OJALÁ ESCUCHÉIS
«Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón» (Sal 94)
IÑIGO GARCÍA BLANCO, Hermano Marista, i.garciablanco@gmail.com
SIRACUSA (ITALIA).
ECLESALIA, 21/09/26.- Hay palabras que atraviesan los siglos y llegan hasta nosotros con una fuerza que incomoda. El salmo 94 nos pide algo aparentemente sencillo y, sin embargo, profundamente revolucionario: no endurecer el corazón. Porque el corazón también se endurece.
Se endurece cuando dejamos de mirar a los ojos. Cuando el dolor ajeno se convierte en una cifra, una noticia o un problema que otros tendrán que resolver. Cuando nos acostumbramos a las fronteras, a las heridas, a las vidas que esperan. Cuando pasamos de largo porque creemos que bastante tenemos ya con lo nuestro.
Y quizá por eso hoy Dios vuelve a susurrarnos: no endurezcáis el corazón. Abrid los ojos. Escuchad. Acercaos. Dejaos tocar.
Estos días, en Casa AMAL, estamos aprendiendo algo de todo esto. Una casa que co mienza a llenarse de nombres, rostros, risas, silencios, comidas compartidas, palabras nuevas en italiano, paseos, pequeñas dificultades y sueños todavía pronunciados con cautela.
Cuatro jóvenes que han recorrido demasiados kilómetros y demasiadas heridas para su edad empiezan, poco a poco, a descubrir que una puerta puede abrirse sin pedir nada a cambio. Que una mesa puede esperarlos. Que una habitación puede ser un lugar seguro. Que alguien puede preguntarles cómo están y quedarse el tiempo suficiente para escuchar la respuesta. Son gestos pequeños. Pero quizá así comienza la restauración de una vida.
Acoger no es salvar a nadie. Es reconocer la dignidad que siempre estuvo ahí. Es mirar al otro a los ojos y decirle, también sin palabras: tu vida importa, tu historia merece ser es cuchada, tu futuro todavía está por escribir. Tal vez esta sea una de las formas más con cretas de escuchar hoy la voz de Dios.
Frente a un mundo que levanta muros, abrir puertas.
Frente a la indiferencia, compasión.
Frente al miedo, encuentro.
Frente a las vidas heridas, comunidad.
Frente a quienes dicen que nada puede cambiar, seguir creyendo y creando pe queños espacios de humanidad.
Casa AMAL apenas está comenzando.
También nosotros estamos aprendiendo.
Pero entre sus paredes empiezan a aparecer esos pequeños signos
que nos permiten seguir soñando:
la confianza que nace, una palabra aprendida,
una mesa compartida, una carcajada inesperada,
alguien que comienza a sentirse un poco más en casa.
Quizá el Reino de Dios se parezca mucho a esto.
A personas que decidieron no endurecer el corazón.
Y entonces una casa deja de ser solamente una casa y se convierte en refugio.
Un desconocido comienza a ser hermano.
Una historia herida vuelve a tener futuro.
«Ojalá escuchéis hoy su voz: no endurezcáis vuestro corazón».
Que no nos acostumbremos nunca al sufrimiento del otro.
Que sigamos mirando a los ojos.
Que sigamos abriendo puertas.
Que sigamos creyendo que otra manera de encontrarnos es posible.
Porque mientras haya corazones capaces de conmoverse,
siempre habrá lugar para comenzar de nuevo.
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