POR LA MUERTE A LA VIDA
BENJAMÍN FORCANO, teólogo
MADRID.
1. La muerte, hecho natural
14/05/03. Pensar en la resurrección es pensar en la muerte. Pero, hoy, nuestra sociedad margina la muerte, la teme como un tabú. Quizás lo hace así porque la muerte representa una amenaza, la posibilidad de acabar con todo en un instante, un límite insuperable. Y, como consecuencia, el miedo, la huida, el olvido. Es así. ¿Pero es justo? ¿Es razonable? ¿Sirve para algo?
La muerte, el pensar en ella no es para amargarse, ni retraerse de la vida, ni ponerse en plan fatalista. En primer lugar, porque la muerte nos pertenece y si nos pertenece algún sentido tendrá. Y lo razonable es contar con ella. Es mejor proyectar con ella el viaje, puesto que está con nosotros, que no descartada y sufrir al final el sobresalto. Hasta aquí, nada especial. Somos mortales. Pura consecuencia de nuestra finitud. Y, como todos, podemos preguntamos por la suerte que nos espera después de la muerte: ¿Caída en la nada? ¿Supervivencia en un mundo mejor?
2. La muerte, puente hacia la plenitud
Pero a la filosofía ayuda en este caso la fe. Una fe que reposa sobre la enseñanza y vida de Jesús de Nazaret. Él fue un hombre, honrado y libre, que no transigió con la injusticia ni la mentira, el orgullo ni la falsedad. Señaló el camino recto hasta el final. Y los grandes de este mundo no lo soportaron y lo asesinaron. Una muerte violenta, injusta, a destiempo, como tantas otras. ¡El JUSTO exterminado!
Pero este Justo, derrotado a los ojos de la sociedad, salió victorioso. Esa muerte física, el sello final de siempre, no le atrapó ni le consumió. Dios Padre, que hizo salir las cosas de la nada, quiso también sustraer a este hombre de la muerte y lo hizo entrar en la vida: lo resucitó. La muerte fue un tránsito, una puerta que lo introdujo en la plenitud de la vida, en la presencia y abrazo definitivo con Dios, autor de la vida, principio de todo ser, señor de la historia.
Los creyentes en Jesús de Nazaret, ya no tenemos duda: el cielo existe, es Dios mismo, con su vida eterna, y en él no hay lugar para la finitud, el dolor, la injusticia, la discriminación, la esclavitud, la duda, la desesperanza. Es la vida de Dios, la que nos espera, para ser, definitivamente, en Él. Esa es la palabra de Jesús, que brota de su experiencia, de su lucha contra la injusticia y la falsedad, de su victoria final, y que nos llega de su testimonio de primogénito de los resucitados. El testifica que hay un Dios, Principio y Padre de todos, que es justo, lleno de amor, vencedor, que tiene la última palabra.
3. ¿Qué significa resucitar?
Ahora podemos afirmar que la resurrección no es una palabra vacía, ni un mito, ni la proyección de un vano deseo.
Resucitar significa: Que Jesús, en la muerte y desde la muerte, entró en el ámbito mismo de la vida divina, realidad primera y última, inabarcable y abarcadora. El Crucificado continúa siendo el mismo, junto a Dios, pero sin la limitación espacio-temporal de la forma terrenal. La muerte y la resurrección no borran la identidad de la persona sino que la conservan de una manera transfigurada, en una dimensión totalmente distinta. Para hacerlo pasar a esta forma de existencia distinta, Dios no necesita los restos mortales de la existencia terrena de Jesús. La resurrección queda vinculada a la identidad de la persona, no a los elementos de un cuerpo determinado.
Resucitar significa, pues, entrar a través de la muerte en el ámbito mismo de la vida de Dios. Nuestra fe nos asegura que el Dios del comienzo es también el Dios del final, de que el Dios que es el Creador del mundo y del hombre, es también el que lleva a éstos a su plenitud.
Resucitar significa que la persona que muere, no se disuelve, continúa, y que el cuerpo sí que se disuelve pero entrando en una dimensión nueva. Hay continuidad y discontinuidad.
Resucitar significa apostar, como Jesús, por la vida, por la justicia, por el amor, por la libertad, llegando incluso a soportar en esta lucha el vituperio del fracaso de este mundo, pero seguros de que la inocencia del Justo será reconocida y premiada por Dios. Dios tiene siempre la última palabra, no la iniquidad.
Resucitar significa que estamos ya, en una marcha dinámica, hacia la resurrección, en lucha contra todo lo que bloquea, merma y quita la vida. El tiempo que se nos da no es para volverse pasivos, escépticos o indolentes, sino para trabajar, aquí y ahora, en el minuto a minuto, por hacer que esta tierra sea cada vez más un cielo, el cielo de Dios. Las resurrección de Jesús es la meta final, la anticipación de la plenitud que nos aguarda y esa plenitud no hay otra forma de hacerla más real y operativa que comprometerse con aquellos que más vida, amor y libertad necesitan: los pobres.
