18/09/03. Con razón se ha dicho que los nuevos paradigmas heredan las huellas y resabios de los anteriores. Y el paradigma cristiano, al sustituir al pagano, no es excepción. Cuando en el s. IV el cristianismo se convierte en religión oficial del Imperio Romano no sólo lo hace en una cultura pagana sino que además necesita absorber y en cierta forma «civilizar» a las tribus del Norte y Este de Europa que van conquistando los territorios que eran parte del Imperio. Los dirigentes del cristianismo no tardan en darse cuenta de que el proyecto de sociedad, político si se quiere, implícito en el Evangelio, y que Jesucristo denominó Reino de Dios, sencillamente no era factible en esas condiciones.

Pero toda sociedad necesita de alguna ideología que provea los elementos o supuestos básicos de coexistencia entre sus individuos. Las religiones, ideologías al fin, son las llamadas a llenar ese papel, y como es natural tienen que ser las adecuadas al momento y devenir histórico. Y la caída del Imperio Romano constituye un momento muy especial ya que por su duración origina un vacío difícil de llenar. Es cierto que el Imperio se había formado fundamentalmente por la fuerza y superioridad militar pero hay que reconocer que había suministrado un sistema de justicia, el Derecho Romano, y que había llevado una cierta civilización a tribus y pueblos muy primitivos, naturalmente a costa de la represión inherente a todo proceso de lo que entendemos por civilización.

Es en esas condiciones que el «partido político» de los cristianos -en la terminología de la modernidad- llega al poder. Debió ser obvio a los líderes de la Iglesia que el amor al prójimo que predica el Evangelio iba a hacer poca mella en gente de las caracteristicas de Atila el Huno, por ejemplo. No olvidemos que las ideas teológicas del judeocristianismo eran mucho más adelantadas que las del politeísmo pagano y de los filósofos de la escuela griega. Al fin y al cabo el Dios de Aristóteles era el «motor inmóvil» o primera causa, es decir el Dios arquitecto, a distancia sideral del Dios «ético-social» de Jesucristo o sin ir más lejos del Dios «que oye el clamor de un pueblo oprimido» de Moisés y el judaismo.

Se hacía necesario entonces un compromiso de ideas y creencias. Si se quería que Jesucristo fuese aceptado como el «Señor» había que dotarlo con un nacimiento acorde a las circunstancias. ¿No había sido Moisés rescatado casi milagrosamente de las aguas?; ¿y que decir de Rómulo y Remo, fundadores de Roma, amamantados por una loba?. Cualquier héroe pagano que se respetase era hijo de un Dios y de una mortal. Hoy sabemos, después de la oveja Dolly, que si alguien nace sin intervención de un varón, es un clon y hembra por añadidura. Y además todos somos hijos «naturales» y cualquier distinción entre «legítimos» y «bastardos» es considerada discriminatoria . Pero en el pasado, en el que el proceso de gestación y reproducción de los seres humanos era practicamente un misterio, por una parte, y en el que todo hacía sospechar de una paternidad dudosa en el caso de Jesús, fue necesario recurrir al dogma de la Encarnación mediante un «Espíritu» prestado de la filosofía griega que sustituiría a los disfraces que adoptaban los dioses, de toros y otros animales, de la mitología pagana para fecundar a las doncellas y engendrar héroes y semidioses.

En la misma tónica, y dado que la idea predominante de un Dios en aquella época era la del Señor que mandaba y que había que obedecer, por ejemplo al César, se hizo necesario un proceso de divinización de Jesucristo, que traicionaba una herencia religiosa judia, que desde luego no se encuentra en las enseñanzas de Pablo, y que hubiese escandalizado al mismo Jesús histórico.

