PURITANISMO CRUEL
BENJAMÍN FORCANO
MADRID.
Llevamos una temporada en que las noticias sobre abusos sexuales por parte del clero son materia de cotidiano comentario y escándalo. A mí, lo que más me llama la atención es la postura de inmisericorde severidad con que se alude a estos escándalos y la naturalidad con que la sociedad encaja una solución mercantilista de los mismos. Al final, todo se resuelve mayormente con una indemnización económica por los daños -más psicológicos que materiales- sufridos por las víctimas.
Es aparentemente contradictorio observar cómo la sociedad que, en estos temas, suele ser larga y permisiva, cuando se trata del clero se muestra dura e intransigente. ¿No será que le devuelve la severidad con que él la ha tratado?
Es malo que las cosas tratemos de resolverlas con simplismo. Ninguna es tal como para clasificarla en blanca o negra, buena o mala. Ni, por supuesto, los abusos sexuales son exclusivos del clero. Pero ha sido el clero el que, además de sentirse en un estado superior por su condición celibataria, ha fustigado con vehemencia los fallos sexuales de la gente. Entonces, es muy natural que, cuando los garantes del orden sexual, lo transgreden, entren en el vértigo airado de los vapuleados. Contra una inmisericordia, otra inmisericordia. Y, así, no.
Es cierto que en la prédica oficial del clero ha habido siempre una insistencia morbosa en los pecados del sexo, pero me atrevería a afirmar que la mayoría lo ha hecho legalísticamente, por hacer cumplir unas directrices que seguramente no les convencían mucho. Había un celo por hacer observar las normas, pero acompañado de miedo y hasta hipocresía, posiblemente inconsciente. Y eso es lo que solivianta a los que tienen que ver cuando cae sobre ellos el látigo de la represión.
En el examen sobre la responsabilidad de tales o cuales actos, nunca se puede arremeter contra el sujeto sin analizar el contexto sobre los que emergen esos actos. De no hacerlo así, hacemos morales pronuciamientos, abstractos, irreales y, con probabilidad, injustos. Yo siempre he pensado que, tras asegurar el cumplimiento de la justicia, hay que procurar que, al que es incumplidor de ella, no se lo trate injustamente. Una pecado, una debilidad, un fallo debe reparse pero no hasta el extremo de aniquilar al sujeto o caer sobre él de tal manera que se desconcozca todo su pasado, a veces meritorio, y se lo hunda vengativa y cruelmente. Esa es una justicia inhumana. Inhumanidad que alcanza, en primer lugar, a los que, casi por oficio, han ejrcido la represión y a los que luego, por revancha, tratan de reasarcirse.
Todos necesitamos ser ponderados en la aplicación de la justicia, porque al fín y al cabo, no sé si podemos presumir tanto de ser más que los otros o de habernos desenvuelto en circunstancias distintas, más adversas para unos que para otros. La condición humana es la misma en todos, sólo que acompañada por circunstancias muy desiguales: «El que esté libre de pecado, que tire la primera piedra». Y todos, uno a uno, comenzando por los más viejos, comenta el evangelista, se fueron alejando.
Nadie aprueba lo que no se puede aprobar. Pero me da miedo, y ya lo hemos sufrido bastante, que no salgamos de ese círculo míope y opresor de la venganza. Por otra parte, no sé a cuándo -si hablamos en términos no sólamente cristianos sino humanos- dejamos la misericordia y el perdón. Y si alguién dice que no los necesita, es un mentiroso, o un soberbio. El perdonar, también cuando de pecados sexuales se trata, es una dimensión humana de las más nobles. Ya es sintomático que , tratándose del magno delito de un golpe de Estado, Carmona tenga la oportunidad de reconcoer públicamente sus errores y perdir perdón por ellos y tal cosa no pueda aplicarse a delitos mucho menores, aunque se trate de personas como un obispo o un cardenal.
Y, como la solución va acorde con el estudio de las circunstancias, es hora ya de que la Iglesia Católica, oyendo el clamor de sus sectores, revise su moral sexual, cambie su norma disciplinar del celibato obligatorio por la del celibato opcional y acepte la sexualidad como un don de Dios , colaborando así a una más positiva y armónica vivencia y convivencia de las personas.
