04/09/03. La palabra traición es dura y más cuando se habla de gran o alta traición. Jesús, sin embargo, la juzgó posible: “si la sal se desvirtúa…” ¿Qué cristiano, por lo demás, no se ha sentido alguna vez traidor al Evangelio? ¿Qué de hiriente tiene afirmarlo del conjunto de los cristianos, de la Iglesia? Sin embargo, mis reflexiones van, sin duda, a molestar a algunos, sobre todo al estamento dirigente. No obstante quiero dejar claro que sólo pretenden provocar ante lo que considero falta de sensibilidad, ser un grito indignado en nombre del Evangelio -tal vez me equivoque- a favor de los millones de seres humanos que sufren y mueren sin esperanza, en buena medida, a causa de las Iglesias. Soy católico pero me gustaría al mismo tiempo ser musulmán, hindú, taoísta…y, por encima de todo, buen samaritano, sin lo cual lo anterior no sirve para nada.

A estas alturas de casi 70 años de vida nada fáciles, puedo, no obstante, asegurar que me siento sereno y libre, y me considero creyente y cristiano -más que nunca y con todo mi ser- aunque esto ocurre “pese” a la iglesia y no “gracias” a ella. Discúlpeseme tamaña apreciación pero, me apresuro a puntualizar, no atañe a tantos cristianos, del pasado y del presente que admiro sino a la institución eclesial y a la imagen lamentable más oficial que sus altos representantes ofrecen. Un botón de muestra en la España actual: cadena Cope y Popular TV, ambas portavoces oficiosas de la Conferencia Episcopal, son bochornosas en su línea ideológica, sobre todo, en las tertulias de clérigos y otros viejos teólogos conservadores. Tan insufribles se me antojan que casi agradezco el hecho: tantos menos serán sus seguidores y a éstos poco más podrá perjudicar su infantilismo catequético. ¡Santo cielo, que imagen tan deplorable del pensamiento cristiano!

1. Traición global

Entiendo que la Iglesia institucional vive una situación de alta traición al evangelio de Jesús. Así concretan tan seria acusación muchos cristianos y agnósticos, teólogos o laicos, en especial jóvenes: la contradicción de la iglesia con el evangelio se manifiesta en su mensaje catequético, en su oración oficial, en sus celebraciones litúrgicas, vacías y soporíferas, en su organización feudal y autoritaria, en su boato ostentoso, en sus medios oficiales de comunicación irrelevantes, en su pensamiento autosuficiente y actitud altiva frente a las otras iglesias y religiones, en su representación diplomática, en la organización tradicional de sus “misiones” (pese a aquellos misioneros/as cada vez más numerosos que son más buenos samaritanos que repartidores de ritos), etc. Pero se sitúa, por encima de todo, el delito de alta traición a la humanidad más pobre y marginada. No nos engañemos, así piensan muchas personas de buena voluntad a las que me sumo con pesar. No desconozco el sustancial aporte del cristianismo a la humanidad pero estamos demasiado pagados de nosotros mismos como para diluir lo negativo en mil matices por justos que fuesen. Tan honda es la perversión eclesial que más que reforma necesita refundición.

De ahí que si hoy alguna persona, no cristiana, me pidiese consejo para bautizarse, le diría entre otras cosas: “Tu decisión, a mi entender, sólo puede ser moralmente lícita a dos condiciones: 1ª) que estés radicalmente dispuesto a seguir a Jesús, progresiva pero decididamente, hasta las últimas consecuencias sobre todo en cuanto al prestigio, al poder, al dinero, a la entrega a los demás y, muy especialmente, a la lucha a favor de los pobres, y 2ª) que, en esa misma decisión de bautizarte, te comprometas con la misma radicalidad a hacer todo cuanto esté en tu mano a favor de la refundición evangélica de la iglesia. Es más, dudo que sea legítimo comprometerte en la primera condición sin hacerlo en la segunda”.

