ISABEL GUTIÉRREZ TEJA, monja trinitaria
SUESA (CANTABRIA).
ECLESALIA, 01/07/04.- Nos ha tocado vivir un tiempo apasionante, lleno de convulsiones, de desasosiegos, de incertidumbres, de situaciones desconcertantes que impiden que te puedas acomodar y seguir, al mismo tiempo, el ritmo de la vida. En esta situación que vivimos los hombres y mujeres de hoy también está la Iglesia, la vida religiosa y, cómo no, la vida contemplativa trinitaria, en la que me encuentro yo.
En este «trajín» que tiene la vida estamos metidas las comunidades monásticas. Y por mucho que haya quien se empeñe en hacer de los monasterios «islotes», no deja de ser una situación alejada de la realidad, alejada de la vida y, por lo mismo, alejada del lugar que están llamadas a ocupar en la Iglesia y en la sociedad las comunidades monásticas. Y es que muchas de estas comunidades están empeñadas en construirse como fraternidades que acerquen a las mujeres y hombres del siglo XXI un estilo de vida alternativo, convincente y atractivo, frente a la pérdida de valores que oferta la sociedad en la que vivimos. Sociedad, por otra parte, de donde salen los miembros de esas mismas comunidades.
Y en estas reflexiones metida, anoche tuve un sueño… Soñé que, en esta lucha de «buscadora» que llevo dentro, me puse en camino en pos de monasterios que pudieran darme luz a las incertidumbres y luchas que siento, que pudieran decirme algo sobre los grandes interrogantes que me inquietan.
Y caminando, caminando… pasé unos montes, crucé el mar y llegué a un valle… y allí, en un lugar un tanto solitario, -a mí se me antojó muy verde-, encontré un monasterio erguido en su soledad, levantando su cresta a los vientos que le azotaban implacable. Sentí que no podían con él. Le vi vetusto, con aire de apertura y a la vez encerrado sobre sí mismo, con algunos toques de modernidad pero manteniendo un asombroso sabor a antiguo.
Caía la tarde. Me acerqué tímidamente y llamé a la portería de este inquietante lugar. Me atendió una hermana y le expresé cuál era el motivo de mi llegada: la búsqueda. La hermana, amablemente, me hizo pasar a un sencillo recibidor. Esperé un rato. Me dediqué a ojear aquel lugar.
Pronto llegó otra hermana. Ni joven ni mayor, menos de media edad. Acogedora y sencilla escuchó mis inquietudes, lo que llevaba dentro.
Se acercaba la hora de Vísperas y me invitó a participar con la comunidad. Acepté encantada.
Entré en un recinto sobrio, con pocos elementos que distrajeran la verdadera misión de acudir allí: un sagrario que hablaba de la espiritualidad de la comunidad, unos sencillos bancos y, en un lugar discreto, unos cojines y unos banquitos para orar en el suelo. Olía a sencillez, a pobreza. Las Vísperas fueron cantadas en un sencillo gregoriano. Rápidamente se creó un clima de oración. El canto, los silencios, una pequeña introducción a cada salmo, la falta de prisa… todo dejaba notar que el tiempo no contaba, que el tiempo era sencillamente para Dios… que el tiempo era Dios. Concluida la liturgia se hizo un plácido y profundo silencio dando con ello paso a que cada hermana fuera introduciéndose en la oración personal.
La cena fue igualmente sencilla y sobria, yo diría que frugal.
