Hola Luis: ¿Cómo estás? Supongo que estarás estupendamente, que para eso te fuiste ¿no?

Todavía me acuerdo de como fue todo. El hospital por la noche…y aquella llamada por la mañana. Yo ya intuía lo que pasaba. Estaba solo con los niños y les dije que se vistieran deprisa, que te habías puesto muy malito. Antonio preguntó: «¿Se va a ir al cielo?» «No lo se, le dije, espero que no».

Llegó Pili y nos fuimos al hospital. Todo el camino los niños preguntaban: «¿Y si no le vemos mas?» Y lloraban.

Cuando llegamos, se quedaron abajo, en un parque jugando. Yo subí y ya no estabas. Ni siquiera me pude despedir de ti, ni comentar el siguiente partido del Madrid. Un montón de sentimientos se agolpaban en mi cabeza; rabia, impotencia, frustración…y sobre todo dolor, mucho dolor, un dolor casi físico.

Bajé a buscar a los niños y a Pili. Ella me miró de lejos y la hice un gesto con la cabeza. Los niños, al verme , vinieron corriendo y Antonio me ahorró el trago de tener que decirselo. Me miró y preguntó: «¿se ha ido al cielo?» Comenzaron a llorar los dos, porque ya no te iban a ver mas. «No hay que estar tristes, les dije, porque ahora el tío se ha ido con Jesús, y seguro que va estar fenomenal». Y seguí: «Nosotros nos tenemos que acordar de los buenos ratos que pasamos con él».

Yo no se de donde me salieron las fuerzas para decir aquellas palabras. Pero gracias a Dios me salieron.

Desde entonces, cada vez que me ven triste, a mí, o a mamá o a la tía, nos dicen: “¡No hay que estar tristes! Porque el tío está con Jesús y nos está viendo”. Y lo dicen con ese convencimiento que tienen los niños de que algo es verdaderamente cierto, como cuando piensan en los Reyes Magos.

Ellos si que lo tienen claro, y me han enseñadoque se puede hablar de la muerte como algo natural, que se puede hablar de los muertos sin poner ningún gesto de que hablamos de algo oculto o extraño.

He pensado mucho en la muerte. He pensado que si no lo miras con los ojos de la Fe, estas muertes carecen absolutamente de sentido. Racionalmente, esto no hay quien se lo trague. Aquí te quedas, jodido, pensando en lo que pudo ser y nunca será. Es en estos momentos cuando tienes que echar mano de todo eso que dices que crees. Y afortunadamente funciona. Eso no quita que no estés triste, enfadado. Además, creo que es completamente legítimo y hasta necesario sentirse así. Pero a lo lejos está la esperanza de que de verdad te has ido a un sitio mejor y de que nos volveremos a ver. Y es agradable.

Resulta curioso, toda la vida pensando en que esto de ser cristiano es una forma de vida aquí y ahora, sin tener que pensar continuamente en la famosa salvación, y acabo agradeciendo que tengamos un lugar donde volver a encontrarnos.

Los niños nos preguntan: ¿en el cielo hay playa, hay tiendas? Quizá por ellos ven la muerte desde el lado del muerto, que está en un sitio mejor, y nosotros la vemos desde el egoísmo de la pérdida. Tal vez esa es la verdad. Creernoslo y hacer como Patricia, que cuando, muchas veces rezamos y pedimos por la noche, dice: “Y porque se ha muerto el tío”. Y lo hace sonriendo.

Un abrazo. Hasta siempre.