DISIPAR LA NIEBLA
La credibilidad de Europa no se medirá por la altura de sus fronteras, sino por la profundidad de su humanidad
IÑIGO GARCÍA BLANCO, Hermano Marista, i.garciablanco@gmail.com
SIRACUSA (ITALIA).

ECLESALIA, 06/07/26.- Hay momentos en los que guardar silencio deja de ser prudencia para convertirse en complicidad. El tiempo que vivimos es uno de ellos.

Mientras Europa avanza en la aplicación del nuevo Pacto sobre Migración y Asilo y varios Estados endurecen sus políticas de control fronterizo, continúan apareciendo iniciativas que buscan regularizar la situación de miles de personas extranjeras que llevan años viviendo, trabajando y sosteniendo silenciosamente nuestras sociedades. Dos dinámicas que parecen caminar en direcciones opuestas, pero que revelan una misma realidad: Europa sigue sin decidir cómo quiere mirar el fenómeno migratorio.

No se trata de negar la complejidad de la movilidad humana ni la responsabilidad de los Estados para ordenar los flujos migratorios. Gobernar las migraciones exige planificación, cooperación internacional y normas claras. Sin embargo, otra cosa muy distinta es permitir que el miedo se convierta en el criterio desde el que interpretamos a las personas. Porque cuando el miedo ocupa el centro del debate público, la dignidad comienza a desplazarse hacia los márgenes. Y es precisamente ahí donde aparece una niebla que conviene disipar.

Una niebla cuidadosamente alimentada por relatos simplificados, titulares interesados y discursos que reducen vidas humanas a cifras, expedientes o estadísticas. Una niebla que convierte a las personas en categorías administrativas y a los rostros en porcentajes. Una niebla que favorece la polarización social porque resulta más sencillo discutir sobre números que dejarse interpelar por una historia concreta.

Quizá el mayor riesgo de este tiempo no sea únicamente el endurecimiento de determinadas políticas migratorias. El riesgo más profundo consiste en acostumbrarnos a mirar sin ver. A oír sin escuchar. A hablar constantemente sobre migración sin atender jamás a la voz de quienes la viven.

Las personas migrantes aparecen todos los días en los debates políticos, pero muy pocas veces tienen la oportunidad de narrar su propia historia. Otros hablan por ellas. Otros interpretan sus decisiones. Otros utilizan su sufrimiento para sostener posiciones ideológicas enfrentadas. Mientras tanto, sus relatos permanecen invisibles. Y cuando desaparecen los relatos, comienza la deshumanización.

Esta realidad adquiere un dramatismo especial cuando hablamos de adolescentes que llegan solos a nuestras costas. Ellos representan el rostro más vulnerable de esta crisis ética. No eligieron el lugar donde nacieron. No provocaron las guerras, las persecuciones, el hambre o el cambio climático. No redactaron las leyes que ahora condicionan su futuro. Sin embargo, son quienes soportan sobre sus espaldas las consecuencias de todas esas decisiones.

Desde hace años tengo la oportunidad de acompañar y reconocer a muchos de estos menores en Sicilia. No escribo desde una reflexión teórica ni desde una posición ideológica. Escribo desde la experiencia de compartir camino con adolescentes que han atravesado el desierto, sobrevivido al mar y llegado a nuestras costas con una mochila mucho más pesada que cualquier equipaje.

También escribo desde la responsabilidad que la propia legislación atribuye a quienes acompañamos sus procesos educativos y humanos. Porque la tutela de un menor extranjero no consiste únicamente en garantizar un techo o resolver trámites administrativos. Significa proteger derechos, favorecer su integración, asegurar la escolarización, el aprendizaje del idioma, el acceso a la sanidad, la construcción de vínculos, la autonomía progresiva y, sobre todo, ofrecer una presencia estable que devuelva confianza allí donde demasiadas veces solo ha existido incertidumbre.

