INTRODUCCIÓN

09/01/03. Desde el 11 de octubre de 1962 en que yo me encontraba entre los 400.000 cristianos que observaban la entrada de los 2.500 padres conciliares que iban a inaugurar el Concilio Vaticano II  y 40 años después, mi visión de la Iglesia, del mundo, de Dios, de mi misma, ha evolucionado considerablemente. Estudios de sociología, de teología, aunados a un compromiso cotidiano de muchos años con los que “sufren la historia”, más la edad, entre otras cosas, fueron modificando esas percepciones y esas experiencias. Pero hay algo, diría yo, intacto, y es mi aguda conciencia de ser Iglesia.

Dicho este preámbulo, me parece que El Concilio Vaticano II, aunque con más de 400 años de retraso -pues hubiera sido muy pertinente para enfrentar La Reforma-  fue un intento de re-elaborar seriamente la identidad de la Iglesia, y por lo mismo de su relación con el “mundo” en el que está inmersa.

1. LA IGLESIA ANTES DEL CONCILIO

Tomando en cuenta rasgos centrales de la Iglesia a lo largo de la historia, y de manera muy simplificada y sistemática, se podría decir que la Iglesia ha pasado por las siguientes etapa en la configuración de su identidad:

Iglesia Fermento en la época patrística

La primitiva Iglesia era poco visible, se construía desde abajo, y se mantenía, no sin dificultades, el principio de eligibilidad de los obispos. La conciencia de ser una comunidad de seguidores de Jesús era el centro de su vida. La visibilidad de esa Iglesia, inserta en diferentes culturas, era un comportamiento ético, el de construir la fraternidad humana. No lo eran ni los templos, ni los ropajes, ni las estructuras administrativas.

Iglesia de Cristiandad a partir de Constantino

Dice un teólogo que en la época de Constantino, la Iglesia optó por el emperador en vez de seguir optando por Jesús, y que pasó de ser una iglesia perseguida a ser una iglesia perseguidora. Probablemente son afirmaciones un poco exageradas, pero sin duda tienen mucho de cierto. Inspirada tal vez en el planteamiento de San Agustín de que la “ciudad celestial” tiene primacía sobre la “ciudad terrena”, la Iglesia se fue construyendo como una institución jerárquica, poderosa, monárquica, gestora del mundo en un ámbito teocrático. Se inculturó en las estructuras del Imperio Romano asumiendo estilos sacerdotales y legales propios de esa época:  el pontífice, el sacerdocio… Más tarde asumió toda la imaginería mágica del mundo medieval europeo, así como sus estructuras monárquicas. Por supuesto que el Espíritu no dejó nunca de actuar, más a través de personas como Francisco de Asís que a través de los Papas.

Esta iglesia de cristiandad se reforzó con el impulso de defenderse ante el proceso de La Reforma. El Renacimiento que habría podido ser un momento clave en la reconfiguración identitaria de la Iglesia y en su retorno a fuentes evangélicas de estructuración, significó un endurecimiento de sus estructuras y de su discurso. La ruptura demasiado rápida entre el Papa y Lutero, quizás por falta de una intervención mediadora como podría haber sido la de Erasmo de Rotterdam, trajo esas consecuencias. El Concilio de Trento que caló en toda la cristiandad gracias más a la Inquisición que a ningún tipo de prédica y convencimiento, habría de marcar a la Iglesia católica de manera decisiva en los siglos siguientes hasta nuestros días. Nuevamente cristianos como Ignacio de Loyola y Teresa de Jesús intentan renovar desde dentro esa Iglesia y darle un nuevo vigor, aunque poco muevan las estructuras fiundamentales y su identidad misma.

Iglesia a la defensiva, enemiga del mundo

Un nuevo vuelco histórico, la Ilustración y la Revolución Francesa, que atacan a la iglesia abiertamente, llevan a esta última, no a intentar discernir lo ocurrido  y a asumir  las severas críticas del pueblo y de la burguesía, sino a reforzar  su estructura medieval. Esta vez queda encerrada en sí misma y actuando como enemiga del mundo. Pio IX  y su Syllabus son el prototipo de este espíritu que condena la democracia y  la modernidad toda. Y mientras la sociedad secular afirmaba dogmáticamente las verdades de la razón y de la ciencia, la Iglesia reforzaba su dogmatismo institucional e ideológico. Nuevamente la fecunda crítica a la religión y a la Iglesia que impregnaron el Siglo XIX y gran parte del XX, y que podría habernos acercado más al seguimiento de Jesús, es rechazada casi sin ser escuchada. Me refiero, entre otros, a los filósofos de la sospecha: Marx, Nietzche y Freud. Mucho bien le hubiera hecho a la comunidad cristiana  asumir críticas ciertas como la de una religión-ideología encubridora de las contradicciones de la estructura social, una religión alienadora de la conciencia, una religión como proyección de nuestro narcisismo que busca un padre omnipotente, una religión como entristecedora de la humanidad. Una vez más, lo que se defiende es la institución, no la vida evangélica.