2. Principales perversiones

En efecto, es muy grave que la doctrina de la iglesia, en su catequesis (su Catecismo Oficial), en su teología (la del ex -Santo Oficio) y en gran parte de sus documentos oficiales esté casi enteramente desacreditada, incluso entre muchos católicos, no ya porque los valores evangélicos, que tal doctrina dice exponer, vayan a contracorriente de la sociedad sino por ser un constructo ininteligible en su formulación e inaceptable en buena parte de sus contenidos por constituir una interpretación religiosa de la realidad tanto al margen del Evangelio como de la sana razón.

Si de lo doctrinal pasamos a lo celebrativo, liturgia y sacramentos, la infidelidad a la intuición fundante de Jesús es igual de manifiesta. La iglesia ha traicionado sus orígenes al recuperar el Templo y el Sacerdocio: en lugar de primar el encuentro comunitario con Dios “en espíritu y en verdad”: la iglesia ha sacralizado y absolutizado mediaciones religiosas propias de una sola cultura, como son tiempos, espacios y lugares sagrados, personas segregadas y rituales particulares de un momento histórico. Al hacerlo, no sólo segrega lo sagrado de la vida, sino que pierde la variada y multiforme riqueza humana del símbolo. Los símbolos son mediaciones privilegiadas de la expresión y comunicación humanas y, precisamente por ello, al igual que las lenguas, varían según las culturas y los tiempos. Fijarlos y encerrarlos en ritos inmutables como ha hecho la liturgia –por haberlos sacralizado- es esterilizarlos. Se adelgaza y apergamina su expresividad humana y, entonces, se recurre a farragosas explicaciones conceptuales que no pueden salvarla. ¿Quién necesita explicar el abrazo de un amigo o una comida de hermanos? Al contrario ¿quién comprende hoy el símbolo de la celebración eucarística? Sólo a fuerza de buena intención y retorcidas peripecias mentales se logra hacer de ella, al menos, un acto piadoso. Cosa muy diferente sería que la visión de las comidas de Jesús (en los textos evangélicos) nos hiciese caer en la cuenta de la carga simbólica de fraternidad trascendente que puede adquirir algo tan humano como el compartir la mesa. Profundizar en lo humano, a través de la palabra y del símbolo, para abrirse a lo divino. El resto es magia.

Todo grupo humano, toda comunidad es algo orgánico y precisa, por estricto sentido común, de unas reglas de convivencia, de una organización que nunca se puede sacralizar; hacerlo sería tanto como transformar el servicio en poder. Y esto es tan inicuo en el estado como en la iglesia. ¿No será ésta la intuición escondida de los movimientos libertarios? En cualquier caso creo que es la de Jesús y la de Pablo de Tarso. De ahí que una de las características originales del Nuevo Testamento sea la “liberación”. Pese a la aparente paradoja entre “organización” y “liberación” son complementarias y aquella existe sólo en función de ésta. Quién lo diría a la vista de la complejísima, oscura, agobiante y esclavizante macro-organización de la iglesia católica con su intrincado Derecho Canónico, su maraña de normas, prescripciones, prohibiciones y rúbricas. ¿Qué cristiano adulto, salvo quien se haya dejado configurar acríticamente por una tradición secular, tiene la impresión de ser realmente una persona “liberada” dentro de semejante “estuche de hierro”? Pablo clamaría hoy: “Hermanos ¿habéis sido liberados por el Espíritu o seguís esclavos bajo la Ley?”.

