LA AMISTAD DE HERODES Y PILATO: ¿UNA BUENA NOTICIA?
A propósito de Lucas 23, 12

JOSÉ ÁNGEL SÁNCHEZ, josesanchezprieto1988@gmail.com
ASTURIAS

ECLESALIA, 28/10/26.- Herodes y Pilato estaban enemistados. El día en que Jesús pasó por las manos de ambos, algo cambió entre ellos. Lo llamativo es que aquel acercamiento se produjo mientras iba quedando claro que Jesús no merecía morir.

Hay una frase de Lucas que siempre me ha resultado llamativa. Se encuentra en mitad del proceso contra Jesús, entre interrogatorios, acusaciones y burlas, y quizá por eso podemos leerla sin detenernos demasiado: «Aquel mismo día Pilato y Herodes se hicieron amigos; porque antes estaban enemistados entre sí».

Lucas no explica qué había ocurrido entre ellos ni cuál era el origen exacto de aquella enemistad. Le basta con decirnos que estaban enfrentados y que, después de que Jesús pasara de uno a otro, dejaron de estarlo.

Pilato había enviado a Jesús a Herodes al saber que era galileo. Herodes lo recibió con agrado; llevaba tiempo queriendo verlo. Lucas ya había dejado constancia de aquella curiosidad cuando Antipas se preguntaba quién era aquel hombre del que oía tantas cosas y «procuraba verle». Ahora, por fin, lo tenía delante y esperaba quizá presenciar algún milagro. Jesús, sin embargo, no respondió a sus expectativas. Ante las preguntas insistentes de Herodes, guardó silencio. Después llegaron el desprecio y las burlas, hasta que finalmente lo devolvió a Pilato.

Y es precisamente ahí donde Lucas introduce aquel dato inesperado: ese mismo día Herodes y Pilato se hicieron amigos.

Lo que Pilato dice poco después hace que aquella reconciliación resulte todavía más difícil de leer como una buena noticia. Al dirigirse de nuevo a los dirigentes reconoce que no ha encontrado en Jesús nada que merezca la muerte y añade: «ni tampoco Herodes». El acercamiento entre ambos, por tanto, no se produce porque hayan descubierto juntos la culpabilidad de Jesús. Ocurre después de que Herodes se lo haya devuelto sin aportar ningún motivo para condenarlo.

La verdad no permanece oculta. La tienen delante. El problema es que reconocerla no termina convirtiéndose en una decisión justa.

Y aquí aparece algo inquietante: la injusticia no siempre necesita que alguien mienta. A veces ocurre cuando, sabiendo lo que está pasando y llegando incluso a reconocer quién está siendo tratado injustamente, nadie quiere asumir lo que supondría intervenir. Reconocer que algo es injusto mientras no nos cueste nada puede resultar relativamente sencillo. Lo difícil empieza cuando intervenir supone exponernos, complicarnos la vida o asumir consecuencias que preferiríamos evitar. Una cosa es reconocer lo justo y otra muy distinta estar dispuesto a defenderlo cuando cuesta.

Se podría dar incluso la paradoja de que algún lector, al encontrarse con la reconciliación de Herodes y Pilato, la recibiera en principio como una buena noticia. Al fin y al cabo, Jesús había dicho: «Bienaventurados los pacificadores». Dos enemigos dejan de serlo y parece que algo se ha arreglado.

Pero mientras ellos se acercan, Jesús sigue siendo tratado injustamente.

Bienaventurados los que hacen la paz, sí; pero no cualquier paz merece ese nombre. Una tregua entre dos personas puede ser una buena noticia, pero deja de serlo si para conservarla necesitamos ignorar a quien está pagando el precio. No basta con que termine una disputa. También importa lo que ocurre con la verdad y con quienes quedaron heridos por el camino.

Eso tampoco queda tan lejos de nosotros. A veces damos por resuelto un conflicto porque las partes vuelven a hablarse, porque baja la tensión o porque todo recupera cierta normalidad. Sin embargo, puede suceder que, mientras celebramos esa calma, alguien siga cargando con una herida que nunca llegó a ser atendida. Pedir que se pase página antes de afrontar lo ocurrido puede terminar convirtiendo la reconciliación en otra forma de injusticia.

El relato añade además otro problema. Jesús pasa de unas manos a otras. Pilato lo envía a Herodes; Herodes lo devuelve a Pilato. Ambos han tenido al inocente delante y ni siquiera su paso por Herodes ha proporcionado un motivo para condenarlo. La responsabilidad parece repartirse hasta que nadie termina haciéndose cargo del todo. Pero repartir la responsabilidad no la hace desaparecer. Cuando nadie asume hasta el final lo que sabe, es el inocente quien acaba soportando las consecuencias.

Y todavía hay un detalle más. Cuando Lucas vuelve a recordar la pasión en Hechos 4, vuelve a mencionar juntos a Herodes y Pilato. Aquella relación no quedó simplemente como una curiosidad del proceso. Los que hasta hacía poco estaban enfrentados aparecen ahora juntos en el rechazo del Justo.

Nos deja una enseñanza difícil de esquivar: estar juntos no siempre significa estar en lo correcto. Herodes y Pilato dejaron atrás su enemistad, pero no porque hubieran comenzado a amar la justicia. Se acercaron mientras Jesús, cuya inocencia había quedado reconocida, continuaba desprotegido. Por eso no basta con celebrar que dos enemigos hayan dejado de serlo. También importa aquello alrededor de lo cual han conseguido ponerse de acuerdo.

Quizá por eso aquel breve verso sobre la reconciliación de Herodes y Pilato acaba diciendo mucho más de lo que, a primera vista, parece. Dejaron atrás una enemistad sin que eso llevara justicia al hombre que tenían delante. Terminaron entendiéndose entre ellos, pero Jesús siguió cargando con las consecuencias.

La reconciliación no se mide únicamente por la calma que deja. También hay que preguntarse qué hace con la verdad y qué ocurre con la persona que ha sufrido.

Así que queda una última incomodidad: no toda reconciliación merece celebrarse del mismo modo. Herodes y Pilato se hicieron amigos; Jesús siguió siendo inocente.

Cuando llega la calma, quizá todavía quede una pregunta por hacer: ¿ha llegado también la justicia? (Eclesalia Informativo autoriza y recomienda la difusión de sus artículos, indicando su procedencia. Puedes aportar tu escrito enviándolo a eclesalia@gmail.com).