2. LOS APORTES DEL CONCILIO

En ese contexto histórico, el Concilio Vaticano II, convocado por ese papa “bueno”, que parecía cura de pueblo y que todos pensaban que iba a ser un papa opaco y de transición, abre las ventanas de la Iglesia y se  propone, esto dicho por el mismo Pablo VI, revisar la identidad de esa institución rebasada por la historia.

16 documentos salieron de esas sesiones convocadas en cuatro períodos. Aún cuando se trata de un corpus heterogéneo, emergen,  a partir del documento sobre la Iglesia ( Lumen Gentium ) y del Documento sobre la Iglesia y el mundo de hoy (Gaudium et Spes), una líneas fundamentales que trastocan, al menos teóricamente, estructuras y visiones precedentes. Estas líneas fundamentales me parecen ser: La concepción de la Iglesia como Pueblo de Dios, la primacía dada al Bautismo sobre cualquier otra realidad eclesial, la aceptación de la acción del Espíritu de Jesús fuera de la Iglesia, y el énfasis en el compromiso histórico. Estos planteamientos ubican automáticamente a la Iglesia en una posición diferente a las anteriores, y en ese sentido el Concilio  Vaticano II es un “parteaguas”. 

La Iglesia Pueblo de Dios, y la primacía del Bautismo

La Iglesia Pueblo de Dios va de la mano con la afirmación de la primacía de la consagración bautismal. De alguna forma se plantea el condiscipulado como lo llama Pedro Trigo, es decir, que “nos vamos haciendo cristianos juntos” y que “no hay más jerarquía que la santidad” (Trigo, Pedro. (2000)  Espiritualidad cristiana y crisis civilizatoria. En  Sánchez, M.E. (Coord.)  Interioridad y Crisis del Futuro Humano.  Ed. UIA GC. Puebla).  Puede afirmarse,  dirá más tarde Remi Parent, (Parent, Remi.(1987) Una Iglesia de bautizados. Para una superación de la oposición clérigos/laicos. Sal Terrae. Santander) que “la condición bautismal constituye un horizonte insuperable de vida, de inteligibilidad y de acción”. “Nada, absolutamente nada de cuanto se vive, se comprende o se realiza puede ser situado por encima o al lado del sacerdocio bautismal, el cual, en principio, expresa la auténtica medida de la dignidad y la responsabilidad cristiana”. Es precisamente esa renovada concepción de la comunidad cristiana lo que llevó a un aporte especialmente relevante, el de la colegialidad al interior de la Iglesia, lo que permitía re-iniciar una evangelización de las estructuras que la conforman, retomando las intenciones iniciales de la comunidad cristiana primitiva.

La acción del Espíritu de Jesús fuera de la Iglesia

La aceptación de la acción del Espíritu de Jesús fuera de la Iglesia, atraviesa muchos textos conciliares aunque no se explicite de esa manera. Se habla del bautismo de deseo, de  la importancia de la libertad religiosa, del ecumenismo. Estos planteamientos llevan consigo enormes consecuencias. El dogma del Concilio de Florencia de que “fuera de la iglesia no hay salvación” se trastoca, ya sea porque el concepto de Iglesia se vuelve más profundo, ya sea porque se descubre una nueva realidad espiritual a través de la historia. Y entonces, dirá Pedro Trigo, la universalidad del acontecimiento cristiano radica, no tanto en los Evangelios, cuanto en el Espíritu de Jesús derramado ya sobre toda carne (Trigo, Pedro. (2001) Crisis civilizatoria y espiritualidad cristiana. Ed. UIA GC, ITESO). No queda más que pasar de una Iglesia proselitista a una iglesia dialogante y sobre todo escuchante, que asume la secularidad como la posibilidad de descubrir más profundamente la presencia de Dios en la cotidianidad. 

La autonomía del orden temporal y la importancia del compromiso con la historia

El énfasis en la importancia del compromiso del cristiano con la historia acompañado de la declaración de la autonomía del orden temporal, autonomía de la Iglesia, no de Dios, problema complejo y de difícil elucidación, abre pistas teóricas y prácticas que poco a poco irán profundizando esa relación Iglesia-mundo, de esa iglesia que está en el mundo, de ese mundo que está en la iglesia.

Estas vías de reflexión abrieron un camino de re-estructuración de la comunidad cristiana, de profundización del concepto de Iglesia, de profundización de la imagen de Dios, y de re-elaboración de lenguaje.