3. Traición a la humanidad sufriente

Y si volvemos los ojos al núcleo central del mensaje de Jesús que pretendía manifestar el gran Proyecto de Dios sobre la historia humana (lo que Jesús llamaba “el Reino de Dios”), ahí sí que la traición parece escandalosa: ¿en qué ha quedado aquella pequeña y pobre comunidad de sus seguidores y amigos que él soñaba bajo la imagen del buen samaritano, al servicio de los desposeídos caídos en las cunetas de la historia? Quienes, por profesión, han abordado con mínimo rigor crítico la historia del cristianismo, han sufrido, con estupor e inmenso dolor, el desmoronamiento de la gran visión que, de jóvenes, nos habían presentado. Sin duda, es innegable la pléyade de mártires y confesores de la fe, de héroes más anónimos y sencillos, de aportaciones decisivas a la cultura e instituciones humanas. Pero, al mismo tiempo, la iglesia, sobre todo en sus dirigentes y estructuras oficiales, ha defraudado profundamente a la humanidad sufriente: escandaloso y casi permanente maridaje con los poderosos (alianza del trono y el altar) o competición y lucha contra ellos por ese mismo poder; participación en guerras de religión, conquistas coloniales, trata de esclavos, eliminación de culturas indígenas; persecución, torturas y hogueras de la Inquisición; juicios y condenas sin garantías procesales contra incontables teólogos y avasallamiento -¡ esto sí que es intolerable!- de las conciencias mediante una esquizofrenia que las descoyunta entre los dogmas y la sana razón. Innumerables personas han sufrido en la que se dice “mater et magistra” la experiencia de la madre castradora de que hablaba Freud. En buena parte como consecuencia de ello y, sobre todo a partir de la crisis necesaria de la Ilustración (que se repite irremediablemente en cada crisis juvenil), se ha ido produciendo, por goteo o por oleadas, la desbandada de los creyentes. Además del propio drama personal, muchos cristianos hemos vivido el de familiares y amigos que no lo han superado y han cortado con la comunidad cristiana. Ante tales hechos, se nos abren las carnes de indignación y dolor especialmente, creo, a quienes no estamos dispuestos, pese a todo, a renegar de la madre por muy prostituta que sea. Pero retomemos el hilo -después de este desahogo- del fracaso de la tarea primordial del cristianismo.

El presente no es menos obsceno que el pasado. La iglesia sigue siendo, en gran medida, no el solícito samaritano compasivo sino el sacerdote afanoso que soslaya al herido por “las cosas de Dios”. Vivimos un momento de la historia tal vez más convulso que nunca a causa de desigualdades insoportables, injusticias estructurales, democracias anémicas y hegemonía destructiva del poder militar y económico de unas minorías. ¿A qué esperan la iglesia católica y cuantas más iglesias y religiones para atreverse a lanzar a las naciones un grito unánime, estentóreo, gigantesco de indignación no contenida: ¡BASTA YA! Basta ya de tanto expolio de los pobres, de tan crueles sufrimientos, miseria y muerte, de invasiones imperialistas devastadoras, del trabajo de niños y esclavos, de transnacionales y gobiernos corruptos en el Norte y en el Sur… ¿Existe algo más urgente y prioritario?

4. Lo más urgente y prioritario

Cuando arde el monte cercano, dejamos el riego de nuestro césped y corremos hacia el incendio. Si se hunde el barco ¡qué dramática estupidez la de quien se desentendiera por limpiar los cristales del camarote! Un cristiano sensible a la realidad presente está ciego si no advierte que nuestro planeta se colapsa (contaminación, cambio climático, desertización, pérdida de especies animales y vegetales..) y que miles de pobres mueren diariamente a falta de pan y agua potable. Sin mencionar a tantos ancianos que se apagan a unos cuantos metros de nosotros en la soledad de su vieja vivienda. No parece, sin embargo, que todo esto quite el sueño a las altas jerarquías religiosas, ni en sus documentos oficiales, ni en su pastoral diaria, ni en sus celebraciones, ni en los discursos del Papa, ni en su diplomacia. Muchas personas nos aconsejan menos caridad y más justicia, porque hemos priorizado el “asistencialismo” (remiendos en el vestido viejo) sin atajar las causas del mal.

