COMPRENDER LA RESURRECCIÓN HOY*
ANDRÉS TORRES QUEIRUGA, teólogo, profesor de la Universidad de Santiago de Compostela
MADRID
Introducción: la fe común en explicaciones diferentes
09/05/03. Voy a hablar de un tema delicado, candente, de hoy y de siempre. Es raro que se publique algo sobre este tema de la resurrección, que no cree controversia y genere acusaciones. Voy a hacerlo, tratando de resumir un libro, que está ya publicado en gallego y pronto aparecerá en castellano. Posiblemente originará también sus discrepancias; espero que queden situadas en la teología, no en la fe.
Es importante esto último. Me interesa mucho dejar claro lo que es básico en nuestra fe sobre la resurrección de Jesús y lo que son interpretaciones, teorías, intentos más o menos acertados de explicar esa fe. La explicación teológica es algo secundario y al mismo tiempo importante, porque la fe tenemos que vivirla en nuestro tiempo, en nuestra cultura, y no podemos seguir aceptando cosas que al hombre y a la mujer de hoy se le ofrecen como pueriles, absurdas, sin sentido. Interesa recuperar la experiencia de la resurrección de los primeros discípulos, para entenderla mejor hoy y para, como ellos entonces, vivirla mejor.
Nuestra fe en la resurrección no puede seguir fundamentándose en unos fenómenos rarísimos, en experiencias supra-naturales que habrían tenido los primeros apóstoles. Si realmente sucediesen así, harían que para ellos la resurrección dejase de ser objeto de fe, dado que se les presentaba como algo visible, tangible, mensurable, que había que aceptar como evidente. Pienso que lo que los apóstoles vivieron cuando descubrieron la resurrección de Jesús debió de ser lo más parecido a lo que hoy nos sucede a nosotros, cuando nos ponemos ante esta realidad. Para entenderlo así, tendremos que morir a muchas cosas que se nos han dicho, para poder entrar en una más verdadera y actual comprensión de la resurrección.
La Resurrección no comienza en el NT. Jesús y los apóstoles creían en la resurrección. De hecho, vemos a Jesús hablando varias veces sobre este tema; sobre ella tiene incluso discusiones con los saduceos, dando su interpretación personal ante la pregunta trampa que le hacían: quién será en la otra vida la mujer del esposo que ha tenido varias esposas.
Jesús y los apóstoles creían en la resurrección de los muertos
Es importante empezar por el principio. ¿Cómo se llegó a esta fe en el AT? Dos fueron los caminos decisivos. Primero, por la fidelidad de Dios. Si Dios nos quiere con un corazón de padre-madre, no es lógico que nos deje caer definitivamente en la muerte. Se trata de una certeza que con unas u otras palabras aparece con frecuencia en el AT (y, en el fondo, en todas las religiones). Segundo, por el sufrimiento del justo. Se comienza a hablar de una forma explícita de la resurrección a partir del libro de Daniel y más claramente en el libro de los Macabeos. Ante el sufrimiento injusto del inocente, ante el martirio de los fieles al Señor, se decían: esto no puede quedar así, no puede ser lo definitivo. Era la única forma de salvar la coherencia de la fe ante el final traumático de unos hombres que, precisamente por ser buenos y piadosos, eran ejecutados. Posteriormente incluso aparecen figuras individuales rescatadas de la muerte, como Elías, Eliseo Moisés, Abrasan, Isaac, Jacob…, personas modelo por su santidad o importancia histórica, Se va comprendiendo lentamente lo que dirá Jesús con toda claridad: Dios es un Dios de vivos, no de muertos. Dios no nos deja definitivamente en la muerte.
Problema distinto es: ¿cómo es la nueva vida de estas personas? ¿Cuándo se produce la resurrección de los muertos? ¿Dónde están? ¿Cómo son?… Son preguntas que no se plantean o, si se la plantean, no encuentran una respuesta ni clara ni única. Lo más importante es que en el AT se llega a aceptar el hecho de la resurrección sin acudir a ningún milagro, sin tumbas vacías, sin ángeles que se aparecen, sin apariciones de difuntos. Esta es la fe que debían de tener los apóstoles y debía de tener el mismo Jesús.
