ECLESALIA, 28/12/04.-
Fana Omede temblaba debajo
de una manta de la Cruz Roja,
con la cabeza entre las piernas,
aún aterido por el frío, la humedad
y el miedo de la travesía en patera.
Cambió la imagen de la televisión
y aparecieron impacientes en pantalla
Tina y Faith, madre e hija,
que habían llegado días antes
en otra embarcación de la muerte,
hija y mujer respectivamente de Fana,
al que Tina cubría apasionadamente
de besos y caricias, mientras él
permanecía imposibilitado para percibir
quién le recibía de esa manera
tan particular, tan familiar.
La Navidad nos invita a contemplar
el misterio y el sueño
de un Dios encarnado,
el misterio de la carne herida,
el misterio de la ternura desbordante,
el misterio de la muerte
temprana e injusta,
el misterio de la mirada
reflejada y cómplice,
el misterio del hambre
y del dolor evitable,
el misterio de la caricia sincera,
el misterio de la emigración
que destroza los corazones,
el misterio del abrazo
y la lucha transformadora.
Una nueva Navidad que se desdibuja
lentamente en nuestra sociedad,
cada día más distinta y distante,
que se consume en los supermercados
y en las superficies comerciales,
que espera sólo que le toque el Gordo,
que se adelgace más el cuerpo
y que no baje la cuenta del banco
por el gasto incesante,
que aguante los dolores infames de los arañazos,
el aburrimiento del instante,
la soledad y el olvido por el trabajo incesante,
la separación por la falta de paciencia, palabras y caricias.
Vivimos fuera de nosotros mismos,
tenemos mucho miedo de entrar
en nuestro interior,
de enfrentarnos a nuestros fantasmas,
al silencio incómodo que nos impide
permanecer a la expectativa,
a la sencillez de la vida
(“antes muerta que sencilla”)
a escuchar un reproche, una crítica,
a encontrarnos un día ante la Naturaleza
sin música, sin silla, sin televisión,
sin móvil, sin Internet.
Nuestra existencia acumula
una imperdonable e imposible ausencia
de sentimientos, de afectos, de ternura,
de amor profundo, verdadero.
Y lo intentamos olvidar
con el alcohol,
con la química de las drogas,
con la pornografía
de la basura televisiva,
con la violencia verbal y física.
Buscamos incesantemente
nuevas aventuras de riesgo
para poner la adrenalina por las nubes,
cuando el abismo para lanzarnos
sin cuerda ni red,
en el gran salto de nuestra vida,
está ahí dentro,
en el hondón de nuestro ser.
Y sólo cuando nos decidimos
a cruzar el umbral, y nos adentramos
con humildad, en silencio,
se abren las puertas
de un camino acogedor,
con cantidad de señales abiertas,
tachonado su cielo con un universo
de estrellas conocidas y por descubrir.
En los recodos del sendero
hay fuentes de agua fresca y clara
para calmar la sed infinita,
para vislumbrar el futuro con seguridad.
Cuando entramos confiados
a esa estancia interior,
es entonces cuando de verdad
nos descentramos y recibimos
el nuevo nombre del Otro,
con el que nos empezamos a sentir
y a llamarnos otro en los otros.
Nos obliga a reconocer
rostros, olores y dolores,
a instalar tiendas que llaman
al encuentro con rótulos como: Solidaridad, Resistencia,
Valores, Otro mundo, Fraternidad,
Ternura, Justicia, Amorosidad, Sentimientos, Amistad…
Nos invita a mostrar más cariño
sin recibir respuesta, a despojarnos
para encontrar lo mínimo vital,
a simplificarnos
para enfrentar lo complejo,
a desposeernos, a callarnos,
a comprometernos, a enfrentarnos,
a contemplar, a empezar a vivir
desviviéndonos por los demás…
Encima de mi portal de corcho y figuras de plástico
está pegada la fotografía
que recorté del periódico en la que,
como en un nuevo nacimiento,
aparecen abrazados, doloridos,
reencontrados, Faith, Tina y Fana.
En la imagen del informativo
posterior al encuentro inicial,
Fana juega acariciando con su lengua
la de su hija Faith,
como queriendo transmitir con esa instantánea
(que quizá debería haberse
perdido en la intimidad)
todo su dolor, su amor, su esperanza,
su cultura, su travesía escalofriante
en la que murieron cuatro compañeros de viaje,
su miedo a tener que volver a empezar la lucha
contra el muro de nuestras sociedades antirracistas,
civilizadas, democráticas y abiertas.
Son los nuevos Jesús, María y José.
Los emigrantes de siempre.
¡Qué inmensa tarea tenemos por delante, la de humanizar
encarnándonos, en esta dolorida
y anhelante humanidad!
Es una necesidad vital que nos adentremos en el corazón
para salir transformados,
en esta noche oscura y fría de Navidad,
donde sin embargo una luz,
como si fuera una estrella,
(o quizá sean millones, aunque pequeñas, pobres y tenues),
nos sigue mostrando el camino
que lleva a vivir la vida
como la tierna y pequeña Faith,
con confianza, solicitud y esperanza.
