PENTECOSTÉS: SOPLO TRANSFORMADOR
JUAN ZAPATERO BALLESTEROS, zapatero_j@yahoo.es
SANT FELIU DE LLOBREGAT  (BARCELONA).

ECLESALIA, 25/05/26.- La Conferencia Episcopal Española, a través de la Comisión Episcopal para los Laicos, Familia y Vida, promueve, el día de Pentecostés, la fiesta del Apostolado seglar. Una fiesta profunda y genuina, si nos adentramos al fundamento y a la raíz de esta, que no es otro que el Sacramento del Bautismo. Por tanto, no es que sean solamente los laicos quienes tengan el deber de ser apóstoles, sino que es a ellos a quienes se les reconoce en este día de manera específica su ser cristiano.

El Bautismo no es algo que nos eleva a un estatus superior y nos confiere una identidad mística específica. El Bautismo, cuyo signo más externo y visible es el agua, nos sumerge en el entorno donde vivimos para transformar lo inerte y para comunicar y dar vida, precisamente donde reinan las estructuras de muerte y el caos se ha convertido en dueño y señor. 

Nos recuerda el libro del Génesis que «El Espíritu de Dios se cernía sobre las aguas» (1,2). Gracias al «Soplo divino«, aquella indefinición e irracionalidad se convirtió en claridad y en lógica preñada de amor. Más tarde, el propio Jesús responderá de manera contundente a los discípulos de Juan: «Id y decidle lo que habéis visto y oído: los ciegos ven, los cojos andan los leprosos quedan limpios, los sordos oyen» (Mt 11,4-5).

Tanto el pasaje del Antiguo como el del Nuevo Testamento pretenden dejar claro la acción y el compromiso por encima de la identificación intimista y espiritualista, que no mística y espiritual. Compromiso para transformar todo lo que nos rodea, comenzando por lo propio y lo personal, ¡sólo faltaba!, haciéndolo desde la lógica del Dios del amor que presenta el Génesis y desde la compasión y misericordia del Jesús de los Evangelios. Un apostolado, por tanto, que renuncie al adoctrinamiento y al proselitismo, para ponerse de cara y al lado del dolor en todas las facetas y dimensiones con que este acostumbra a hacerse presente en los tiempos que vivimos.

Apóstoles de la paz, en primer lugar, que denuncien enérgica y contundentemente el uso de la fuerza y la violencia como instrumentos propicios de cara a dirimir las diferencias o arreglar los posibles conflictos que tantas veces puede llegar a comportar la relación entre los pueblos o la convivencia entre personas.

Apóstoles de la compasión y la misericordia con todas y todos cuantos se han visto condenados a vivir en los márgenes de la vida, careciendo, por ello, de lo elemental y básico para poder vivir con el mínimo de dignidad que les pertenece como personas.   Como consecuencia de ello, un apostolado, cuya opción preferencial sean los pobres, desde el compromiso con la justicia, lejos del asistencialismo. Pues sólo desde aquella se llegan a entender y, por ende, poner solución verdadera a las causas estructurales que generan tanto dolor en los descartados del sistema. Alimentando siempre dicho apostolado con la mística que surge del fragor de la vida, en oposición a estados de ánimo pura y simplemente autocomplacientes.

Apóstoles, en definitiva, que hablen un único idioma: el del amor. Pues es ese el único idioma que, a la postre, han entendido desde siempre y siguen entendiendo hoy día todos los hombres y mujeres y todos los pueblos del orbe. «Y estaban atónitos y maravillados, diciendo: Mirad, ¿no son galileos todos estos que hablan?  ¿Cómo, pues, les oímos nosotros hablar cada uno en nuestra lengua en la que hemos nacido?»  (Hch 2, 7-8).

Apóstoles que busquen no tanto la «glosolalia y el don de lenguas» para convencer y ensanchar el proselitismo, cuanto «hacer obras de amor» para dignificar y para contagiar de «Buena Noticia» a los desheredados de la tierra. Sólo así serán fieles de verdad al mensaje de Jesús, cuando recomienda: “Amaos unos a otros como yo os he amado. En esto conocerán todos que sois mis discípulos: si os amáis unos a otros.” (Jn 13, 34-35) Y, por ello, serán reconocidos como tales (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).