ABORTO Y EXCOMUNIÓN EN NICARAGUA
XABIER PIKAZA
25/02/03. Hay noticias que te clavan en el suelo y te dejan en silencio, con ganas de quedar parado, así, por muchos días: Una niña de nueve años, violada y enferma, a la que hacen abortar, sin saberlo quizá ella. Desconozco los detalles sobre el tema, pero todo me resuena, como si ella fuera mía, de mi propia hija: Lo que pensaría y pensará, lo que buscó su violador, lo que han sentido y sufren sus padres y familiares, lo que siente y busca aquella gente de Nicaragua, que es la nuestra. Sólo me queda la inmensa rabia de la vida rota en la que quisiera escuchar una palabra de esperanza. Y después, al final, llega implacable la sentencia: «La Iglesia católica de Nicaragua excomulga a todos los que tenían conocimiento de causa de que el aborto era deliberado: padres, médicos y personal paramédico, abogados, todos los que conocían que el aborto era deliberado» (La Razón: 25, II, 2003). La Iglesia que dice seguir al Jesús de los niños y los pobres, de los excluidos y rotos, responde con Derecho Canónico a una familia rota.
No tengo respuesta teórica, pues la única sería hacerme y hacernos de verdad padre o madre de la niña, escuchar sus razones, compartir su llanto o, simplemente, quedar en silencio y compartir la vida con ellos y, de un modo especial, con ella, descubriendo de nuevo la tierra a través de sus ojos. La única respuesta sería estar allí, jugar y esperar con la niña, abrir un camino de ternura y humanidad, para ella y para otros millones de niños y niñas de la «Ciudad de Dios» que este mundo de violados y oprimidos, abandonados y ultrajados. No puedo hacerlo, pero me atrevo a ofrecer en relación con este caso una reflexión entrecortada, con deseo de compartir dolores y tareas, no de enseñar nada desde fuera.
1. Estoy en contra del aborto, pues cada vida que nace es nacimiento de Dios, es Dios mismo, para decirlo en un lenguaje confesional cristiano. Dos tareas principales y dos grandes problemas existen actualmente sobre en el mundo. (1) Vivir sin matarnos, superando con perdón y diálogo una guerra que puede destruir la vida en el planeta, ahora, febrero del 2003. (2) Engendrar a otros en amor, ofrecer y recibir cada vida como un regalo sorprendente, en respeto admirado y amor intenso. Amarnos unos a los otros, en intimidad abierta, para que tenga sentido cada nacimiento y cada niño puede empezar y recorrer en libertad compartida su vida. Esa es nuestra tarea más honda. Por eso, soy contrario en principio a todo aborto, pues allí donde se empieza por negar o manipular el origen de la vida se termina negando la vida, en un camino que puede llevarnos muy pronto a la destrucción eugenética (=disgenética) de la humanidad. Asumiendo sin más una vía de divorcio y manipulación genética podemos negar al fin la vida del Dios Padre-Madre del que provenimos.
2. La opción por el nacimiento de la vida ha mantenido en pie a la humanidad, como supieron los profetas de Israel cuando anunciaban el “nacimiento de un niño” (cf. Is 7, 14) y como ha repetido la mejor historiadora judía de los horrores del totalitarismo moderno, H. Arendt (La condición humana, Paidós, Barcelona 2002). Nuestra existencia sólo tiene sentido en el mundo porque somos vivientes “natales”, es decir, porque creemos y esperamos en el nacimiento de una vida mejor, porque deseamos que se abran las puertas de un mundo más claro y humano para los niños que van a nacer (como celebran los cristianos en la Navidad). Lo que más me importa es que la vida de los niños del futuro pueda nacer y creer en libertad gratuita y compartida, por encima de los horrores de actuales de la guerra económica y social que nos amenaza. Creer en Dios significa hoy, igual que hace 2700 años, en tiempos de Isaías, creer que el niño puede nacer y nacerá de buena madre. A. Machado dijo, en tiempo duros: “Españolito que vienes al mundo, te guarde Dios. Una de las dos Españas te va a helar el corazón” («Proverbios y cantares LIII»: Campos de Castilla CXXXVI). En contra de eso, quisiéramos decir, a cada niño que nace: “Españolito, nicaragüense o yanqui, Dios te salve; el Dios de la vida de los hombres y mujeres de la tierra, de tus padres, tus hermanos, tus amigos, va a ensancharte día a día el corazón”.