3. LA CONFLICTIVIDAD POST-CONCILIAR

Pero el paso de la teoría a la práctica generó todo tipo de dificultades y polarizaciones. El Concilio significó a la vez un impacto doloroso y esperanzador que probablemente no se supo manejar. Las corrientes que existían previamente, tanto en el ámbito del clero como en el de los laicos, y que de manera simplista se denominaban integristas y progresistas se agudizaron de diferentes formas, según los contextos socioculturales. Desde líneas como la de Mons. Lefevre, hasta la Teología de la Liberación, se dio un abanico de polarizaciones acerca de la identidad interna de la institución, y de su acción externa. Se enfrentaron verticalidad vs. horizontalidad; transformación del mundo vs. misión “religiosa” con toda la ambigüedad de los  conceptos.

¿Pero cuáles han sido los problemas subyacentes a  esa polarización? Probablemente el meollo de esas disputas estaba y sigue estando en una modificación de la relación sagrado-profano, y en una nueva visión de la acción de Dios en el mundo que desdibuja las “fronteras” de la Iglesia.

4. LOS EJES DEL PROBLEMA

La modificación de la relación sagrado-profano

Es bastante obvio en el Nuevo Testamento, que Jesús trastoca la relación sagrado-profano del Antiguo Testamento y que esa postura provoca reacciones violentas. Jesús afirma ser, en adelante, el único mediador entre el ser humano y Dios. Asegura que ya no hay más Padre que Dios, ni más guía o maestro que El. Afirma hacerse presente en la comunidad, pero sobre todo en los seres humanos excluidos de la misma. Por supuesto que los textos evangélicos son paradójicos y solamente se comprenden contextualizándolos. De la misma manera afirma que está presente en sus discípulos entre los que están los apóstoles, a quienes les pide ejercer en la comunidad una nueva forma de autoridad, la del servicio.

La Encarnación de Dios en la historia  y en la historia de los seres vulnerables, parece revelar que toda la realidad es potencialmente Sacramento de Salvación, que todos somos igualmente hijos del mismo Padre, y que ya no hay más intermediación entre el ser humano y Dios que Jesús. La forma cómo Jesús interpela a los apóstoles acerca del “poder”, indica que la Iglesia está llamada a ser, afirma Torres Queiruga, más democrática que cualquier democrácia social (Torres Queiruga, Andrés. (2002) La Democracia en la Iglesia. Revista electrónica Koinonía).

El Concilio, sin quererlo, pone nuevamente en tela de juicio la sacralización de los dirigentes de la comunidad, y con ello la oposición clérigo/laico en términos de religioso/profano como se ha vivido institucionalmente y psicológicamente. González Fauss, un teólogo jesuita catalán afirma lo siguiente (González Fauss, José Ignacio. (1989) Hombres de la comunidad. Apuntes sobre el ministerio eclesial.         Ed. Sal Terrae . Presencia Teológica. Santander):  “En el Nuevo Testamento, la comunidad de vida que brota de Jesús es lo único “sacerdotal”. Deliberadamente, el Nuevo Testamento evita siempre llamar “sacerdotes” a los dirigentes cristianos, comenzando por los mismos apóstoles. La Iglesia ha de tener y tuvo siempre sus dirigentes, pero esos dirigentes no tienen nada que ver con el hecho religioso del “sacerdocio”, sino con el hecho existencial de la vida entregada de Jesús. La tendencia a sacralizarlos es producto del psiquismo humano. Jesús es el único mediador,  y regresar al tipo de sacerdocio sacralizado del Antiguo Testamento es una constante tentación”, insiste el teólogo.

Remi Parent, un téologo redentorista canadiense comenta (Parent, Remi.(1987)  Una Iglesia de bautizados. Para una superación de la oposiciónclérigos/laicos. Sal Terrae. Santander) que las estructuras actuales de la iglesia niegan la teología cristiana, son teístas pero no cristianas. La relación vertical, de arriba a bajo de: Dios-Jesucristo-Clero (Papa, obispos, presbítero), Misa-Iglesia-mundo, reproduce concretamente ese teísmo y es como la expresión de una dicotomía que desfigura a Cristo mediador. La Iglesia se halla organizada hoy de tal manera que, para justificar sus vicios estructurales, debe de recurrir a una cristología que separa lo que en Jesucristo se encuentra unido. La mediación de Jesucristo es explícitamente negada en el momento en que surge la relación misma que da lugar a que haya un clero y un laicado, afirma el teólogo.

Probablemente esa sacralización inadecuada del clero se ha convertido en un obstáculo a la maduración humana y de la fe del pueblo de Dios, incluido la del mismo clero, pero modificar ese esquema es particularmene difícil, por razones psicológicas y de poder, tanto para los laicos, como para los  clérigos y los “religiosos”.