Los apóstoles nunca dejaron de creer en Jesús
No puede ser verdad que los apóstoles dejaron de creer en Jesús, que le traicionaron cuando los acontecimientos de la pasión; y que después, con la resurrección, comenzaron de nuevo a creer en él. Se trata de una clara “dramatización” literaria, de carácter apologético para hacer verosímil la primera predicación. En realidad, tomado a la letra es algo tremendamente ofensivo para los apóstoles e inverosímil para nosotros, tanto desde el punto de vista psicológico como del histórico.
Pensad, por ejemplo, en los seguidores de Ellacuría… El día que lo mataron, todos huyeron y se escondieron: eso es algo que hace todo el que tiene sentido común en un momento de persecución. Pero ¿por eso dejaron de quererle y de “creer” en él? ¿No pasó justamente todo lo contrario? Cuando los apóstoles descubrieron, por la forma de morir, hasta donde fue Jesús consecuente con lo que predicaba y hasta donde fue tremendamente fiel a sus ideas, la reacción no podría ser otra que una mayor valoración, una más grande admiración y una mayor fe en su persona.
¿Qué debió de pasar en los apóstoles?
Partiendo de esta vivencia sobre la vida y la persona de su amigo y maestro Jesús, los apóstoles, ante el hecho inexplicable de su crucifixión como un maldito, tuvieron que plantearse un interrogante: esto no puede quedar así. Y la contestación lógica y vivencial, que enlazaba con su fe, fue: Jesús sigue vivo, Dios no le ha dejado caer en la nada de la muerte total.
Intuyeron y aceptaron esta realidad: que Jesús al morir no quedó aniquilado, sino que sigue vivo, él mismo, en persona; sólo que ahora en la plenitud de Dios, y desde Él presente en la comunidad. De tal manera, que los evangelistas pusieron más tarde en la boca Jesús las palabras magníficas: “donde dos o tres se reúnan en mi nombre, allí estoy yo en medio de ellos”. Y está realidad que ellos creían y experimentaban desde su fe, sólo era posible y verdadera, porque Jesús estaba resucitado. Porque estaba resucitado y glorificado, superaba las limitaciones de la materia y del tiempo. Por eso lo narran apareciendo de repente, traspasando paredes y como alguien irreconocible. Y por eso nosotros creemos que puede estar aquí en nuestra reunión, en nuestras eucaristías, en nuestro trabajo por la justicia… y, al mismo tiempo, en otra comunidad distante, en África, Asia o América.
Consecuentemente los apóstoles creyeron en la resurrección, y lo mismo tenemos que creer también nosotros, como en una realidad metahistórica: más allá del tiempo astronómico y del espacio físico. Un ser resucitado es necesariamente una realidad nueva, no visible, no audible, no tangible; pero no porque sea menos, sino porque es inconmensurable e infinitamente más. Un ser resucitado no necesita un cuerpo material, ni puede tenerlo, porque le limitaría, le haría de nuevo carente, menesteroso y mortal. Por eso, si vemos, oímos o palpamos algo de manera física y sensible, no puede tratarse de un resucitado: tiene que ser o una imaginación o un objeto material, físico, situado dentro de un espacio y de un tiempo, y en consecuencia no podrá ser un cuerpo glorioso, un cuerpo resucitado.
Comprender hoy el origen de la fe en la resurrección de Jesús, es comprender que unas personas, que ya tenían fe en la resurrección en general y que estaban profundamente impactadas por la presencia, la bondad y el carácter definitivo de la predicación y la vida de Jesús, al encontrarse con el drama terrible de la crucifixión, tuvieron la certeza de que Jesús no podía estar muerto y aniquilado, que Dios no podía consentirlo, y confiesan: Jesús está resucitado. Y como esto es verdad, como el Dios que están viviendo es el Dios-que-ha-resucitado-a-Jesús y Jesús es ya el Cristo-resucitado, realmente presente en sus vidas, todo el proceso está sostenido por esa presencia trascendente, pero real (también descubrimos a Dios como real, aunque su presencia es trascendente y no física o sensible: “a Dios nadie le ha visto”).