3. Estoy convencido de que la Iglesia de Jesús tiene esta tarea básica, la de mantener vivo el ideal y experiencia de Navidad: Es hermoso nacer; cada niño que nace es Dios naciendo y debe ser recibido como Dios por una familia de iglesia o comunidad extensa, de padres y hermanos, de amigos y amigas que le reciben y ofrecen promesa y camino de vida, rodeando a su familia más pequeña. Esto no se dice con palabras ideológicas, ni con programas sacrales, esto se vive en el día a día de la casa y de la escuela, del huerto y del camino. Esto no se airea en documentos oficiales, sino que se recoge en el aliento del amor y crecimiento compartido que deben ofrecer los cristianos. El día el que falte este deseo de engendrar vida y recibirla en amor (en la casa cristiana o en la gran casa humana) la humanidad acabará destruyéndose a sí misma, convertida en pura máquina de disputa, lucha y muerte. El día en que la iglesia sea incapaz de “bautizar”, es decir, de ofrecer un espacio de vida familiar y compartida a los niños que nacen y cuyas familias quieren bautizarles ella acaba, ser termina.
4. Por eso, me hubiera gustado que la iglesia de Nicaragua y la del mundo entero se hubiera limitado a ofrecer casa al posible niño que va a nacer. Que sus obispos fueran padres y madres, sus presbíteros niñeras, sus fieles simplemente amigos, para la niña violada, para los padres de esa niña. Que no digan nada en documentos, en los que parece que tienen siempre de antemano la razón y la sermoneen, que no excomulguen, sino que sean lo que parece pedirles el evangelio: Una comunión viva, una mano abierta y derecha de vida, allí donde las cosas se han torcido o se han vuelto prácticamente imposibles de resolver. Sólo puede excomulgar así, de antemano y desde fuera, alguien que nunca ha sido violado como la niña, o no ha tenido hijas violadas, o no ha debido sufrir el horror del trabajo esclavizante en cafetales o campos de infierno. La iglesia no está para excomulgar a los que sufren, como sufren, sin duda, los padres de la niña y sus amigos, sino para sufrir con ellos en silencio, más allá de las razones y para ofrecerles una casa grande de acogida, respeto, silencio, de manera que unos y otros puedan comenzar de nuevo, allí donde la vida parece que se ha roto, integrando, si fuera posible, a los mismos violadores, cambiados, transformados, para dar así una oportunidad de vida a la niña y a sus posibles hijos del futuro.
5. La solución no la sé, quizá no exista solución inmediata, de manera que debemos acostumbrarnos a vivir perplejos, pero con amor, como en un contexto bastante cercano nos ofrece el evangelio (Jn 8, 1-7). Le traen a Jesús una mujer, cogida en adulterio, quizá violada, quizá consentidora, no se sabe. Los buenos obispos y presbíteros judíos de entonces, con la Ley en la mano (con su Derecho Canónico), dictan sentencia de excomunión y de muerte. Esto es lo que debería hacerse, para que la tierra quede limpia de este tipo de pecado que parecen ser las adúlteras. Pero Jesús no se molesta ni en mirar el libro de la Ley le ofrecen. Les mira a ellos y a la mujer, uno a uno, a todos, y después escribe en el suelo una “sentencia” que nos sabemos lo que decía, quizá para que la lleve el viento, pues cada caso es cada caso y no se puede universalizar. Después de haber escrito así, en la tierra común, dice a los excomulgadores: «Quien esté limpio de pecado que tire la primera piedra». No da teorías, no las hay. No inventa soluciones limpias, no hay “buenos” que puedan imponer su ley a los demás. Hace que todos se miren a las manos, pues las tienen manchadas. De esa forma, Jesús les mira y quiere que ellos se miren unos a otros, aceptándose como son, es decir, como pecadores o necesitados.
6. Vete en paz y no peques más. Así acaba el texto del evangelio. Todos se han ido, descubriéndose pecadores. Entonces Jesús despide a la adúltera. También ella tiene que irse otra vez, a la vida fuerte, a la vida dura. Jesús no se hace ilusiones: Ella no es tampoco inocente (aunque quizá en este caso ha sido violada); por eso tiene que ir con los demás, como todos los demás, para construir una vivencia y convivencia distinta, desde el perdón, que es el único poder que nos permite vivir, como sigue escribiendo la judía A. Harendt, a la que ya hemos citado, refiriéndose a Jesús, después de haber pasado revista a los campos de exterminio y guerra del mundo moderno. Arendt nos recuerda que la aportación suprema de Jesús a la cultura humana es el perdón, un perdón no impositivo, que no va pregonando sus valores, que no declara superior a nadie, que puede ser acogido y ofrecido por todos. Amarnos en perdón, ese es el secreto y tarea de una vida, si es que ella quiere futuro. Ciertamente, el caso de esta niña violada es diferente. No sé cómo era, no me atrevería a mirar a sus ojos pero me atrevo a pensar pienso que no es culpable (como podía ser la adúltera). Es ella la que tendría que perdonarnos a todos, si pudiera, poco a poco, algún día. Y para ello me gustaría que le pudiéramos decir, todos a una, en silencio frágil, pero lleno de esperanza: Vete en paz y que tus padres te amen. Pues bien, en contra de eso, los obispos de su tierra (con la bendición de los obispos de otras tierras, como las de España), dejan que la niña vuelva a la casa de unos padres a los que han excomulgado. Es como si le dijeran: “Rosa, niña; te han violado, lo lamentamos, pero ha sido así; ahora tendrás que sufrir el dolor y la vergüenza de vivir con unos padres excomulgados, que no han sabido amarte de verdad”. ¿En qué habrán pensado los obispos para decir eso, para excomulgar de esa manera a unos padres que no tienen más delito que el dolor de que otros (a los que no se excomulga) han violado a su hija? Es evidente que estos obispos han leído demasiado Derecho Canónico, es evidente que no han leído nada de evangelio; no han leído los relatos de la pasión ni, por ejemplo aquellos textos donde Marcos habla del valor de una buena relación entre niños y padres (Mc 5, 7, 9).