Los cambios estructurales nunca han tenido buena prensa en la iglesia. Aunque, de vez en cuando, mencione el “pecado estructural”, la iglesia institucional ha manifestado casi siempre una especial debilidad por las posturas políticas más conservadoras, es decir, por la derecha, aunque ésta haya sido asesina como en España, Chile y Argentina. Condenó rotundamente el marxismo, sin discernir su vigor profético, y lo combatió con saña (sobre todo Juan Pablo II) hasta derribarlo. Sin embargo, con el capitalismo real, pese a algunas denuncias teóricas, ha actuado más bien con guantes de terciopelo como si sólo sus excesos fuesen reprochables.

5. Ambigüedad eclesial ante el capitalismo

Es lógico, porque la Iglesia, en el fondo, no está convencida de la perversión intrínseca del capitalismo, mayor que la del marxismo. El corazón de éste, pese a sus indudables lagunas, es la utopía de la solidaridad con el pobre; por ello, es recuperable y “bautizable”. Mientras que el alma del capitalismo es el egoísmo individualista (la suma de intereses particulares logra el bien general, decía Adam Smith) y esto lo pervierte en la raíz. No en virtud del mercado, instrumento en sí neutro de intercambio, sino a causa de su desvergonzada y egoísta manipulación (el pretendido “libre” mercado) en beneficio de los más fuertes.

O ¿no es rotundamente evidente que el neoliberalismo actual (capitalismo salvaje) es la causa principal -si no única- tanto del galopante desastre social como del ecológico? Las mentes más lúcidas y grandes analistas -cuando no sacrifican la verdad al interés- lo perciben y denuncian con vigor. ¿Por qué no la iglesia? Es escandalosa piedra de tropiezo, para los cristianos que toman en serio la preferencia de Jesús por el pobre, el hecho de que, en este decisivo “tiempo axial” de la historia, el cristianismo oficial no alce insistente y solemnemente su voz indignada para desenmascarar la maldad del neoliberalismo concreto, el que se encarna en instituciones perfectamente reconocibles (el Banco Mundial, el Fondo Monetario Internacional, la Organización Mundial del Comercio, el Acuerdo de Libre Comercio de las Américas (ALCA), etc.) y, al mismo tiempo y con igual vehemencia, urgir a creyentes y no creyentes (desde lo que le queda de autoridad moral) a movilizarse masivamente en contra de la Bestia moderna del Apocalipsis. No basta escudarse en la “doctrina social” de la iglesia o en declaraciones puntuales que más bien suenan a retórica poco convincente por poco convencida, como un brindis al sol. Tan teórica y tibia es la postura de la jerarquía que muchos cristianos “piadosos” aún no se han enterado de las maldades del neoliberalismo y siguen votando a partidos que lo propician.

A ello se presta la ambigüedad de la institución eclesial, negando con gestos lo poco que dice con palabras. El Vaticano acaba de canonizar a Escrivá de Balaguer -que se compró un marquesado, dando la impresión de buscar estar a la altura de las circunstancias en la fundación de la nueva aristocracia espiritual, el Opus Dei. Pero el papa abandona en un hosco olvido -hiriente contraste- al mártir de los pobres, el obispo Romero, canonizado clamorosamente por los pueblos expoliados de América Latina. Más gestos. Un dedo inquisidor reconvenía al ministro y sacerdote nicaragüense Ernesto Cardenal pero la misma mano daba la comunión al genocida A. Pinochet y, en Argentina, el nuncio, luego cardenal, jugaba al tenis con no recuerdo qué alto jefe de la cúpula militar igualmente asesina. Juan Pablo II condena vigorosamente la guerra de Irak y poco después desvirtúa sus palabras con gestos amistosos a uno de los agresores de esa guerra, Aznar, en una enésima visita a Madrid. Media España quedó estupefacta y desolada. Paños calientes y bendiciones a los genocidas y “palo y tentetieso” a los que apuestan por los pobres. Por si fuera poco, la imprenta vaticana derrocha papel en cientos de condenas a teólogos moderadamente críticos y en un torrente de panfletos antisexo (disfrazados de moral medieval) ¡Cuánta pólvora en salvas! Un caso reciente -y ridículo si la humanidad no necesitara otro tipo de magisterio. El ex-Santo Oficio acaba de lanzar una nueva condena desde su interpretación divinamente asistida de lo que es la naturaleza humana: “la unión entre homosexuales va contra el derecho natural” ¿Cómo se le pudo pasar por alto a Jesús este “pecado” que afecta -al parecer desde siempre- al 10% de los humanos? ¿Contra el derecho natural? ¿No declaró exactamente lo mismo hace un siglo un cierto papa respecto a la vacuna contra la viruela?