Con respecto a los concilios no debe olvidarse que los obispos y padres conciliares pertenecían a las clases dirigentes de la sociedad. A la caída del Imperio Romano, los reyes eran nombrados, o por lo menos ratificados, por sínodos constituidos por los nobles y los obispos, que por lo tanto eran muy poderosos. En ese proceso de alejamiento del Evangelio, por haberse considerado impracticable en aquellas condiciones históricas, y de su substitución por un conjunto de declaraciones dogmáticas, cuando se analizan a la luz de la modernidad inmediatamente se observa la carencia total de criterios de verificación o falsificación, en la linea adelantada por Karl Popper, y ya de amplia aceptación. Es decir, esas declaraciones conciliares, con su ideología implícita, eran impuestas desde el poder -político-militar-religioso- y muy pronto su no aceptación podía acarrear hasta la muerte como nos podría atestiguar el primer mártir cristiano martirizado por cristianos, Prisciliano, decapitado en el año 385 después de haber sido condenado por un concilio que se celebró en Burdeos. Como sabemos, a esa ejecución siguieron muchas a lo largo de los siglos.

Volviendo al problema de la falta de criterios de verificación de las declaraciones dogmáticas, veamos por ejemplo la afirmación de que Dios es Uno y Trino y todos los argumentos utilizados para soportar esa afirmación. Pues bien, argumentos similares podrían adelantarse para sostener un Dios Uno y Penta, incluyendo a las tres Personas tradicionales y agregando al Dios-Madre y al Dios-Logos, por ejemplo, y aquí podemos dejar correr nuestra imaginación sin temor a que alguien diseñe un procedimiento o experimento que contradiga nuestras afirmaciones. Pero supongamos que aceptamos el Dios Uno y Trino y pasemos a considerar el problema de las relaciones entre las Personas de la Trinidad. El Occidente proclama que el Espíritu procede del Padre y del Hijo, lo que no es aceptado por el Oriente, el llamado debate del Filioque. Pues sencillamente no hay manera de decidir entre la validez de los argumentos de uno y otro lado, máxime cuando las especulaciones teológicas parten de la premisa que Dios es un Misterio. También se podría sostener que el Padre procede del Hijo y del Espíritu con la siguiente argumentación. Primero, el Hijo es necesario para conferir la calidad de Padre. Luego es la vida y pasión de Jesucristo lo que se invoca para la divinidad del Hijo que a su vez necesita del Espíritu para poner en sintonía las conciencias individuales que en la reflexión postpascual no permiten que el sacrificio de la cruz quede en el olvido qué es lo que Pablo entiende por Resurrección. De lo anterior concluiriamos que el Dios Padre del Cristianismo procede de la reflexión colectiva sobre la vida, pasión y resurrección del Hijo gracias al Espíritu que anima a los seres humanos. Naturalmente que el argumento anterior es indemostrable como lo son todos los de la Cristología Conciliar o Dogmática.

Pasemos ahora a considerar la doble naturaleza de Jesucristo tal como fue proclamada en Calcedonia. Lo que cualquier psicólogo o neurólogo de la modernidad nos puede decir es que todo ser humano tiene una «triple» naturaleza o campos de la psiquis. El «inconsciente» (el ello) que compartimos con peces y reptiles de los cuales venimos por evolución; el «consciente» (el yo) que compartimos con los mamíferos, y por haber desarrollado una corteza cerebral más compleja podemos hablar de la «conciencia» (el superego o superyo) que sería de especial interés para la Teología Moral por ser el campo de la psiquis que nos permitiría distinguir entre el bien y el mal, todo dentro de un cierto contexto histórico. Naturalmente que estas naturalezas son vulnerables a las criticas «popperianas» que aquí las comparten con todo el quehacer teológico. A esta Conciencia se la asocia con la figura paterna en el desarrollo de la personalidad lo que quizás podría extenderse al Dios Padre, siendo el consciente el Hijo, y el Espíritu la parte del inconsciente que asociamos con el instinto de Eros o del amor que permite la supervivencia y conservación de la especie humana.

Estas consideraciones son altamente especulativas, pero no deja de ser interesante que el desarrollo de la Dogmática estaba en cierta forma anticipando teorías psicológicas que serían planteadas muchos siglos después. Lo mismo podría decirse de las epístolas de Pablo que resultan enriquecidas cuando se las reinterpreta a la luz de la Psicología de la Modernidad.

