13/05/03. “Hablar de Dios y vivir desde Dios, hoy” ha sido el pomposo título de unas Jornadas de Teología celebradas en Vitoria durante el primer fin de semana de Mayo. Hablar de Dios tiene su complicación teológica por aquello del lenguaje riguroso y preciso que corresponde a todo saber universitario. Y la teología lo es. Pero, más al fondo, lo difícil es la experiencia de vivir desde Dios, porque vivir desde Dios -allí se repetía por doquier- es vivir desde nuestras preguntas e inquietudes más radicales, las cuales nunca nos llegan en solitario, sino en solidario. Los otros, los más débiles entre los otros, nos son imprescindibles para reconocernos humanos y decir con sentido, “Padre Nuestro/Gure Aita, te queremos”.

Pero el asunto no es tan complicado como parece. Lo que nos hace teólogos, incipientemente al menos, es la experiencia de que ponemos palabra sólo de lo que vivimos. Por eso la primera pregunta teológica se refiere a qué da sentido a nuestra vida; y siendo Dios su respuesta teológica, si tenemos experiencia personal de su misericordia; y, al cabo, si esa experiencia nos responsabiliza de los otros y, especialmente, de las víctimas de tantas violencias como el sistema social provoca y de las víctimas más concretas que el terror político (ETA) deja a nuestra puerta.

Estas son las cuestiones. La teología tiene tras de sí una experiencia religiosa, pero una experiencia situada; en ese lugar debe saber qué decir y qué hacer frente a cada caso de inhumanidad, de uno en uno, y de todos; sin confundir hechos distintos, sin equiparar supuestos, sin esquivar problemas, sin compensar maldades. De uno en uno, y de todos.

A la teología cristiana le importa recuperar la experiencia de Jesús, vaciado de sí, para llenarse de Dios, y ofrecerlo como regalo que consuela, ilumina, denuncia, conmueve y corta. Corta, porque no hay justicia indolora: la justicia siempre es dolorosa y más dolorosa cuanto más poder tenemos y más violencia ejercemos.

La teología grita que viva la paz, hija de la justicia y de la esperanza, e hija al cabo del perdón. Y grita que vivan los pacificadores que no aprisionan la verdad de la no-violencia en ocultas injusticias; y grita que vivan los pacificadores a los que ninguna víctima les es ajena. La Teología grita que viva Dios en los pacificadores, y ellos por Dios, aunque no siempre estos tiempos los reconozcan suyos ni al Uno ni a los otros. La Teología ha gritado en Vitoria y éste es el eco que en mí ha dejado.