La indefinición de las fronteras de la Iglesia

La percepción acerca de la acción del Espíritu fuera de la Iglesia,  plantea nuevos retos que cuestionan la religiosidad tradicional al interior del catolicismo. Jesús no solo nos revela un Dios compasivo y apasionado sino que nos revela también, en su misma persona,  y en el programa de las Bienavanturanzas, la identidad más profunda de lo humano. Pero además, dirá Trigo, por su Espíritu que está en el corazón de todo ser humano, nos capacita a la fraternidad más allá de toda frontera. Y si hay Espíritu en el mundo, la vida y la historia poseen valor revelatorio. Y esta realidad interpela a la Iglesia a cambiar profundamente mucho de su discurso y de su organización, si quiere ser fiel al seguimiento de Jesús. Pero esta toma de conciencia, que de alguna forma se expresa en el Vaticano II, ubica a la comunidad cristiana ante la incertidumbre, ante el misterio de Dios, y por lo tanto ante una exigencia de humildad y de búsqueda colectiva que al parecer no ha sido fácil asumir en la vida concreta. ¿Acaso no pudo la Iglesia enfrentar ese desafío? ¿Era necesario regresar a certezas pasadas por razones pedagógicas y para evitar una mayor deserción? Regresar a esas certidumbres del pasado ¿no ha producido otra desbandada silenciosa aún mayor?

EL CONCILIO Y JUAN PABLO II

El Concilio había, pues, abierto grandes posibilidades de empezar a revertir ciertos procesos históricos que alejaron a la Iglesia de la propuesta de Jesús. Evidentemente se trataba de un trabajo lento y largo, pero lo importante era ir caminando en la dirección adecuada. Sin embargo la llegada al papado de Karol Woytila, Juan Pablo II, fue un claro retroceso. Sin necesidad de eliminar los organismos colegiados, los volvió irrelevantes y regresó a la estructura de corte monárquico y  sacralizada que se había refrendado en el Concilio Vaticano I. Ha ejercido la autoridad,  no como el obispo de Roma, comunidad con relativa primacía sobre las demás Iglesias, y utilizada solo en caso de necesidad, sino como un hiper-obispo dueño de una especie de diócesis universal, lo cual no  tiene ningún fundamento teológico. Enfatizó la supuesta misión exclusivamente religiosa de la Iglesia, pero llevando simultáneamente, y con supuestos fines religiosos,  una clara acción política fuertemente ideologizada a lo largo y ancho del mundo. Reforzó un dogma desvinculado de la experiencia de la comunidad cristiana, una moral heterónoma y un culto cosificado, con el consecuente refrendo de la dicotomía clérigo-laico. Hasta en los más mínimos detalles, como el de dar la comunión en la mano, regresó al laicado a su minoría de edad. ¿Es el invierno de la Iglesia? como llamó Karl Rahner a este período del que él compartió una parte. ¿Se podrá retomar el  Concilio? ¿Qué es ser católico hoy? ¿Ser incondicional del Papa o ser incondicional de Jesús con la tensión dolorosa que eso supone?

La búsqueda de una identidad cristiana más cercana al  Evangelio, está vigente. Numerosas comunidades por el mundo lo evidencian. Se trata de comunidades en búsqueda de cómo ser católico hoy. Se trata de comunidades que desean ser fermento de  una iglesia comunitaria, profética, comprometida y contemplativa.

Para ser iglesia  comunitaria ¿Cómo vivir el “nosotros en la fe”, que no es la suma de las fes individuales, ni la dicotomía cléro/laico de la que se ha hablado? ¿Cómo no dejar de estar vinculado sa la herencia del testimonio inicial de los apóstoles, sin quedar sofocados por estructuras y andamiajes no cristianos? ¿Cómo vivir la mediación de la comunidad sin sacralizaciones inadecuadas pero también sin sectarismo insanos?

Para ser iglesia profética y comprometida ¿Cómo vivir en Iglesia de modo a evidenciar que toda la realidad es sacramento de salvación, y que esa salvación se arraiga en la construcción de la fraternidad?

Para ser Iglesia contemplativa, ¿cómo agudizar nuestra alma para descubrir que a través del saeculum se cuela siempre el Espíritu de Jesús y reforzar la convicción de que hay una fecundidad subterránea que trasciende la cotidianidad?

Para ser una Iglesia madura ¿cómo caminar juntos con espíritu ecuménico y ayudándonos unos a otros, cristianos o no,  a crecer?

Para terminar quiero compartir mi convicción esperanzada de que la autenticidad se vive más en los subterráneos de la realidad que en la superficie y que desde los subterráneos, eso que llamamos Iglesia se vincula con toda la humanidad, asumida toda por Cristo.

*11/11/02