A más de uno se le antojarán mis palabras excesivamente aceradas. Lo entiendo. Pero hay que conocer las dolorosas vivencias personales de muchos cristianos dentro de la Institución eclesial (que algunos no han podido soportar y la han abandonado) así como la sensibilidad hondamente conmocionada ante tanto sufrimiento humano hoy, moral y físico, por acciones u omisiones de la Iglesia. Hace tiempo renuncié a la fría y pulcra rigidez del alzacuello y prefiero hoy sentir todo mi ser en carne viva. Ojalá la ternura de Jesús de Nazaret me sugiriese palabras más amables, con tal de que no fuesen menos vigorosas. Creo sinceramente que la traición de la Iglesia al Evangelio, su pecado objetivo “contra el Espíritu”, es hoy en los cristianos -no hablo de responsabilidad subjetiva- el de la apatía e insensibilidad ante el dolor de los más pobres, el no ejercicio de nuestra vocación samaritana: y en los dirigentes jerárquicos además (jerarquía significa “poder sagrado” ¡qué aberraciones de nuestra historia!) el de la ceguera, altivez y prepotencia.

6. ¡Detengamos al Imperio!

El cuadro de la situación mundial en este tiempo-eje era ya siniestro hasta hace unos meses. El dinero y el poder (hermanos gemelos), por sí solos, estaban conduciendo a la especie humana y al planeta al abismo. Parecía que las cosas ya no podían ir peor. Sólo un obstáculo se interponía tímidamente en el camino: la relativamente extendida cultura democrática y la aceptación, al menos teórica, de un derecho internacional obligatorio para todos los pueblos. Pues bien, también esto ha terminado. Con descaro, el gobierno de los EEUU, al servicio desde siempre de las minorías opulentas, ahora desenmascara su decisión de Imperio hegemónico, como nunca hasta hoy había existido semejante en la historia. Una nación sin apenas solera, que ni siquiera tiene nombre propio, de la cual todas las demás son o bien vergonzantes vasallos (como España) o enemigos a someter y destruir. Imperio cuyos dirigentes ya han declarado públicamente que no tolerarán ningún otro que pueda competir con él ni alzarse con la hegemonía geoestratégica. Lo venía ya amagando mucho antes del trágico 11 de septiembre cuando decía que “sus intereses” debían ser los de todos los pueblos; hoy lo proclama la camarilla de Bush descaradamente. De un manotazo desdeñoso ha enviado a las Naciones Unidas y todo el Derecho Internacional a los márgenes del sistema y de la organización mundial. La historia retrocede un siglo. La convulsión mundial provocada por el nazismo va a quedar a la altura de un juego de niños comparada con lo que se nos viene encima.

Tanto más cuanto que el nuevo Imperio se viste de democracia: una democracia en la que las instituciones y la voluntad popular están secuestradas por pequeños grupos de poder sin escrúpulos al servicio de su exclusivo beneficio. Una camarilla de vulgares mercaderes, destilando fraude, corrupción y mentira, fomentando el miedo al terrorismo, exacerbando el sentimiento patriótico y manipulando toda la potencia tóxica de los medios de comunicación, ha logrado alinear en orden de batalla la opinión pública del país, ya de siempre un tanto primitiva y gregaria. Se trata de una democracia de bajísima intensidad, simple pretexto y disfraz de una plutocracia insaciable con afán de dominación universal. Nos acecha a todos los pueblos un fascismo pseudodemocrático de alcance imprevisible; y los países desarrollados estamos consintiendo el desastre gracias a nuestro silencio y a nuestros estómagos ahítos. “Laissez faire” mientras podamos consumir. Sin duda, todos los imperios caen, lo mismo el de Felipe II que el de Napoleón, Hitler.o Bush. Pero ¿a cuesta de cuánta desolación y muerte?

