EL TRABAJO DE SER MUJER
GABRIEL Mª OTALORA, gabriel.otalora@outlook.com
BILBAO (VIZCAYA).

ECLESALIA, 19/10/26.- Las mujeres siempre lo han tenido más difícil que los hombres. Es la historia interminable de la necesidad de reivindicarse como sujeto de los mismos derechos y obligaciones que sus congéneres masculinos para no aceptar un trato como si fueran personas de segunda. Solo muy recientemente las grandes diferencias han disminuido en nuestra pequeña parte del mundo, a base de muchos sacrificios y renuncias, aunque se mantienen algunas lacras como la violencia de género, la precariedad y la tasa de paro femenino, por encima de la media del desempleo masculino.

En pleno siglo XIX, Concepción Arenal, su marido Fernando García Carrasco, Victoria Kent o la condesa de Mina, fueron un ejemplo de compromiso con la igualdad de los derechos hombre-mujer cuando el viento soplaba a favor de la hipocresía de la doble moral. “No puede llamarse armonía al silencio de la mujer”, clamaba Concepción Arenal en los oídos hipócritas de aquel siglo tan encorsetado, en el que las de su género hicieron campaña a favor del voto femenino. Eran tiempos donde el capitalismo crecía con la revolución industrial y la abundante mano de obra pagada con salarios de miseria aún más sangrantes y discriminatorios en las mujeres y los niños por sus interminables jornadas laborales.

Si la condición de mujer unida a de proletaria ya era una fatalidad, la cosa se agravaba más en cuanto esposas abandonadas, madres solteras o viudas sin posibilidad de desarrollar sus capacidades o ejercer derechos que solo correspondían por ley al marido, como enajenar bienes sin su autorización firmada; una realidad aquí hasta la Constitución de 1978. Cuando nos asomamos a los países empobrecidos y a los colectivos vulnerabilizados, la situación de la mujer es de una injusticia insostenible, una vergüenza para la especie humana del siglo XXI. Allí se mueren de hambre y de sed, de indiferencia del norte industrializado, aplastadas por cargas de trabajo inhumanas, en silencio, a pesar de la importante labor de las organizaciones no gubernamentales para denunciar y proteger a las mujeres vejadas.

Sin embargo, el evangelista Lucas nos cuenta que a Jesús le acompañaban los doce y que algunas mujeres le seguían durante su misión itinerante… Resultaba incomprensible que un maestro como Jesús enseñara los textos sagrados a mujeres y que se dejara acompañar por ellas, no una vez, sino en salidas de varios días por los caminos de Galilea y Samaría. Pero su seguimiento físico a la vista de todos, lo tiene de símbolo teológico, pues ellas también dejando las redes (confort, prestigio, fama, seguridades…), le siguieron.

El hecho de que los evangelios mencionen en varias ocasiones que un grupo de mujeres seguían a Jesús, es significativo. Y más todavía cuando señalan algo revelador a propósito de la Resurrección: “Ellas entonces recordaron sus palabras” (Lc 24, 5-8). Es decir, que las mujeres habían escuchado las enseñanzas de Jesús para el grupo reducido de sus seguidores más cualificados, dando a entender que ellas participaron de esas enseñanzas (Mc 16, 6-7). Y encima, solo ellas fueron testigas directas de la Resurrección, acontecimiento central cristiano recogido por los cuatro evangelistas.

Las primeras comunidades cristianas potenciaron la participación de las mujeres en las tareas de la Iglesia, algunas de las cuales ocuparían puestos importantes con funciones de liderazgo, como nos dice Pablo. ¿Por qué lo hicieron? Porque fue la actitud del Maestro con ellas. En la Edad Media se intentó corregir la situación injusta que padecía la mujer, pero no fueron más allá de la discusión sobre si el género femenino tenía alma, quedando su papel reducido a labores secundarias en la comunidad eclesial.

¿Cuál sería la actitud del Maestro con las mujeres de hoy, con la Iglesia institución y con la curia actual? Jesús sería todavía mucho más claro al señalar el papel de las mujeres en la Iglesia. Resulta curioso que sea por arriba donde se producen cambios importantes; me refiero a los nombramientos que hizo Francisco y que continúa haciendo León XIV colocando a mujeres en puestos de altísima responsabilidad como son los dicasterios vaticanos, entre otros.

Queda mucho camino por hacer en la Iglesia, a ver si nos dejan firmar la Declaración de Derechos Humanos auspiciada por la ONU que, hoy por hoy, el Estado vaticano no puede firmar por no reconocer los mismos derechos al hombre y a la mujer… (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).