El carácter de los textos
Los textos evangélicos sobre la resurrección, en cuanto los lee con un mínimo de atención crítica, cualquier persona advierte que representan un auténtico caos. ¿Dónde se apareció por primera vez: en Jerusalén o en Galilea? ¿A quien primero: a las mujeres, a Magdalena o a Pedro? ¿Sucedió todo en domingo, como dice Lucas al final de su evangelio o durante cuarenta días, como él mismo dice en el libro de los Hechos? Dependiendo del evangelista o del texto que escojamos, las respuestas serán radicalmente distintas… y los intentos de amaño, en lugar de arreglarlo, ponen todo mucho peor.
Además ¿quiénes escriben esas narraciones? Ningún testigo, por supuesto, puesto que no hubo testigos de la resurrección. Se trata de escritos redactados por gente de la segunda o tercera generación, fuera de Jerusalén y muchos años después; influidos por una predicación homilética, kerigmática, que necesita impactar la imaginación, en un ambiente muy predispuesto a este tipo de narraciones. Están dirigidos a comunidades que tienen ya una fe: Jesús está vivo, está resucitado, está junto a nosotros. Y escriben para alimentar esa fe y suscitar unas actitudes creyentes, por eso se expresan con ejemplos, parábolas, símbolos y comparaciones. Un ejemplo muy evidente es la narración de los discípulos de Emaús: una maravillosa catequesis eucarística, que por cierto no argumenta con apariciones, sino con la meditación y la reflexión de la Escritura.
¿Le vieron, entonces, los apóstoles realmente? ¿Comieron con él? ¿Metió Tomás el dedo en la llaga de su costado? A un resucitado, libre de las limitaciones e impedimentos del cuerpo material, no se le puede ver, ni oír, ni tocar. Si se le ve, no será un resucitado. Es como cuando santa Teresa dice que vio al niño Jesús y habló con él: es algo imposible y absurdo, porque el “niño Jesús” no existe, dejó de existir cuando se hizo joven. Y, sin embargo, no pensamos que Teresa no mintió: ella se imaginó sinceramente que lo veía. Es muy posible que algo así haya podido pasar en los apóstoles y las mujeres, y que los evangelistas posteriormente lo adornasen con detalles y consideraciones con fines catequísticos y homiléticos.
Lo evidente es que no podemos captar por nuestros sentidos nada que no sea físico o psíquico, en un espacio y un tiempo concretos, y un resucitado escapa a estas limitaciones nuestras. Las apariciones explicadas en los evangelios pueden responder a experiencias psicológicas, nunca a experiencias “físicas”. En la aparición a Tomás aparece claro: por un lado, atraviesa las paredes (luego, sin ofrecer resistencia física) y, por otro, hace que Tomás toque físicamente la llaga de su costado (luego, ofrece resistencia). Juan y Lucas llegan a describirlo comiendo. Seguramente la intención profunda es la de presentar al Jesús resucitado como el mismo de siempre, con el mismo perdón, el mismo cariño y la misma llamada a la misión. Pablo, cuando le preguntan por el cuerpo resucitado, habla de la resurrección como de una semilla que se siembra y que luego nace como algo totalmente distinto: tan distinto, que habla de un “cuerpo espiritual”; lo que era material, carnal y corruptible se convierte en algo incorruptible. Si las narraciones viniesen de la boca de los mismo apóstoles —cosa nada probable—, podrían decir que le habían visto e incluso hablado y comido con él, y no mentirían; pero no estarían hablando de experiencias sensibles. Y posiblemente estas visiones extraordinarias, narradas más tarde por otros, no tuvieron lugar.
Ellos, los primeros, pero en el fondo igual que nosotros, creyeron en la resurrección.
¿Qué pasó en el sepulcro?
