fundamentalismo…
¿No se tratará en estas líneas de la pataleta de un cristiano librepensador? No lo creo. Somos muchos los que hemos empeñado nuestra existencia en la tarea apasionada por y con los pobres que es la única traducción hoy del estilo de vida de Jesús, mal que pese a la inquina ratzingeriana contra la teología de la liberación. Aunque esto supone -hemos de ser sinceros y coherentes- nuestra propia conversión al Evangelio, cada día. Por eso, al hablar de una refundición (no refundación porque sería volver al siglo IV) de la Iglesia, entiendo que la ‘conversión’ radical al evangelio por el camino de la oración y del silencio es el primer paso imprescindible de cualquier comunidad cristiana. El paso siguiente sería la liberación interior para, sin mirar siquiera con el rabillo del ojo a la jerarquía, ahondar en el seguimiento de Jesús para, entrelazadas las manos de creyentes y agnósticos, empeñarnos todos en construir un mundo menos hipócrita y más tiernamente humano.
Ánimo, hermanos, este papa u otro tiene menos trascendencia que la pervivencia, por ejemplo, del Banco Mundial, del Fondo Monetario Internacional o de la Organización Mundial del Comercio. Estos sí que son la Bestia del Apocalipsis, hambrienta de pobres.
