LA VOZ DE LOS POETAS EN NAVIDAD

JOSÉ IGNACIO CALLEJA, profesor de Moral Social Cristiana

VITORIA.

ECLESALIA, 24/12/04.- Hace años, demasiados ya, cuando yo era niño, mi mundo era muy pequeño. Yo creía a pies juntillas que una Navidad cualquiera dejaría de haber guerras y pobrezas. ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! Yo lo sentía como algo en la punta de los dedos. ¡Lo decía aquel cura con tanta fe! ¡Lo contaba aquel locutor de radio con tanta emoción! ¿Cómo dudarlo? Eramos niños, casi adolescentes, y sentíamos la Navidad como una primavera de esperanzas. ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad! Dios lo quería. Todo estaba, ahí, como un susurro presto a desvelarse; sólo hacía falta un poco de corazón y ya está, un mundo hermoso para todos. Éramos niños.

Hace menos años, demasiados ya, cuando yo era joven, mi mundo no era tan pequeño. Mi mundo creció a través de imágenes, viajes y lecturas; y creció a través de experiencias y diálogos, y entonces dejé de creer a pies juntillas que una Navidad cualquiera dejaría de haber guerras y pobrezas. Aquella convicción y aquella emoción de los juglares navideños ya no me conmovía del mismo modo. Y no por ellos mismos, que lo seguían intentando con igual sinceridad, sino porque las cosas iban imponiéndose en su cruda verdad. Algunos me decían que eran ataques de realismo, o ese conservadurismo que a los mayores poco a poco nos somete; pero no, no era el realismo y la pereza que agostan el alma desde dentro, sino el aprendizaje de la vida con su ritmo y condiciones, la experiencia de que los seres humanos y los pueblos somos prontos a la emoción pero lentos a hacerla compromiso duradero. Así que había que aprender a creer lo de siempre, a creer lo de siempre y a esperar más que nunca, pero cargando con la verdad de una historia hecha a golpe de silencios, abusos y víctimas. ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!

Hace aún menos años, como quien dice hoy mismo o esta mañana, mi mundo vuelve a ser más y más pequeño. Llegan por doquier rostros de gentes desfiguradas y voces de pueblos olvidados. No pensemos sólo en la guerra, no, no sólo en la guerra; es también el hambre, la enfermedad, la miseria, la ignorancia, la explotación, la soledad y el olvido. Son las gentes y pueblos que el poeta llama olvidados, sobrantes, víctimas fundamentalmente de un modo de vida que despilfarra en un lugar lo que expropia en otro. Nadie quiere escuchar la voz de los poetas. Profetas de calamidades, los llaman muchos. Aguafiestas, para entendernos. Pero la realidad es que una parte del mundo vocifera alegre, porque lo necesita, sí, es cierto, lo necesita y quizá lo merece, pero que nadie lo olvide: vocifera acallando llantos; propios a veces, cierto; pero muchas más, ajenos. ¡Qué digo! Ajenos, nunca, sino nuestros, hondamente nuestros, porque esos pueblos y esas gentes en situaciones y con vidas inhumanas son el eco amargo de nuestra riqueza y despilfarro. También a ellos se refería la pregunta de Pilar Manjón sobre las víctimas: ¿De que se reían, señorías, qué celebraban? 

Mañana será el tiempo de todo eso, por favor, – grita una voz al fondo del jolgorio -. Pero mañana no es nunca. Podría ser, sí; alguna vez podría ser. Pero no lo es, mañana no es nunca. Nos queda la esperanza, cierto. ¡Qué nadie nos robe la esperanza de que algo nuevo en la vida es posible! No la malogremos entre el desencanto y el espiritualismo. Pero mañana, hace mucho años que no es nunca. Es mejor gritarlo así, porque en el grito ya está apuntada la esperanza, la voluntad de que algo no debe ser. Ni lo quiere Dios, ni lo deberían querer los hombres. ¿Qué algo? Que nadie se merece una vida “perra” y que no podemos consentirla, lejos o cerca, sin conmovernos y movilizarnos contra esa condena. Y ¿el precio? El que toque, no nos engañemos. ¡Paz en la tierra a los hombres de buena voluntad!