DE LA ACOGIDA AL APRENDIZAJE
Lo que la Iglesia puede aprender de las personas migrantes
YOLANDA CHÁVEZ, yolachavez66@gmail.com
MÉXICO

ECLESALIA, 17/06/25.- Las recientes palabras del Papa León XIV sobre migración han encontrado eco en muchas personas dentro y fuera de la Iglesia. Su afirmación de que la dignidad humana “no tiene pasaporte” constituye una llamada profética en un tiempo en que millones de personas son reducidas a estadísticas, expedientes o problemas políticos. En continuidad con el camino trazado por el Papa Francisco —expresado en Fratelli Tutti mediante los verbos acoger, proteger, promover e integrar—, León XIV reafirma una convicción central de la tradición cristiana: toda persona posee una dignidad que ninguna frontera puede otorgar ni quitar.

Estas palabras son importantes porque han contribuido a que la Iglesia mire la migración no solo como un fenómeno social o político, sino como una realidad humana que interpela profundamente la conciencia cristiana. Sin embargo, me pregunto si estamos llegando a un nuevo momento en la reflexión eclesial sobre migración. Durante años hemos preguntado qué debe hacer la Iglesia por las personas migrantes. Tal vez ha llegado el momento de preguntar qué puede aprender la Iglesia de ellas.

Esta pregunta nace de lo que he llamado Teología Migratoria. No se trata simplemente de una teología sobre la migración. Tampoco consiste únicamente en aplicar la doctrina cristiana a un problema social contemporáneo. Entiendo por Teología Migratoria una reflexión que surge desde la experiencia de las personas desplazadas y no solamente acerca de ellas. Reconoce la migración como un lugar teológico: un espacio donde se revelan nuevas comprensiones de Dios, de la Iglesia y de la condición humana.

Así como la teología de la liberación aprendió a escuchar la experiencia de los pobres como lugar de reflexión teológica, la Teología Migratoria propone escuchar la experiencia de quienes viven el desarraigo, el tránsito y la búsqueda de pertenencia como una fuente legítima de conocimiento sobre la fe. Desde esta perspectiva, la migración deja de ser únicamente un desafío pastoral para convertirse también en un espejo. Un espejo en el que la Iglesia puede reconocer dimensiones olvidadas de su propia identidad.

Después de todo, la historia de la fe está profundamente marcada por el desplazamiento. Abraham abandona su tierra sin conocer el destino final. Israel descubre a Dios mientras camina por el desierto y durante la experiencia traumática del exilio. Jesús desarrolla un ministerio itinerante y las primeras comunidades cristianas se expanden a través de redes de hospitalidad, movilidad y encuentro.

La Iglesia nació mucho antes de poseer territorios; nació caminando. Por eso resulta significativo que hoy sean precisamente las personas migrantes quienes nos recuerden algunas de las dimensiones más antiguas de la experiencia creyente: vivir con incertidumbre, reconstruir comunidad después de la pérdida, encontrar esperanza en medio de la precariedad y descubrir la presencia de Dios cuando todo parece provisional.

Quizás las personas migrantes no solamente necesiten una Iglesia que las escuche. Quizás la Iglesia necesita escuchar a las personas migrantes para recuperar algo de sí misma. Escucharlas no únicamente para conocer sus necesidades, sino para discernir qué está diciendo Dios a través de sus experiencias. Escuchar cómo, en medio de pérdidas y rupturas, reconstruyen vínculos, crean comunidad más allá de fronteras y pertenencias territoriales, sostienen la esperanza cuando el futuro permanece incierto y descubren nuevas formas de hogar en medio del tránsito. En este sentido, los cuatro verbos propuestos por Francisco siguen siendo fundamentales. Describen lo que la Iglesia está llamada a hacer.

La Teología Migratoria formula una pregunta complementaria: ¿Qué está llamada la Iglesia a aprender? La diferencia puede parecer pequeña, pero transforma profundamente la conversación. Porque las personas migrantes dejan de ser vistas únicamente como destinatarias de la acción pastoral y comienzan a ser reconocidas como sujetos teológicos. No solo reciben acompañamiento. También revelan algo sobre el Evangelio. No solo necesitan hospitalidad. También conservan una memoria que la Iglesia necesita escuchar.

Tal vez el próximo paso en esta larga evolución de la conciencia eclesial consista precisamente en eso: pasar de la acogida al aprendizaje. No abandonar la acogida, sino profundizarla. No dejar de proteger, promover e integrar, sino reconocer que quienes cruzan fronteras también pueden ayudarnos a comprender mejor quiénes somos. Porque la migración no es únicamente una realidad que interpela a la Iglesia. Es también uno de los lugares donde la Iglesia puede reencontrarse con algunas de sus raíces más profundas.

Y quizá, al escuchar a quienes viven la fe desde el desplazamiento, descubra nuevamente que su vocación más antigua nunca fue instalarse definitivamente, sino caminar junto a Dios en la historia (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).