ECLESALIA, 29/01/04.- A poco que se sopese el enunciado, considero que la afirmación es obvia, la pregunta es alarmante y ambas son provocadoras. Sé que muchos cristianos fruncirán el ceño: es obsesivo el solapamiento entre religión y derechas que la iglesia oficial nos ha introyectado en uno de tantos tics históricos de traición a sus orígenes. Como hablo de inmoralidad del voto, si la reflexión es válida, sirve a todos. A cristianos tradicionales hablaría de ‘pecado’. Sí, sostengo que es pecado, por ejemplo, y más aún delito, aparte de una vergüenza, que en residencias de ancianos a éstos les preparen el sobre del voto unas señoras de negro, de abnegada voluntad, pero incultas y obcecadas.

Hacer el mal es inmoral y, por tanto, colaborar con él, propiciar, favorecer o simplemente consentir sin condenar partidos cuya filosofía política y económica consiste en impulsar los beneficios individuales más que el bien general, los intereses por encima de los valores, el libre mercado encomendado a los ricos y poderosos que es tanto como confiar el gallinero al zorro. Los hechos están ahí. Cada día es más abisal el foso de desigualdad, a nivel nacional y sobre todo mundial, entre unos pocos muy ricos y la inmensa mayoría de empobrecidos hasta extremos de miseria, enfermedad y muerte. Pocos perciben que así la humanidad camina al colapso. Compulsivo afán de crecimiento loco -no de desarrollo y bienestar humanos- que, a la caza del mayor beneficio, esquilma los recursos, contamina e inunda de basura todo, destruye miles de especies animales y vegetales y transforma nuestro bello planeta azul en un estercolero en vías de extinción. ¿Quién puede negar con un atisbo de racionalidad que todo esto no tiene como causa principal el desorden ultraliberal y de capitalismo salvaje que constituyen de siempre el corazón de la derecha internacional?

La disección de este colosal cuerpo purulento que es la derecha mundial llenaría volúmenes. Ella lo sabe de sobra pero no le interesa entenderlo ¿Cómo no hablar de perversión ética en semejante autismo? En nuestra piel de toro hoy, la letanía de desmanes es abrumadora: corrupción inmobiliaria, traspaso al negocio privado de recursos y servicios públicos, inflación encubierta, fiscalidad injusta, xenofobia jurídica, delicuescencia de los derechos laborales, amordazamiento del trabajador por el miedo al despido, sometimiento del pensamiento e información periodísticos al lucro de la empresa, progresivo elitismo de la enseñanza, incitación al consumismo desaforado, intoxicación de la opinión pública con publicidad engañosa, basura mediática, silencios calculados y embustes descarados, enfeudamiento al militarismo imperial de EE.UU., enervamiento y desvertebración de la práctica democrática, suministro de “platos de lentejas” a líderes y movimientos religiosos ultraconservadores afines, etc. etc.

Por desgracia, el pueblo permanece dormido, inconsciente, desconcertante. Se lanza en tromba a la calle en contra de la guerra de Aznar y de su amo y, al poco, le vuelve a votar. Sólo la ignorancia permite al cristiano votar a la derecha. Pero hay ignorancias culpables. No pretendo agraviar a buenas personas que militan o simplemente votan en esa línea. Pero estoy convencido de que no han sopesado con rigor el tema político, por comodidad, por clase social, por tradición de familia, por interés económico, por prejuicios religiosos inconsistentes, por desconocimiento de la realidad o por alguno de esos recovecos psíquicos irracionales… Es una constante histórica el anémico pensamiento de la derecha. Por ejemplo, notorio es su escasísimo plantel de intelectuales, poetas y filósofos durante la república. Hoy, da vergüenza ajena el tono mediocre y monocorde de su discurso. Decididamente no son inteligentes aunque listos para el negocio. Por otra parte, es un agravio a la razón que pretendan ampararse en el humanismo cristiano: nada más sagrado que el pobre y marginado, más peligroso que la riqueza y más repugnante que el afán de lucro a costa de otros. Los valores liberales son vicios enmascarados, su orden es mordaza del disenso (“la calle es mía”), su libertad es individualismo egoísta, el ayuntamiento es su feudo, el estado su cortijo y Bus el gran gurú de occidente. De poco de esto es consciente la derecha; de ahí que el voto a su favor objetivamente inmoral a veces subjetivamente no lo sea.

Descartada, sin lugar a dudas, la derecha por su objetiva malignidad –de facto de iure- no por ello es fácil la opción electoral. La situación es de lo más compleja en los diferentes niveles. Para empezar el centro no existe ni en teoría ni en la práctica: es el lugar ficticio de los avergonzados de ambos extremos. ¿Y la izquierda real? No lo fue, por supuesto, el comunismo leninista, mero capitalismo de estado dictatorial. No lo son los socialdemócratas actuales europeos que, a juicio no ya de ideólogos extremistas, sino de sociólogos, filósofos y politólogos serios, han perdido su identidad. Son en gran medida aburguesados consumistas o neoliberales moderados. Pese a todo, en España más que en el resto de la Europa actual, ofrecen una dosis indudable de sensibilidad social y de talante democrático y, ante los desastres ominosos de nuestra derecha en ambos campos (el social y el democrático), la opción de votarles se justificaría por la hipótesis del mal menor que, a la postre, es un bien real ¡Cuánto nos duele a muchos este socialismo devaluado! Si, al menos, percibiéramos síntomas claros de desmarque frente a la ideología y praxis capitalistas y de sincera apuesta por mecanismos concretos y declarados de participación ciudadana…

La participación ciudadana… es otro interrogante para el voto que nuestra conciencia pondera. Nuestra democracia lo es apenas. No es una democracia de partidos políticos, reducidos a maquinarias electorales, de bajísima y amorfa afiliación, escasamente representativos y sólo controlables el día de elecciones. Tampoco es una democracia parlamentaria. Tal y como hoy funciona el parlamento nos ahorraríamos mucho gasto y mucho desencanto si quedase reducido a los simples jefes de fila políticos detentores de un voto ponderado en proporción al número de sus votantes. ¿Es hoy en la práctica algo más? Dentro de los parámetros actuales esta democracia se nos muere y a ninguno de nuestros políticos oímos apuntar soluciones de futuro. Esto justificaría un voto en blanco que significa “quiero participar pero no me sirve vuestra oferta”. Onerosa alternativa de un voto en conciencia: ¿dar a la izquierda el voto, como cheque sin más fondos que la evitación del desastre de la derecha? ¿multiplicar los votos en blanco conminando a unos y otros a que se detengan a pensar?

Esto nos lleva a un tercer nivel de reflexión: ¿qué convulsiones políticas, sociales y económicas, en lo nacional y en lo mundial, será inevitable que sufran nuestros hijos y nietos para que algún día se dé un sobresalto de conciencia en la sociedad? De los reproches anteriormente formulados a los políticos somos todos responsables. Intoxicados por la desinformación, vacío el cerebro de todo pensamiento crítico, locos por consumir sin medida, confundida la felicidad con el hedonismo, anestesiada la conciencia con magia religiosa y con decrépitos discursos jerárquicos…somos una sociedad con encefalograma plano. Los políticos son nuestro reflejo. Esperar todo de ellos es irresponsabilidad y locura.

Pero ¿qué es primero, el huevo o la gallina?