7. Nos han excomulgado a muchos. Ciertamente, esos obispos parecen estar al margen de la vida real y sus contradicciones. Otros hemos entrado alguna vez en ellas. Como he dicho, son totalmente contrario al aborto. Pero después, en la práctica, me he visto implicado por cristianos en algunos casos difíciles, duros, de mujeres que han sentido que no tienen más salida que el aborto. Cada una con su tragedia, cada una con su angustia, cada una con su muerte. He hecho lo posible por lograr que no abortaran y en algún caso lo he logrado. Pero en otros no he tenido otra respuesta que la de estar, estar allí en silencio, dar la mano, dar un abrazo, una asistencia moral, incluso una ayuda humana. Pero nunca he tenido atrevimiento de ser duro con ellas o de decirles que están excomulgadas. Pueden decirme que les he ayudado a abortar. Si no entiendo mal la sentencia de los obispos de Nicaragua también yo estoy excomulgado, con otros muchos cristianos, incluidos monjas y presbíteros, que viven en las zonas de conflicto, que tienen que tratar con la gente real. Muchos de nosotros hemos creído que la forma de estar contra el aborto no es dictar sentencias, ni dar excomuniones, sino acompañar humanamente a la gente humana que sufre, sabiendo que podemos ser amigos de Dios y amigos unos de los otros con las manos así ambiguas o sucias, pero sucias de solidaridad, que es la que limpia todas las manchas.
8 Estoy seguro de que la Iglesia de Nicaragua es mucho más que esos obispos que, quizá sin quererlo, por imperativo superior, han excomulgado a los padres de la niña. Estoy seguro de que de que ellos, los padres de la niña, allá en Nicaragua encontrarán otros cristianos, que dejarán olvidarán, que negarán, esa excomunión y ofrecerán a los padres y a la niña un tipo de comunión respetuosa y fuerte, como la que Jesús quiso ofrecer a niños y padres. No es que bendiga el aborto, no es que lo apruebe, sino todo lo contrario: Quiero colaborar a la construcción de un mundo donde no haya abortos, porque no hay violaciones, sino libertad. Quiero colaborar a la construcción de un mundo transparente donde hombres mayores y niñas puedan pasear y trabajar en cafetales de paz, sin represiones morbosas y sin miedos de violación, donde no se repitan día a día, noche y día, los casos como este… Este deseo es una utopía que está en la Biblia cristiana y en los discursos del Señor Don Quijote. Es una utopía que está viva en la mejor Nicaragua llena de hombres y mujeres cercanísimos, de paz sonriente, a pesar de la pobreza y de casos como este.
9. Cuando un necio toma una linde, la linde acaba, el necio sigue. Este refrán castellano me ayuda a terminar las reflexiones. Si se toma en forma necia la linde de la Ley (sea la de Israel, sea el Derecho Canónico) se corre el riesgo de seguir con la pura ley, cuando no existan ya lindes, matando incluso a Jesús y a los que son como Jesús, como sabe el evangelio. Esto los sabían de algún modo los mismos romanos cuando decían Summum ius summa iniuria (La justicia suprema se vuelve injusticia suprema. Cicerón: De Officiis, I, 10, 33). Más allá de la justicia hay algo más grande: el Reino de Jesús, la Gracia de la que habló Pablo. Por eso, en unos tiempos en los que está bajo sospecha y juicio civil la actuación sexual (de violación y pederastia) de algunos ministros de la Iglesia, en unos tiempos en que la jerarquía de la Iglesia ha querido ocultar sus posibles complicidades, nos parece necio (y anticristiano) excomulgar a los padres de esta niña. La iglesia no está para excomulgar a nadie, sino para ofrecer comunión a todos. Pero si a alguien hubiera que excomulgar sería a los violadores prepotentes, a los ministros pederastas y a todos los que, de una forma u otra, con palabras de paz, están empeñados en hacer que la guerra estalle en el mundo. Este debería haber sido un caso para llorar juntos, para mirarnos luego a los ojos y para empezar todos un camino de paz.