Por eso preocupa comprobar cómo, en demasiadas ocasiones, los procedimientos administrativos terminan prolongándose durante meses mientras la vida de estos jóvenes permanece detenida. Cada demora en una derivación hacia un recurso adecuado a su edad y a sus necesidades educativas supone mucho más que un retraso burocrático. Supone tiempo de adolescencia perdido. Y el tiempo perdido durante la adolescencia nunca regresa.

Resulta difícil comprender que existan profesionales preparados, comunidades disponibles y estructuras específicamente pensadas para acompañar a estos menores mientras determinados procedimientos permanecen bloqueados entre despachos, autorizaciones y silencios administrativos. La protección efectiva no puede depender únicamente de la buena voluntad de quienes trabajan sobre el terreno. Necesita instituciones ágiles, coordinadas y capaces de responder con la urgencia que exige la vulnerabilidad de un menor.

Disipar esta niebla también significa atrevernos a alzar la voz. No desde la confrontación permanente. No desde la descalificación fácil. Sino desde la responsabilidad ética que nace cuando conocemos los nombres, compartimos las historias y comprendemos que detrás de cada expediente existe una vida esperando una oportunidad.

El silencio nunca ha protegido a los más vulnerables. La historia nos enseña justamente lo contrario. Por eso nuestras comunidades, nuestras asociaciones, nuestras parroquias, nuestros centros educativos y nuestras instituciones sociales no pueden limitarse únicamente a gestionar recursos. Estamos llamados también a generar una cultura distinta. Una cultura capaz de desmontar prejuicios, de ofrecer espacios de encuentro y de recordar que la integración nunca comienza con un documento, sino con una relación.

No es casual que el papa León XIV haya querido situar desde el inicio de su pontificado la realidad migratoria en el centro de su mirada pastoral. Su visita a Canarias, una de las grandes puertas de entrada a Europa, y su viaje a Lampedusa, convertida en símbolo universal del sufrimiento en el Mediterráneo, poseen una enorme fuerza profética.

No son únicamente dos destinos geográficos. Son dos fronteras morales. Dos lugares donde Europa se contempla a sí misma.

En Canarias, el Papa dirigió unas palabras que deberían resonar mucho más allá de las comunidades cristianas: «Quiero inclinarme ante vuestra dignidad».

No dijo que se inclinaba ante su utilidad económica. Ni ante su situación administrativa. Ni ante su nacionalidad. Se inclinó ante su dignidad. Y esa diferencia lo cambia todo.

Porque la dignidad humana nunca depende de un permiso de residencia, de una frontera atravesada o de la nacionalidad inscrita en un pasaporte.

Como creyentes, esta convicción no nace de una opción política. Nace del Evangelio. Jesús nunca preguntó primero de dónde venía una persona antes de acercarse a ella. Nunca condicionó la compasión a la procedencia. Nunca convirtió la vulnerabilidad en sospecha. Miró siempre a las personas antes que a las etiquetas.

Quizá ese siga siendo hoy el mayor desafío para nuestras sociedades. Volver a mirar personas. Recuperar los nombres. Escuchar los relatos. Construir políticas públicas que sepan armonizar seguridad, legalidad y derechos humanos sin sacrificar ninguno de estos pilares.

Europa necesita normas. Necesita coordinación. Necesita una gestión responsable de la movilidad humana. Pero necesita, sobre todo, no perder el alma. Porque ninguna legislación será plenamente justa si olvida el rostro concreto de quienes pretende proteger (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).

Mientras siga existiendo un menor esperando una derivación que nunca llega.

Mientras una familia permanezca atrapada entre la incertidumbre y la esperanza.

Mientras el Mediterráneo continúe siendo escenario de naufragios evitables.

Mientras haya personas obligadas a vivir entre orillas.

Seguiremos teniendo la responsabilidad de disipar la niebla.

No para alimentar enfrentamientos.

Sino para recordar, con serenidad y firmeza, que toda sociedad termina pareciéndose a la forma en que trata a quienes menos capacidad tienen para defenderse.

Y porque, al final, la credibilidad de Europa no se medirá por la altura de sus fronteras, sino por la profundidad de su humanidad.