Al concluirla dedicaron un tiempo a compartir juntas. Hubo diálogo, se puso en común las penas y alegrías de cada hermana al final de la jornada. Noté cómo eran sensibles a las exigencias de la vida monástica de hoy. Cómo buscaban, volviendo la mirada a los orígenes, sus raíces, su tradición… Gustaba escucharlas… ¡eran «buscadoras»…! No estaban de acuerdo con muchas cosas que vivimos en los monasterios, sobre todo los femeninos. Noté que tenían empeñado mucho en la defensa de la mujer-monja. Así fueron pasando los días, tenía que regresar. En mi camino de vuelta iba recordando las vivencias y convivencias, los diálogos y las apuestas fuertes de aquellas mujeres… Y desperté…
Al hilo de aquel sueño hago un bosquejo de cómo entiendo ha de vivir y ser una verdadera comunidad trinitaria monástica femenina…
Comunidad: de mujeres que viven en comunión su experiencia de creyentes, que comparten su fe inquebrantable en el Dios de Jesús; de mujeres que oran unidas, que buscan responder al Plan del Padre desde la Verdad, el Compromiso, la Fidelidad, que crean espacios y tiempos para la adoración, la alabanza, sencillamente para «estar»; que se «provoca» en la oración diaria a vivir en autenticidad , libertad; de mujeres responsables, maduras, que luchan por superar la distinción hombre-mujer, por desterrar el apelativo «monjitas», por acabar con el quebrantamiento de los derechos fundamentales de la mujer-monja, que son ellas. Que trabajan por una formación sólida, estructurada; que se analiza en su estilo de vida para vivir en humildad y sencillez; que busca acercarse y compartir con talante de pobre, de «anawin»; que expresa su sentir, su ser en actitudes de solidaridad, de apertura, de acogida; que avanza, en algunas ocasiones en medio del descrédito, hacia la libertad evangélica, la independencia, la madurez, construyendo su comunidad «al margen» de ingerencias externas, de personas ajenas a ella, en muchos casos desconocedoras del mismo carisma monástico; que levanta la «voz» con su estilo de vida rompiendo actitudes acomodadas, engañosas, oscurantistas; que cada día se confronta, se autocrítica, dialoga sus conflictos, sus diversidades y se va construyendo desde la acogida de esos mismos y diversos pareceres; que, cada día, antes de sentarse para compartir la mesa de la Palabra, la mesa de la Eucaristía, la mesa de la Fraternidad, se sientan juntas en la mesa de la Reconciliación para ofrecerse mutuamente el perdón, hecho de gestos concretos de comprensión, de disculpa, de ternura, de bondad que va haciendo el tejido comunitario bello y armonioso, fuerte y seguro, profundo y arriesgado, sereno y comprometido; que se experimenta como un regalo de Dios, como un don, pero también como un compromiso, como una tarea; comunidad que contempla extasiada cómo Dios se revela y sucede aquí y ahora.
Y a partir de ese sueño… sueño, dulce sueño… buscado sueño… soñé, esta vez despierta, que en medio de estas incertidumbres surgían unas comunidades trinitarias monásticas que lucían con luz propia, que tenían algo, mucho, que aportar en este camino que entre todos vamos haciendo.
En el sueño descubrí unas comunidades que vivían en actitud de «buscadoras», sencillamente buscando. Esto las daba un talante de sencillez, de humildad que se conjugaba con una intrepidez que las hacía fuertes y sin miedo en medio de las dificultades que encontraban a veces en los superiores, en las normas, en las críticas, en la incomprensión. Veía unas comunidades que se dejaban invadir por la mística de la comunión con Dios, con las hermanas y hermanos, con la creación. Que estaban alejándose de la estructura que impide el encuentro, la fraternidad universal.
Veía unas comunidades que no tenían miedo a equivocarse, a la inseguridad que ofrece el Evangelio, la Buena Nueva de Jesús. Que ejercen su profetismo siendo anuncio y denuncia con la vida y la palabra de la urgente necesidad del retorno al «encuentro» vivo y profundo con Dios Padre, de ser testigos convincentes de Jesús, guiados e introducidos por el Espíritu en esta gran aventura.
Y aquellas comunidades de hermanas vivían sin prejuicios, sin ataduras, sin interferencias extrañas entre Dios y ellas. No dejaban que «la pirámide» las aplastara. Eran una luz roja, señal de alarma contra las leyes opresoras, obsoletas y rígidas de las comunidades monásticas femeninas. Se abrían al «indicador» del camino, evitando quedar retenidas cuando éste se convertía en meta.
En definitiva soñaba, soñaba, soñaba que estas comunidades trinitarias femeninas denunciaban la falta de maestras y maestros místicos, que enseñen los caminos espirituales.
Soñaba fraternidades que se presentaban en nuestro tiempo, sin complejos, abriendo y enseñando caminos de libertad, de experiencia de lo divino, desenterrando la mística cristiana, ayudando a descubrir tesoros y vivencias insospechadas: mujeres como Ángela María de la Concepción, Hidelgarda de Bingen, Gertrudis de Helfta, Teresa de Jesús, y hombres como Juan Bautista de la Concepción, Eckart, Juan de la Cruz, Spinoza, y otros… y otras… Y esto, porque estamos en un momento histórico que necesita acompañantes espirituales, maestras y maestros de interioridad, más que legisladores, en torno a los cuales se formen grupos de personas que sean introducidas en la comunión de Amor de Dios Trinidad. Guías que ayuden a crecer espiritualmente, que, desde su propia experiencia, desde su propio camino, inviten a otros a andar a su lado convencidos y convencidas de que es también su camino.
Guías que no pretendan poseer la única verdad ya que eso sería indicio claro de no haber alcanzado la puerta de la mística.
Guías que ofrezcan un camino atractivo y factible y que, a la vez, inspire confianza.
Este SUEÑO puede ser intuición de las comunidades trinitarias monásticas del futuro.
Sueño, sueño, sueño… y veo que esto comienza a hacerse realidad.
Casa de la Trinidad: www.montrinisuesa.net
