OBEDIENCIA Y LIBERTAD DE CONCIENCIA
ECLESALIA, 08/07/04.- Dividen en tres la diócesis de Barcelona, sin ser una aspiración, ni una petición pastoral compartida por una mayoría de cristianos. A Tarragona envían un obispo del Opus, sin anuencia de la comunidad. Los prelados hispanos, como retrógrados, andan hacia atrás en vez de avanzar al ritmo de los tiempos, por temor al “aggiornamento” de Juan XXIII, o porque de Roma vienen otros aires.
Hace tiempo el Vaticano expulsó de sus cátedras a varios profesores de la Facultad Teológica de Granada como José María Castillo y Juan Antonio Estrada. También impide enseñar a Leonardo Boff y censura trabajos de Teólogos, como los de Juan José Tamayo Acosta, tan libres como distantes de jerarquía alguna. La represión a teólogos libres es frecuente en estos calamitosos tiempos de obsoleta teología oficial.
También Roma da un notable protagonismo al mencionado instituto secular -semillero de altas jerarquías con visos de simonía- y a asociaciones tan integristas como Kikos”, o “Legionarios de Cristo”… Son el actual “ejército papal” tras desplazar a Franciscanos, Carmelitas y Jesuitas…
El pueblo católico sufre una auténtica crisis: crece la asintonía de la Iglesia oficial con la sociedad y con la ciencia; y se ensancha la sima abierta entre la jerarquía y el pueblo. Aquella carece de credibilidad y de autoridad, aunque mantiene la potestad (dominio y jurisdicción recibidas del aparato). El alto clero, ricamente uniformado y tocado con altos gorros asirios, practica míticos ritos incomprensibles. Sin voz autorizada, y sin capacidad de convicción. Les oímos con disgusto, sin escucharles. Sus doctrinas, insustanciales y repetitivas, nos merecen más crítica que aceptación.
Los prelados, desde sus tronos, o desde sus despachos, miran a Roma de donde vienen los arzobispados, las sedes primadas, los capelos cardenalicios… Agasajan a los Nuncios -ojos y oídos del Papa- a quienes muestran su integrismo sofocando los movimientos pro celibato opcional, pro comunidades de base y a favor de la teología de la liberación. Aceptan como irremediable el abandono de los sacramentos, el rechazo al kiosco penitencial y la insumisión a la doctrina segura. Muestran su celo en promover asociaciones “Pro vida”, el descrédito del anticonceptivo y la religión en la escuela. La calidad de esas clases y de sus profesores explotados no les preocupa. Aceptan conformistas la disminución de servidores de la comunidad, mientras vetan el servicio a casados y mujeres. Y el pueblo “adulto” crece en libertad responsable, al margen de la acción episcopal.
¿Los jerarcas católicos sienten su responsabilidad? ¿Como señores instalados son más fieles al poder de la organización que al Evangelio? ¿No dudan? ¿No participan de nuestras inquietudes? ¿Comprenden al pueblo en marcha, cada día más liberado y sin dependencia psicológica de sus paternidades? ¿Añoran la antigua sumisión de labriegos y mujeres?
Nosotros no tememos a los señores mitrados. Perdimos el miedo a equivocarnos -siempre dispuestos a rectificar ante lo razonable-. Aborrecemos los espantajos con que nos aterrorizaban en el obsoleto confesionario (vergüenza, demonios e infierno). Tampoco conformamos nuestra conciencia ni a su doctrina, ni a su praxis, sino a la recta razón cristiana. Caminamos hacia la adultez. Y siempre esperamos y suspiramos por la renovación y la unión de todos los hermanos cristianos. Unión en marcha entre unos y otros creyentes de diversas confesiones, al margen de jerarcas y dogmas, que la imposibilitan.
Estamos convencidos que el Evangelio nos concede libertad de acción y de conciencia. A la que debemos obediencia. Que el orden sacerdotal pertenece más al Antiguo Testamento que al Nuevo. Que el poder vertical en la Iglesia es ajeno al Evangelio. Que la tiara papal -tres coronas como rey político y religioso- la silla gestatoria y el “papamovil” son aberrantes. Que el Papa no es “Vicario de Cristo” -no ocupa su lugar en la tierra- ni es señor de la Iglesia, sino mero obispo de Roma. Lo demás es “papolatría”. Y su elección resulta de equilibrios políticos entre naciones y entre fuerzas intraeclesiales.
Aumenta la legión de cristianos que lucha por una Iglesia renovada, que camine junto al hombre, partícipe y no mero espectador mansamente sumiso a las arbitrarias decisiones de arriba.
