ENAMORARME DE TI
A propósito de Jn 20, 19-31
COMUNIDAD DE MONJAS TRINITARIAS*, monjasdesuesa@gmail.com
SUESA (CANTABRIA).
ECLESALIA, 15/04/26.- Hoy es fácil hablar de los apóstoles reunidos “a puerta cerrada” o de las dudas de Tomás. También de la insistencia del resucitado en ofrecerles paz a aquellos discípulos amedrentados por el miedo. Está muy bien hablar de todas estas cosas ya que muchas veces el conocer la experiencia de otras personas nos ayuda a confrontar nuestras vidas.
Lo cierto es que al leer Jn 20, 19-31 me han golpeado los dos últimos versículos, esos que la Biblia de La Casa de la Biblia titula: “Finalidad del evangelio”: “Jesús hizo en presencia de sus discípulos muchos más signos de los que han sido recogidos en este libro. Estos han sido escritos para que creáis que Jesús es el mesías, el Hijo de Dios; y para que, creyendo tengáis en él vida eterna”.
El evangelio, los evangelios, no pretenden contarnos la vida de Jesús, un galileo del siglo primero. Tampoco nos quieren contar lo que sucedió en un momento dado, no son una crónica. El evangelio es un despertador. Su finalidad, lo que quiere conseguir, es que creamos y “para que creyendo tengáis fe en él (en Jesús) vida eterna”. Por eso no podemos acercarnos a los evangelios buscado una respuesta, algo así como la receta exacta para la felicidad plena.
No hay recetas. La fe no es una respuesta, es un camino. Casi podríamos decir que la fe es una pregunta y creer es tratar de dar respuesta a ese anhelo. Como enamorarse. Cuando te enamoras no encuentras una respuesta, lo que encuentras es un camino lleno de novedad. Podemos decir que los evangelios fueron escritos para “enamorarnos”, para mostrarnos un camino lleno de novedad.
Si creemos, si amamos… entonces comenzamos a dar pasos, a entrar en la Vida eterna, en la vida plena (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

OCHO DIAS DESPUÉS
PUERTA TRANCADAS.
Si el sepulcro no pudo retenerte,
qué puertas o cerrojo impediría
llevar tu paz, tu luz y tu alegría
a los que aún lloraban por tu muerte?
Dónde estabas, Tomás, pra perderte
el momento sin par que mudaría
obscuridad, en pleno médio dia;
cobarde miedo, en el amor más fuerte?
Débil tu fe, Tomás. Tú no creiste
quien viera a tu Señor resucitado.
Lavaste un reto e después te fuiste.
Aunque creer sin ver es más preciado,
te concedo, Tomás, lo que pediste:
pon tu dedo en mis manos y costado.
Ildefonso Esctibano de la Torre
ildefonso68@gmal.com
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