¿Quisieron los evangelistas dejar claro que la tumba estaba vacía? ¿Pudo ser arrojado su cuerpo a la fosa común, como era costumbre con los ajusticiados? ¿Estamos ante noticias históricas o teológicas? ¿Qué sucedería, si algún día apareciese el cadáver de Jesús? Ante estas y otras muchas más preguntas que cabría formular, conviene pensar ante todo en algunos datos fundamentales. Un cadáver que se levanta, no es un resucitado; sería, en todo caso, un “revivido”, que volvería a su anterior condición mortal. Por otra parte, ¿tiene algún sentido hablar de un cuerpo material que pasase a ser inmaterial? Si Jesús resucitó, no pudo hacerlo con su cuerpo físico: “la carne y la sangre no heredarán el Reino de los cielos”, dijo san Pablo. Y si su cuerpo físico no puede resucitar, ¿qué sentido tendría su desaparición? ¿sería aniquilado? Y fijémonos en que, cualquiera que sea la hipótesis que se adopte, el resultado es siempre el mismo: nuestra relación real con el Resucitado es la misma, es decir, con alguien trascendente al que no podemos ver ni tocar. Por otra parte, si el cuerpo físico perteneciese a la resurrección, en los “tres días” de espera ¿qué o quién era Jesús? ¿Una alma esperando un cuerpo? ¿Un cadáver esperando una alma? … Se experimenta un fuerte pudor al plantear estas preguntas, que podrían alargarse; pero nacen justamente de un (mal) planteamiento que las hace inevitables, si queremos ser intelectualmente honestos.
En cambio, todo se hace mucho más normal, humano y coherente, si advertimos que la resurrección no incluye la desaparición del cadáver, que no tiene qué ver con él. El Cuarto Evangelio insinúa ya un camino mucho mejor, al hablar de la cruz como “exaltación” (hýpsosis), en el doble sentido: en un plano, Jesús es elevado físicamente en la cruz; en otro, es glorificado ya en el Padre. “En tus manos pongo mi vida”: Jesús “murió hacia el interior de Dios”. Por eso en el NT, junto a la terminología de la resurrección, su usan otros símbolos, como “despertar”, “exaltación”, “glorificación”, “entrar en la vida”, “ser constituido en Señor”…
Morir es resucitar
Es decir, que, abandonada la representación imaginativa de la resurrección como la vuelta de un cadáver a la vida, se hace mucho más fácil comprender lo decisivo. La muerte es un tránsito, un nuevo nacimiento de la misma persona, pero en un modo de vida radicalmente distinto. Una vida que no es indiferente o totalmente independiente del cuerpo mortal, puesto que quien resucita no es un “espíritu puro”, sino alguien con una identidad forjada aquí en el cuerpo material (y por lo tanto es alguien “corporal”, aunque en un modo nuevo). Es lo que la tradición trató siempre de expresar, hablando de “resurrección de la carne” o “con los mismos cuerpos y almas que tuvieron”.
Lo importante es que en el destino de Jesús se hizo definitivamente claro que morir es ya resucitar. De ahí que, aunque había algunos antecedentes —como cuando se habla de algunos individuos especialmente significativos que ya están vivos en Dios y, sobre todo, de Jesús como “Juan Bautista que ha resucitado de entre los muertos”—, por primera vez se afirma de alguien, con toda concreción y consecuencia, que está ya vivo, sin tener que esperar al final de los tiempos, y ya totalmente en persona, no como una alma a la espera de ser completada por el cuerpo.
Y desde ahí se hace también comprensible una consecuencia importantísima, en la que hasta ahora apenas ha reparado la teología cristiana, aunque enlaza con su núcleo más auténtico: en Jesús se nos revela por fin lo que Dios había estado haciendo con todos los hombres y mujeres desde el comienzo del mundo. Para aclararlo, pensemos en un ejemplo muy claro. A partir de Jesús comprendemos que Dios es Abbá, padre-madre, de amor y ternura infinita, siempre dispuesto al perdón e incapaz de castigar. Se trata de algo que Jesús vive y revela con toda claridad por primera vez en la historia. Pero eso no significa que Dios empezase a ser Abbá únicamente a partir de Jesús. Lo que sucede es que en Jesús comprendemos lo que era ya desde el principio: para el hombre de cromagnón y para el de neandertal, para los hombres y las mujeres de todos los tiempos y todas las religiones, para la primera mujer y el primer hombre.