Pero aun reconociendo las dificultades de intentar la instrumentación de algo parecido a lo que Jesucristo denominó Reino de Dios e ilustró en el proyecto de sociedad que está implícito en el Evangelio -dificultades magistralmente expuestas por el Gran Inquisidor de Dostoievski- no deja de extrañar lo rebuscado de los argumentos y lo traído por los cabellos que son las referencias a la Sagrada Escritura con las que se pretende convalidar las afirmaciones dogmáticas. Si alguien en la comunidad académica pretendiese en la actualidad defender una afirmación con el argumento de que «está escrito» pronto le dirían que el «papel aguanta todo» aunque supongo que si hablamos de la antiguedad habría que decir que es el «papiro» el que lo aguanta. Quizás la Teología tendría que ser más humilde y reconocer que la tan invocada «Revelación Divina» viene siendo lo que en otras actividades mentales se llama «inspiración» y que la diferencia fundamental estriba en que la Revelación apela a un campo muy especial de la psiquis humana como es la Conciencia. En todo caso no se debe olvidar que los escritores bíblicos también eran vulnerables a los intereses de clase … y sexo, como la teología feminista contemporánea bien ha hecho notar.

Pues bien, si aceptamos que a lo que se reduce la Dogmática es a una cortina de humo para ocultar un revolucionario, peligroso y quizás utópico proyecto de sociedad implícito en el Evangelio -y no olvidemos que durante muchos siglos la lectura de la Biblia estuvo prohibida sin autorización, y quizás con razón- no deja de llamar la atención el halo de irrelevancia que tienen todos los símbolos y declaraciones conciliares. Al fin y al cabo de lo que tenemos que responder en el juicio final, ese que todos enfrentamos ante el tribunal de nuestra propìa Conciencia, no es si creemos o no en los dogmas de la Iglesia, sino cual ha sido nuestra actitud y que hemos hecho con respecto al hambre, la sed y las necesidades del prójimo.

Pero la historia, ideales y proyecto de Jesús de Nazareth, que habían quedado relegados a un segundo plano por el énfasis de la Iglesia en el Dogma -y no olvidemos que poner a alguien por las nubes es una forma de sacarlo de en medio- y que habíamos perdido, están siendo recuperados. Sin embargo, para la praxis política, el Evangelio presenta muchas dificultades. Inferir el proyecto de sociedad original del Jesús histórico requiere una buena dosis de imaginación. En primer lugar, porque lo que leemos en Marcos y en Pablo es un enfoque diferente al de Mateo y Lucas, y todavía más con respecto a lo que nos dice Juan. Además, en qué quedamos, ¿tenemos que proceder como los pajarillos del campo que no se preocupan por lo que comerán mañana porque Dios proveerá, o hacer como los administradores, y virgenes prudentes, que guardan el aceite y multiplican los denarios?. Y como nadie está libre de pecado, ¿podría un orden social sobrevivir sin un régimen de sanciones que evitase la impunidad?. Por mucho que nos inspire y emocione el Evangelio tenemos que admitir que para efectos de su instrumentación deja muchos cabos sueltos.

Ahora bien: Aún admitiendo que el Dogma no puede superar las exigencias de coherencia y lógica que impone la Modernidad, ésta a su vez -que en cierta forma ha privilegiado la Razón, la Ciencia y la Mano Invisible con respecto a ese Dios misterioso del Dogma- no ha sido capaz de conducirnos a un estado de cosas satisfactorio, llámese sociedad sin clases o Reino de Dios. Por otra parte, en lo que ha sido muy eficiente es en la construcción de armas de destrucción masiva que pueden acabar con la vida tal como la conocemos en nuestro planeta. Pero la Modernidad también ha traido las herramientas en forma de conocimientos y técnicas que pueden hacer factible la instrumentación de ese proyecto social que Jesucristo denominó Reino de Dios, y que no fue posible en el s. IV. Ahora en el XXI, haciendo de la necesidad virtud, es el momento de considerarlo de nuevo porque puede ser el único que permita nuestra supervivencia.