Pues bien, ésta es la pregunta clave en cuanto a la última fase de la traición de las iglesias: ¿se harán cómplices con su silencio del neofascismo rampante como lo fueron en la Alemania nazi? De momento no se alza alarma alguna desde esa parte.

Y más que proclamas teóricas, casi siempre imprecisas y ambiguas, parecería necesario, a mi modesto entender, abordar temas y realidades muy concretas. Es preciso quebrar la tradicional identificación entre religión y conservadurismo que actúa como narcótico (“opio del pueblo”) o lavado de conciencia: es urgente que quede manifiesto cómo la profesión del pensamiento, la aceptación de los valores y el seguimiento práctico del estilo de vida de Jesús son radicalmente incompatibles con la participación, colaboración o simple apoyo a instituciones, organizaciones, partidos y movimientos conservadores (incluidos los religiosos) que o bien promueven la teoría y praxis neoliberales, o bien no las rechazan explícitamente. No se puede servir a Dios y al Dinero. Sólo hay, hoy en día, una forma obscena, intolerable, definitiva de ateísmo existencial: matar a Dios en los pobres y excluidos.

7. ¿Cómo rehabilitarse la Iglesia de su traición?

De los diferentes aspectos apuntados sobre la traición de la Iglesia y su rehabilitación, el más urgente, a mi leal entender, es el que saliera al paso -ya queda dicho- del humanicidio y ecocidio en marcha. Y sería preciso hacerlo con datos y nombres de instituciones concretas de hoy. Me atrevo a sugerir algunas pistas sobre realidades inicuas e inmorales sin perjuicio de otras propuestas y formulaciones posibles:

–         El cobro y el pago de la deuda externa, al menos, respecto a los países que se sitúan por debajo de la línea de pobreza establecida por la ONU.

–         Los ajustes estructurales que condicionan los créditos del Fondo Monetario Internacional y privan de los derechos sociales mínimos a la población.

–         Las prácticas de dumping por las que los países ricos subvencionan fuertemente sus productos mientras mantienen barreras arancelarias a los de los países del Sur.

–         El sistema de patentes que afecta a productos de primera necesidad, como ciertos medicamentos, en la medida en que los países pobres no pueden comprarlos.

–         Inviolabilidad del Derecho Internacional y supresión de cualquier impunidad en su violación.

–         Estudio y declaración por el Derecho Internacional de topes a la privatización de algunos bienes básicos, como el agua, el genoma humano, las especies naturales de fauna y flora, la educación, la sanidad, las pensiones, etc.

–         Declaración de la inmoralidad de toda guerra que no sea estrictamente defensiva, y cuánto más de la llamada preventiva.

–         Declaración de la intrínseca iniquidad del capitalismo vigente hoy en la medida en que se funda sobre la omnímoda libertad del mercado que no salvaguarda el bien general, como es el caso en la actualidad.

No se trata, por supuesto, de definir de modo técnico un paradigma social, económico y político, sino de apuntar ciertos temas candentes. Si alguna función resta al gobierno centralizado de la iglesia y a su autoridad moral es bien en esta línea, al menos mientras las iglesias locales asumen sus responsabilidades y despliegan su creatividad.

Sólo he pretendido apoyar la línea del nuevo paradigma de ortodoxia y de ortopráxis de que tanto se habla: todo debe ser repensado y revivido a la luz del evangelio, reinterpretado éste hoy en nuestras culturas, para que ilumine la sana razón de la gente de bien. Razón integral que abarca desde el sentido común a la solidaridad samaritana, desde los hitos filosóficos más importantes a los testimonios humanos más tiernos, desde la oración en la ausencia de Dios hasta las más elevadas experiencias místicas. Es un gran reto.