Eso es también lo que sucede con la resurrección. En Jesús, gracias a la profundidad inaudita de su vida y al terrible dramatismo de su muerte, se nos ha revelado en su radicalidad y hondura definitivas el misterio de la resurrección. Con Jesús tenemos la certeza de que a través de la muerte entramos en un nuevo modo de vivir en Dios. En él se nos abre con toda radicalidad la fe gozosa en que Dios es de verdad un “Dios de vivos y no de muertos”, que jamás ha dejado que sus hijos e hijas caigan en la nada de una muerte aniquiladora.
Esa es la gran verdad expresada en el título de Jesús como “primogénito de los muertos”, que a mí me gusta traducir como “primogénito de los difuntos”, para caer mejor en la cuenta de su realismo. Porque un difunto es, en definitiva, alguien que ha muerto, pero que, como creemos, está vivo en Dios y, con Él y desde Él, presente en la comunidad. Ya se intuye la importancia vital de las consecuencias que de ahí se derivan. Jesús es el “primogénito”, no en sentido cronológico, sino como el pionero, el prototipo, el modelo ejemplar. Fue el primero en quien se nos reveló en toda plenitud el proyecto de Dios sobre todos. Jesús es el primogénito de todos los difuntos que han existido, existen y existirán. San Pablo habló de esta maravillosa circularidad: Si Cristo no resucitó, tampoco nosotros resucitaremos; pero, si nosotros no resucitamos, tampoco Jesús resucitó.
El dogma entrañable de la comunión de los santos se hace así realidad viva y actual. Y, tal vez sobre todo, la liturgia de los difuntos adquiere todo su significado. Ya no la terrible y “blasfema” deformación de intentar convencer a Dios para que sea más “bueno y piadoso” con nuestros difuntos. Sino que, inspirados por el modelo de la celebración de la muerte y resurrección de Jesús, celebramos también la muerte y resurrección de nuestras hermanas y hermanos difuntos: estamos celebrando la eucaristía con nuestra hermana Ángeles, que ha muerto ayer, y con nuestro hermano difunto Jesús de Nazaret, que murió hace dos mil años. De ese modo actualizamos nuestra comunión viva con ellos, agradecemos y glorificamos al Dios de la vida, alimentamos nuestra fe y esperanza —a veces tan difíciles— en la resurrección, e incluso podemos hacer por ellos y por ellas lo que hayan dejado inconcluso en la tierra: en positivo, prolongando lo que de bueno hayan iniciado, o en negativo, reparando lo que hayan dejado sin arreglar.
Porque Jesús resucitó podemos, al reunirnos en su nombre, sentirle cerca de cada uno de nosotros, hablar con él, alimentar nuestra fe, con el ejemplo de su vida, comprometernos en la misma causa que dirigió su vida y por la que llegó a morir como un maldito. ¿Le vieron y comieron con Jesús resucitado los apóstoles? ¿Fue su cuerpo introducido en un sepulcro nuevo o arrojado a la fosa común con sus compañeros de suplicio? ¿Tuvieron los apóstoles vivencias psíquicas extraordinarias de su presencia? ¿Tienen los relatos de la resurrección algo histórico o son narraciones kerigmáticas?… Son, todas éstas, preguntas que, personalmente, considero accidentales. Accidentales, pero que nuestra cultura obliga a considerar con explicaciones que sean mínimamente razonables. Repensar la resurrección es hoy una necesidad. Creo que ahí se nos convoca a una nueva teología que haga más creíble y más visible nuestra fe en la resurrección: ese misterio tan oscuro y tan maravilloso.
*De la conferencia pronunciada en Madrid, octubre del 2002, invitado por la Fundación Antonio Oliver

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