27/02/03. Los participantes en el Foro Cristianos en Búsqueda, hombres y mujeres creyentes y con diversos ministerios en la Diócesis de Zaragoza, queremos comunicaros algunas reflexiones el día en que nuestro Arzobispo Elías cumple los 75 años y tiene que presentar su renuncia al cargo.

– Felicitamos al Arzobispo y, en este tiempo de jubilación que para él va a comenzar, pedimos al Padre que le acompañe por medio de su Espíritu en los pasos que va a continuar dando siguiendo a Jesucristo, que es Camino,  Verdad y Vida, al tiempo que le agradecemos cuanto de bueno y generoso nos ha ofrecido durante los años en que ha estado entre nosotros.

– Esperamos que la etapa que va a comenzar nuestra Diócesis sea fecunda en la construcción del Reino de Dios, tarea fundamental de nuestra Iglesia llevada de la mano por el que es Padre de todos y animada por su Espíritu que habita en nosotros. Estamos dispuestos a colaborar humildemente en esta tarea, con ilusión y entrega, dentro del Pueblo de Dios presente en esta tierra y que venera a Santa María del Pilar como la primera impulsora de su evangelización.

– Hacemos nuestros, una vez más, los principios de comunión-comunidad, corresponsabilidad, evangelización y misión que fueron subrayados por nuestro último Sínodo Diocesano y aprobados en asamblea de cristianos y cristianas presidida por el Arzobispo.

– Consideramos que la Iglesia Diocesana, que vive a principios del siglo XXI en medio de los gozos y las esperanzas, las tristezas y las angustias de la gente, tiene ante sí una serie de retos que exigen de ella un esfuerzo renovador, solidario,  imaginativo e ilusionante para afrontarlos sin más dilaciones. Entre ellos queremos destacar los siguientes:

1) El reconocimiento efectivo de la mayoría de edad en la Iglesia que nos da nuestra condición de bautizados. Esto debe llevar a asumir el pluralismo dentro de la misma; a una plena corresponsabilidad en los diferentes órdenes, incluida la relación de nuestra Iglesia local con la Iglesia de Roma; a una modificación de las actuales estructuras eclesiales basadas en gran medida en criterios territoriales más que funcionales (jóvenes, cultura, universidad, inmigrantes, mundo obrero, mujer…); al desarrollo de una concepción eclesial basada en carismas y ministerios; a confiar a los seglares la dirección de organismos diocesanos, empezando por las parroquias; a reconocer eficazmente la igualdad de derechos y deberes de hombres y mujeres en la Iglesia; a replantearnos, en definitiva, nuestros esquemas pastorales.

2) El fuerte envejecimiento de quienes formamos parte activa y visible de esta Iglesia, que repercute mucho en la mentalidad y el funcionamiento de las estructuras diocesanas. Tenemos que afrontar sus causas y rejuvenecer la Iglesia viviendo como forma alternativa el seguimiento de Jesucristo, acogiendo y yendo al encuentro de los jóvenes y de los inmigrantes.

3) El reconocimiento de que no siempre hemos estado del lado de los marginados. Nos hemos limitado, por lo general, a acompañarlos en sus prácticas religiosas, asistirlos y consolarlos. Pero no nos hemos puesto a su lado desde el punto de vista estructural, ni nos hemos volcado en pro de la igualdad e inclusión de los mismos, ya que seguimos alineados con este sistema que produce pobreza y marginación.

4) La vivencia del principio de austeridad de las bienaventuranzas de Jesucristo de modo que presentemos un estilo de vida renovador en la sociedad actual. Para ello es imprescindible que lleguemos por fin a la autofinanciación como Iglesia e incluso a la de las personas que ejercen los diversos ministerios. Necesitamos también reflexionar en profundidad sobre el patrimonio diocesano, sobre la propiedad del mismo y su utilidad cultural y social.

5) El compromiso misionero de todos. Se impone una revisión de nuestro actual estilo de evangelización (presencia, medios, lenguaje, pedagogía…) que nos lleve, entre otras consecuencias, a reorganizar y purificar nuestras dedicaciones pastorales (prioridades, destinatarios, horarios y espacios).

6) El surgimiento, fuera de la Iglesia, de múltiples movimientos y organizaciones que buscan y trabajan poniendo por delante a los más desfavorecidos y que, sin ser en todas sus expresiones herencia evangélica, muestran un talante muy próximo al de Jesús de Nazaret, siendo para nosotros un signo del Reino de Dios. Necesitamos, por eso mismo, colaborar con ellos en plano de igualdad, sin sentirnos depositarios de una verdad u honestidad superior.

7) El diálogo interreligioso, que parte de la oración de Jesucristo de que «sean uno», especialmente necesario a causa de la llegada de inmigrantes con confesiones y creencias diversas. Para ello habría que replantear los valores que la Iglesia presenta, distinguiendo entre lo que constituye lo esencial de su ser y misión, y lo añadido a lo largo de los siglos como respuesta a las situaciones del momento pero que puede ser modificable.

8) La formación de las personas, desde la vida y para la vida, con el fin de ser testigos de Jesús comprometidos con el mundo. Es necesario suscitar procesos que lleven a una comprensión más viva y profunda  de la realidad del Dios hecho hombre, así como de lo humano asumido por Dios como lugar de encuentro, para dar de esta forma una respuesta adecuada a las necesidades de los hombres y mujeres de nuestro tiempo.

9) Lo rural, lo aragonés y lo mundial. Una cuarta parte de población rural de nuestra Diócesis vive situaciones específicas y necesita sus propias soluciones. Nos reconocemos formando parte de Aragón, ubicado en un contexto español, europeo y mundial, y al que han venido otros ciudadanos del mundo a convivir con nosotros en busca de trabajo y de oportunidades de una vida más digna, que nos enriquecen con sus valores, nos rejuvenecen y practican la solidaridad humana y económica con sus familias que han quedado en sus países de origen.

10) Nuestra vinculación a la Iglesia aragonesa y universal compartiendo problemas y búsqueda de soluciones, entre ellas la mejora de las estructuras eclesiales y la forma de nombrar a sus responsables contando con el parecer de todos, siguiendo aquel principio de la vida eclesial: «Lo que a todos atañe, por todos debe ser tratado y aprobado». Reconocemos igualmente el impulso evangélico que nos llega de otras Iglesias, sobre todo de aquéllas del “Sur” con quienes tenemos vínculos afectivos y de colaboración.

Hacemos, finalmente, una llamada al diálogo y al debate fraterno sin exclusiones ni condenas; al mutuo acercamiento y comprensión aunque sea desde posiciones muy divergentes; a abandonar inmovilismos y ponernos en camino de forma corresponsable; a sumar todas las ilusiones, todos los carismas, todos los esfuerzos; una llamada, en definitiva, al seguimiento de Jesucristo en medio de los empobrecidos porque ése es el lugar idóneo desde el que colaborar con el Padre en la construcción de su Reino.

*16/02/03